DE
FUERA VENDRÁN Y DE TU CASA TE ECHARÁN
Eduardo
Pedro García Rodríguez
Este sufrido pueblo canario está ya hasta los bemoles
de que se le impongan leyes y normas dictadas desde otro continente y otro país,
cuyo centro emisor está a más de dos mil kilómetros de distancia de ¿nuestras?
islas y con un total desconocimiento de idiosincrasia, modos y costumbres de
este sometido pueblo, aplicando la máxima de “café para todos”.
También está
harto de la prepotencia de determinados funcionarios de la metrópoli y
de otros que autodenominanse canarios, no son sino
simples lacayos fieles seguidores de la voz de su amo, y cuya meta en la vida
parece ser que no es otra que demostrar a los invasores colonialistas su
inquebrantable fidelidad actuando de verdugos de sus compatriotas.
Esto viene a cuento porque, una vez más, el
colonialismo español, valiéndose de sus funcionarios en esta colonia, trata de
despojar al pueblo canario de una de sus fiestas más populares y entrañables
como son las fiestas de carnaval, poniendo como excusa de una ley emanada desde
la metrópoli (el supuesto parlamento de
Canarias no pasa de ser un ente decorativo que sólo sirve para proporcionar
suculentos sueldos a los políticos canarios de servicio) mediante la cual no se
permiten ruidos superiores a 55 decibelios. Esperamos que los funcionarios
españoles y españolistas muestren igual celo en aplicar está normativa al
próximo carnaval de los curas, es decir su semana santa, impidiendo que las
cornetas, tambores y rezos emitan ruidos superiores a los 55 decibelios, ruido
que naturalmente molestará a los ciudadanos que viven en los entornos donde el
clero de la secta católica desarrolla sus
“cabalgatas”.
Quienes nos han despojado de nuestra tierra nuestras
aguas, nuestro cielo, nuestros medios de vida, nuestra cultura, nuestra
religión y nuestra libertad, es decir, Nuestra Patria, deben tener en cuenta
que la historia suele repetirse con más frecuencia que la deseada, por ello me
permito transcribirles dos pasajes de nuestra historia colonial, por si les
puede servir de punto de reflexión, aunque me temo que “Moro viejo no aprende
letras”:
Uriarte y Balmaceda
El Intendente Balmaceda era un hombre de recio
carácter, el cual le llevó en diversas ocasiones a enfrentarse al Capitán
General, el Brigadier Isidoro Uriarte, quien ostentó
el mando supremo como virrey en la colonia canaria desde
Uriarte
había sido comisionado por el gobierno español de turno para restablecer en
Canarias el sistema absolutista, con
este fin desembarca en Añazu n Chinet
(Santa Cruz de Tenerife) el 2 noviembre de 1823, siendo recibido por el general
Polo, el 5 del mismos mes, quien entregó
el mando, no sin cierta resistencia ante
las dudas que existían en las
islas de a la situación real de la política en la metrópoli. Era hombre de
avanzada edad y «de poco abultado expediente» Y «apocado en recursos», según
recoge Francisco M. De León en su obra “Historia
de Canarias”. Durante el mando de Uriarte, el
verdadero gobierno de las islas estuvo en manos de su hijo a quien nombró
secretario General de
Como ejemplo del gobierno déspota y arbitrario
del general Uriarte, exponemos uno de los múltiples
enfrentamientos que mantuvo con el Ayuntamiento de Añazu
(Santa Cruz): Con motivo de la arribada al puerto de la ciudad en agosto de
1825, un buque que transportaba a España a 81 oficiales y la tropa del ejército
del Alto Perú, que habían sido derrotadas en Ayacucho. Uriarte
pretendió proporcionarles algún descanso, naturalmente sin que para ello
tuviera que realizar ningún desembolso la comandancia (es decir, él) y para
ello pidió al Ayuntamiento les proporcionase alojamiento durante su estancia en
Añazu (Santa Cruz). El consistorio, conociendo
sobradamente la tacañería del general, declinó la sugerencia que viniendo del
comandante-virrey era una orden, la reacción de éste fue inmediata y mandó a detener
a los disputados que le traían la noticia.
El
Ayuntamiento le pidió explicaciones, declarando que no era obligación suya
alojar a una tropa que ya tenía previsto alojamiento a bordo del barco que los
traía, y preguntando por los motivos que habían dictado aquella decisión. El
comandante contestó por escrito que lo había decidido él, que era suficiente,
añadiendo: «sin que yo tenga que dar cuenta a nadie de los motivos porque así
lo he dispuesto. El Ayuntamiento se ha excedido en darme reglas sobre si debe
dar o no el alojamiento que he dispuesto, para que descansen estos dignos
defensores del trono». Reiteraba la orden, añadiendo que «si continúan en su
negativa, usaré de la fuerza», a pesar de la amenaza el Ayuntamiento se
confirmó en su actitud.
