Los días que nos esperan

 En la vida de Liberto Mancebo no hubo muchos instantes de gloria. Más bien podría decirse lo contrario. Que había vivido privado de todo cuanto amaba, casi desde el día en que se anunció su nacimiento bajo el estigma de los niños que vienen al mundo fruto de la relación natural, espuria, que se materializa fuera del sacramento. Creció solo, y ese estado es su recuerdo más antiguo. Con el tiempo llegó a pensar que las fuerzas invisibles del infierno se habían confabulado contra él, sin que tuviera a su lado a nadie en quién confiar sus temores; nadie que pudiera calmar su desconsuelo. Fueron tantos los hechos que desvelaron su sueño, antes de que la soledad, al fin, se desvaneciera como el humo, que exponerlos en toda su crudeza podrían quebrar la ilusión, el entusiasmo, del que le toca vivir otro tiempo. Hubo además en su vida otras tantas cosas que torcieron sus anhelos, colocándole al borde del abismo, que, si no hubieran ocurrido, no sería quien ahora, deslumbrado por las vueltas que da la vida, se dispone a girar las llaves que abren las puertas de la memoria, a hacer recuento y dejar constancia de los días felices, de los días funestos que marcaron sus designios. 

 

Domingo Fuentes Curbelo

(2006)