Por
la dimisión del Consejero de Medio Ambiente del Cabildo de Tenerife, Don
Wladimiro Rodríguez Brito
Samir
Delgado
Una vez que parecen estar controlados los incendios en
las islas, tras la grave consternación sufrida por toda nuestra gente al ver de
que forma, por unas llamas provocadas de forma totalmente irracional, se han
perdido casas, terrenos agrícolas, bienes materiales de toda índole y una
superficie quemada de monte valioso para nuestro ecosistema y que sin lugar a
dudas todavía está por evaluar con todas sus consecuencias para la flora y la
fauna, debemos exigir con firmeza una reconsideración general a todos los
niveles institucionales de cómo se han estado haciendo las cosas en materia de
prevención de incendios y de por qué, a pesar de los dispositivos puestos en
marcha con un impresionante despliegue de medios técnicos y humanos, no hubo
una reacción mucho más efectiva y coordinada desde las autoridades competentes
ante el vértigo de los acontecimientos.
Por ello, estas palabras cargadas de rabia y respeto
por los damnificados que son la prioridad máxima de toda nuestra atención, por
solidaridad y por compromiso, no pueden ser menos que una petición formal para
que desde las asociaciones vecinales, entidades ciudadanas, organizaciones
políticas y demás personas preocupadas por nuestros montes reivindiquemos la
asunción de responsabilidades políticas ante la tragedia, sin la búsqueda de un
chivo expiatorio como la de los pirómanos que deben ser juzgados por los hechos
y sin las polémicas interesadas entre los partidos políticos que harán como
siempre de la tragedia un arma arrojadiza.
La petición de dimisión inmediata al Consejero de
Medio Ambiente del Cabildo de Tenerife, Don Wladimiro Rodríguez Brito, debe ser
una cuestión de principio democrático: una tragedia de esta envergadura no
puede quedar impune a nivel institucional sin que el máximo responsable durante
muchas legislaturas de la prevención de incendios en la isla de Tenerife haga
un ejercicio consecuente de sus funciones y ante lo sucedido, por el bien
común, tras la general sensación de impotencia en la población, dimita para
bien suyo como una actitud moral universalmente deseable en otros contextos
similares en cualquier lugar del mundo, una dimisión que además será agradecida
por la ciudadanía, y por todos nosotros, como una acción responsable y ejemplificante, mucho más productiva para el cambio de
mentalidades que seguir agarrándose a un puesto político quemado y sin
fundamento.