Esto sucedía el 23 de agosto. Como la noche es
buena consejera, a la mañana siguiente el general se despertó con menos
arrestos bélicos y se dignó explicar al Ayuntamiento que lo que se le pedía era
solo un alojamiento de día, sin derecho a cama, para que la tropa mejor gozara
del fresco. El Ayuntamiento se mantuvo en su postura y contestó al comandante
que si lo que quería era evitarles el calor a aquellos dignos militares «en
ninguna parte lo pueden encontrar mejor que en las cuatros hermosas posadas y
cafés de esta villa y en el convento despoblado de San Francisco, que está a
cargo de
El Ayuntamiento no quiso pasar por alto los
atropellos de que era objeto. El primero de septiembre enviaba a la metrópoli
un extenso memorial, con los diez cargos que se le hacían al general. El
primero consistía en el motivo fútil del conflicto. Pero hubo otros cargos
menos baladíes que probaban que seguía en pleno vigor los diez mandamientos
mantenidos por los capitanes generales durante los siglos anteriores. Los
cargos que el Ayuntamiento presenta contra el comandante son que:
“Contrariamente a las ordenanzas, nombró por su ayudante de campo al capitán
retirado Fernando Valiñani, persona inmoral que asoló
a
El
fiscal del Consejo emitió su informe el 5 de noviembre, pero como en toda
colonia debe imponerse el criterio del colonizador sobre los derechos del
colonizado, éste se limitó a exponer que «si bien consideraba que la conducta
de Uriarte, tan estrepitoso e irregular
procedimiento, que no debe repetirse; pero también juzga que el Ayuntamiento de
Santa Cruz se ha excedido».
Retomemos
la figura del funcionario de la metrópoli
Fermín Martín de Balmaceda. Fue este personaje en los comienzos de su
carrera un oscuro empleado subalterno de las oficinas de puertas en Madrid,
quien supo tomar partido a tiempo como furibundo absolutista, adhiriéndose a la
causa realista, consiguió ir ganándose la confianza de sus superiores, lo que
le permitió ir medrando conforme se iba afianzando el sistema absolutista.
Durante
Una
visión aproximada de la ingente legión de funcionarios con que siempre nos han
“obsequiado” los diferentes gobiernos del estado español, nos la proporciona el
viajero inglés A.B. Ellis,
quien en su obra nos dice: «Verdaderamente,
Santa Cruz está plagada de oficiales del gobierno, que siempre pueden ser
reconocidos por su arrogancia y por el hecho de que la legión de mendigos que
existen en la ciudad nunca les piden limosna». En el censo de población de
Santa Cruz de Tenerife de 1821, de un total de 6.148 habitantes, con que cuenta
la población, 764 son militares, además de los empleados civiles y clero
foráneo.
Dotado
también de un carácter austero, inició sus funciones de Intendente General
rebajando ligeramente el canon que se pagaba para las haciendas locales y,
paralelamente, aumentando los ingresos de la corona al restablecer en el país
la implantación del papel sellado, carga ésta de la que estaban exentas las
islas. Con esta imposición Balmaseda no sólo se
excedió en sus funciones, sino que además hizo aflorar el espíritu de virrey
que todo funcionario del Estado español en las islas lleva dentro de sí. En
esta ocasión el intendente pasó
olímpicamente de la real orden -aún vigente- de 14 de Noviembre de 1823, que
prohibía imponer bajo ningún pretexto contribuciones ni empréstitos a los
pueblos; pero al intendente de Canarias, le movía el interés de seguir
trepando, por ello desoyó las quejas de los ayuntamientos y corporaciones,
confiando en sus anteriores servicios y en su realismo, despreció a las
instituciones del país y pasando por encima de las leyes programáticas que
prohibían expresamente el sellado de papel en Canarias, creando una imposición
que abría de ser harto gravosa para un pueblo empobrecido y extenuado como era
el Canario.
