El destino de la libertad
Juan Jesús Ayala
Recuerdo que hace algún tiempo me recree en la lectura de un libro de ensayos de Salvador Giner que publicó en 1987 y que tenía el mismo título que el de este artículo. En aquel tiempo el sociólogo incidía más que nada en los comportamientos internos, individuales, los que salían o brotaban desde dentro y a los que se intentaba por todos los medios que no tuvieran ningún tipo de cortapisas y se pudieran realizar para lograr que el destino de la libertad fuera llegar a la meta de la felicidad individual que luego redundaría en la colectividad. Eran tiempos en que de lo que se trataba era en apuntalar la democracia y que esta tendría que venir de la mano de la libertad, sin libertad no se podría elaborar ningún sistema político ni siquiera convivencial que fuera elegante y dentro de una ética de la responsabilidad. Sin embargo, el tiempo histórico ha cambiado. Las consecuencias de fenómenos que han intervenido en la sociedad, y más concretamente el efecto del terrorismo islámico desde el derribo de las torres gemelas neoyorquinas, pasando por el 11-M madrileño hasta el reciente 7-J londinense han puesto en brete y en una situación altamente comprometida a la libertad.
El Estado, la mayoría de los Estados en el afán de protegerse tienden a atrincherares, a relegar derechos y blindar sus estructuras en detrimento del individuo, del tránsito del individuo por la sociedad. Los estados se protegen en contra del terrorismo y se recortan las libertades, los escuchas telefónicos, los controles individuales imperceptibles, los traductores de lenguas y de discursos, y hasta lo más nimio están dentro de dispositivos sofisticados que acabarán con aquella libertad de la que deseaba apuntalar Giner en su ensayo.
La libertad está en estos momentos enjuego, en una encrucijada, y cuando la libertad se esfuma aparece el temor que hará que los impulsos personales incidan en posicionamientos nada elegantes. Los dictadores y los tiranos han emergido en la historia a través de los miedos y de las opresiones, a través de los discursos mediatizados que se introducen en el interior la sociedad que hace se busque un salvador a cualquier precio con tal que salvaguarde nuestra seguridad.
Se está a las puertas de cambiar libertad por seguridad; y aparecerán enemigos por todas partes donde cada uno vigilara al otro. Se vivirá en un mundo, de seguir así, vuelto al revés donde seremos incapaces de decidir por nosotros mismos. Se alejarán de nosotros los valores que se han conquistado a través de las guerras y de las treguas. Se volverá paradójicamente a una libertad insolidaria y deshumanizada.
Y ya lo estamos viendo, Blair, dará más poder a la policía para luchar contra del terrorismo y harán que los servicios de investigación y de espionaje se perfeccionen y vayan más allá de la li
bertad de cada uno; lo importante es buscar y encontrar al terrorista
a cualquier precio aun que por el camino se ultraje a personas y pisoteen sus derechos. El fin justificará los medios como cualquier mensaje utilitarista de la época. Y no sólo serán los delincuentes lo que estarán en busca y captura, todos seremos delincuentes potenciales. Todos estaremos registrados en nuestras perdiciones y operaciones. La política del mundo perseguirá el poder omnímodo con tal de conquistar los tentáculos del control importándole en nada dejar atrás la esencia de la puridad democrática. Volverán las salvajadas y esperemos que no emulen a los que se intentan combatir. Esperemos no pase como en la Alemania hitleriana que en el seno del magnífico pensamiento occidental, de la filosofía kantiana se deshizo de ella empujando fuera a la reflexión para que su hueco lo ocupara la barbarie y la represión.
Esperemos que la historia sitúe a los poderosos de la tierra en su justo sitio, que encuentren el adecuado equilibrio para no tronchar lo que tanto ha costado y por lo menos que en esta época de incertidumbre y malestar social se siga construyendo un pálpito para la esperanza del individuo y que este no desaparezca como espécimen dotado de una inteligencia que se le supone tiene, al menos para que el destino de la libertad no se tuerza y llegue a su meta que no puede ser otra que la exaltación de la dignidad personal.