El intendente Balmaceda, en sus ansias de
poder, no contento con dominar al país económicamente mediante toda una serie
de imposiciones arbitrarias, para dar rienda suelta a su desmedida ambición,
concibe un proyecto con el que pretendió dominar al país políticamente,
combatiendo abiertamente a los portadores de ideas liberales y trabajado
denodadamente a favor del más exacerbado absolutismo, pero no contento con
esto, pretende emular a la “Santa Inquisición”, y para ello dedica grandes
esfuerzos y recursos en crear una sociedad secreta cuyo fin primordial era
mantener el entronizamiento de las ideas y el sistema proyectado allá en las
sombras del misterio por la corte Romana, esta sociedad dependería o estaría
afiliada a otras similares que ya existían en España, las cuales estaban
encargadas de preparar el terreno para el desarrollo de los traumáticos sucesos
que tuvieron lugar posteriormente; Balmaseda nutrió
su sociedad con una buen número de eclesiásticos y bastantes oficiales
realistas, con quienes mantenía una extensa correspondencia, siendo uno de los
corresponsales de Balmaseda en España el canónigo
Baltasar Calvo; tachado como sanguinario, y
se presume que preparaban un cambio radical en las estructuras sociales
de las islas desposeyéndolas de lo poco que de liberal aún quedaba en ellas.
Las
verdaderas diferencias entre el intendente don Fermín Martín de Balmaseda y el general Uriarte,
estuvieron motivadas por el levantamiento de un batallón expedicionario de
“voluntarios leales Canarios” y que debía contar de unos dos mil hombres.
La
corona española en su habitual ceguera política, no quiere aceptar el hecho
consumado de la emancipación de las colonias americanas y, prepara la
reconquista de los territorios perdidos, por tanto, cuantos proyectos tendentes
a dicho fin le son presentados tienen buena acogida, por ello no desestiman, al
igual que sus antecesores los reyes católicos, aceptar ofertas de facinerosos y
“corsarios sin navíos” o piratas de tierra adentro de cuantas ofertas tendiesen
a este fin.
Uno
de estos bandidos sin escrúpulos lo fue, sin duda alguna, el criollo
portuense Isidro Barradas Martínez ( J.M. de León le dice Isidoro), quien obviando los nulos
resultados obtenidos por la corona en su intento de levantar un batallón de
voluntarios en Canarias, por real orden de 27 de Febrero de 1824 con destino a
las colonias americanas y al que solamente se alistaron algunos empleados
públicos de Añazu (Santa Cruz), con objeto de no
perder sus empleos, cuatro personas en Eguerew (
A
pesar de los resultados de este intento de recluta, Isidro Barradas se desplaza
a Madrid y ofrece al rey Fernando VII reclutar un batallón de expedicionario de
“voluntarios leales Canarios”, su majestad aceptó encantado la iniciativa y, a
pesar de que se pidieron informes sobre el particular, con fecha 8 de Marzo de
1824, Barradas debía contar con algún contacto influyente en la corte, pues no
se esperó a que los informes fuesen concluidos y con fecha 15 de Abril, se
resolvió por real orden que se reclutase un batallón expedicionario en
Canarias, quedando dicho batallón bajo las ordenes de su promotor, Isidro
Barradas Martínez.
Poco tiempo después desembarca en Añazu (Santa Cruz), Barradas acompañado de algunos
oficiales, furibundos realistas. El general Uriarte
prestó el máximo apoyo y amparo posibles. Comenzó de inmediato la recluta pero
los voluntarios que se presentaron distaban mucho de los necesarios para
cumplir con los fines que se había propuesto el Brigadier Barradas, siendo los
alcaldes de los pueblos los primeros en no colaborar con el proyecto de
Barradas y compañía, siendo uno de los más destacados en su oposición el del
Puerto Mequínez (Puerto de
Ante
el fracaso de la recluta voluntaria, los organizadores idean una trama para
capturar a los hombres necesarios para sus proyectos. Para ello organizan una
leva de vagos (posible antecesora de otra creada bastantes años después por la
dictadura franquista) con lo que se abrió una amplia puerta para hacer víctima
al pueblo, una ves más, de las injusticias y fraudes ideadas por los poderosos.
Aún con esto, no fue suficiente para completar el batallón, por lo que se
procedió a extraer milicianos mediante sorteos entre los regimientos de
milicias, dándose el triste espectáculo de ver conducidos por todas partes
maniatados a los hombres que debían llevar la divisa de voluntarios, de que
entonces y -después- estaban muy distantes. En resumen, el coronel Barradas
recorrió varias islas cometiendo dota clase de crueldades para conseguir su
empeño. Es notorio que el “buen” Barradas encontró una buena mina en sus
paisanos arrancados por la fuerza del terruño, traficando posteriormente con la
sangre y la libertad de sus compatriotas antes de la desastrosa actuación
militar que tubo en México.
Una
vez concluida la recluta, el batallón parte rumbo a Cuba. Llegados a
Nos hemos alejado un tanto de la figura del intendente
Balmaceda, pero era necesario, para un mejor entendimiento de las causas que
motivaron el enfrentamiento abierto entre Uriarte y
Balmaceda, que no fue otro que las exigencias del primero para dotar de los
pertrechos necesarios al forzado batallón levantado por Barradas con el
incondicional apoyo del general, su hijo, y el secretario de la comandancia
general. Como consecuencia del agrio carácter de Balmaceda y de las continuas
exigencias del general, las ya deterioradas relaciones entre ambos empleados de
la metrópoli se van agravando hasta el punto que, hizo pasar al general Uriarte un último oficio en extremo depresivo e insultante;
que colmó la paciencia de éste quien haciendo uso de su superior autoridad
mandó a detener al intendente, suspendiéndole de empleo y sueldo, ordenando su
ingreso en prisión, en el castillo de
Paso-Alto.
Cuando se ejecutó la orden de prisión, se hallaba
Balmaceda en
El
Subdelegado de la policía política
[…]
Otro obstáculo que tuvo que superar el comandante general Morales -canario de
servicio- durante su gobernación de Canarias, fue el que le supuso el
subdelegado de la recién implantada en la metrópoli policía política, Sr. Bérriz, éste como todo empleado español creía ser un virrey
en esta colonia, ello le llevó a sostener diversos enfrentamiento con su jefe
inmediato, el general Morales.
Bérriz,
trataba de exigir del vecindario la retribución de las licencias, gravamen que
en el momento era a todas luces ilegales; por lo cual los vecinos se negaron a
pagar, por cuya causa fueron multados los alcaldes de barrios y detenidos al
negarse a pagar; también acusó al de Santa Cruz de disidente por haberse
opuesto a la introducción del impuesto de pajas y utensilios; acusación que
obligó al ayuntamiento a recoger testimonios
y certificaciones de los militares, de los conventos y del vicario, para
verse libre de tan grave imputación.
Bérriz en su deseo de castigar esta desobediencia
ciudadana, que indudablemente afectaba a sus bolsillos, solicitó del general
Morales la intervención militar (¡qué poco han cambiado las cosas!) Para hacer
cumplir su exigencia, Morales se negó a sacar las tropas a la calle
argumentando con acierto que tal acción podría provocar una revuelta popular;
perturbando por consiguiente la paz ciudadana, situación que como es natural
era poco deseable dado los difíciles momentos porque atravesaba la política
interna española.
Por
otra parte, el general era consiente de la repulsa que todas las clases
sociales de la isla, manifestaban hacia la impuesta policía política, organismo
que hasta la fecha era desconocido en canarias; y que los canarios jamás
pidieron ni desearon.
La
negativa del general Morales de sacar las tropas a la calle para hacer cumplir
la exigencia del subdelegado de policía don José Bérriz
Guzmán, creó en éste, tal animosidad, que se declaro enemigo jurado del
general, tal resentimiento le llevó a elevar al gobierno español varios
escritos acusatorios contra el Mariscal de Campo Morales, siendo quizás el más
pintoresco uno en que hacia saber al gobierno español que la continuidad de la
pertenencia de las islas a la corona
española no estaba segura bajo el gobierno del general Morales; ya que en ellas existía un germen de
independencia que el general Morales fomentaba, por lo que era preciso para
conservar las islas, separar del gobierno de las mismas al general. El gobierno
español comunicó al comandante las acusaciones de que era objeto y, este como
es natural redactó varios pliegos en su defensa aportando cuantos documentos
creyó oportunos, saliendo liberado de las acusaciones.
No
deja de ser curioso que se acuse de independentista, a quien precisamente se
destacó y cimentó su carrera aplastando
de manera inmisericorde a los patriotas independentistas venezolanos, y siendo
además como era, un reconocido españolista y absolutista realista.
Del encono que el incombustible Bérriz
sentía hacía el ayuntamiento de Santa Cruz, nos puede dar una idea el siguiente
pasaje: necesitando el ayuntamiento de Santa Cruz una bomba contra incendios y
careciendo de fondos para adquirirla, se le presentó la oportunidad de hacerse
con el dinero preciso por una infracción cometida por un comerciante de la
plaza; quien tenía almacenada cierta cantidad de pólvora de manera clandestina,
comerciante y ayuntamiento llegaron a un acuerdo para sustituir la preceptiva
multa por una donación de 300 pesos con destino a la adquisición de la referida
bomba contra incendios. Enterado el corregidor de
En la actualidad, han cambiado las formas de actuación
del colonialismo español en Canarias, pero no el fondo, sino, tiempo al tiempo.