¿Dónde el
racismo?
Jaime Bethencourt
Los
puntos de vista expresados por diez profesores universitarios sobre los riesgos
que en el comportamiento social pudiese tener el fenómeno migratorio de no ser
tratado con la suficiente mesura y prudencia, en lo formal, pudiesen ser hasta
coherentes y asumibles. Las objeciones aparecen a
partir del mismo momento en que los ilustres catedráticos y licenciados de las
dos universidades canarias, como viene siendo habitual en tal controvertido
asunto, centran su atención y análisis sólo en un fragmento del conjunto, o si
se quiere, prefieren mirar al dedo que señala
En
realidad, la masiva arribada de ciudadanos africanos es sólo la punta del
iceberg de un problema de mayor calado, que es la densidad poblacional del
Archipiélago, cuyo desmesurado crecimiento, aunque se omita, no dudamos también
habrá sido motivo de estudio docente por alguno de los profesores intervinientes. Dicho más claramente, a partir de los datos
de la población nativa del Archipiélago con un crecimiento a considerar como
natural, el anómalo incremento demográfico ha tenido sus causas en los
ciudadanos provenientes de múltiples latitudes, incluida
Para
centrar correctamente el debate, la avalancha o el movimiento migratorio que
desde determinados países africanos se dirige hacia Canarias ha puesto al
descubierto las connotaciones colonialistas con las que el Gobierno de España
ha pretendido dar solución a esta última fase de preocupante fenómeno
migratorio. Las "doctas" proclamas universitarias, dirigidas por el
profesor y presidente del Consejo Económico y Social, don José Luis Rivero, llegan a destiempo, tras muchos meses de
silencio en que varios miles de inmigrantes del castigado continente han venido
siendo deportados del territorio canario sin que el Estado español y su
Gobierno, en su tan cacareado principio de solidaridad, hayan procedido, por
propia iniciativa, al reparto o distribución de los irregulares por la
geografía hispana o europea como fórmula que amortiguara la presión sobre los
limitados recursos asistenciales y de infraestructuras existentes en las Islas,
al tanto que mejorasen la disponibilidad de medios para atender a los
irregulares. En coherencia, y en su caso, las actitudes xenófobas no hay que
buscarlas en el Archipiélago sino en aquellas otras instancias estatales y
europeas que, tras blindar y fortificar su frontera sur para evitar el acceso
de los "indeseables" negros, planifican vías alternativas para
asignarle a Canarias la condición de territorio de deportación de inmigrantes
con la ya conocida sobresaturación de las precarias e improvisadas
instalaciones destinadas a tal fin. Por lo que por su contenido expresan,
haremos sólo referencia a dos "perlas" dialécticas ministeriales: la
del ministro de Defensa, cuando afirmaba que la rehabilitación de las
dependencias militares de Las Canteras para el depósito de inmigrantes era una
cuestión de defensa nacional, o aquella otra del ministro del Interior,
manifestando su despreocupación porque los inmigrantes no podrían escapar de
las Islas. ¿Marcaban distancias los miembros del Gobierno entre su
"territorio nacional" y Canarias como colonia africana y prisión
cercada por mar?
Sinceramente,
hubiese sido ésta una buena oportunidad para que tan ilustres sociólogos,
economistas y geógrafos nos diesen a conocer sus propuestas para invertir los
alarmantes indicadores demográficos de cada una de las islas y el número de
foráneos regulares e irregulares asentados en ellas; o hasta dónde llega, según
sus previsiones, la capacidad de carga y resistencia de nuestro limitado y
vulnerable territorio y en qué situación nos encontraremos en diez años de
continuar la actual tendencia de masiva y letal generación de residuos,
expansión incontrolada de asfalto y cemento, emisión de CO2 a la atmósfera y el
riesgo cierto de desertización ya advertido por diversos estudios. Y es este un
problema de saturación poblacional y supervivencia social en la que poco
importa la procedencia, color o nacionalidad de los foráneos que, por mar o
aire, legal o clandestinamente, llegan a estas latitudes.
No
nos parece ético que desde falsos preceptos sean ahora los mencionados
universitarios los que vuelvan a insistir en comportamientos y actitudes
xenófobas, pretendiendo, tal vez, equiparar consideraciones como las aquí
expuestas con situaciones aberrantes como la vivida recientemente en el Sur de
En
el presente desvarío de discursos seudosolidarios y
de utópica acogida, planteados por colectivos antixenófobos,
núcleos universitarios y hasta medios de comunicación, éstos no han sido aún
capaces de plantear otra propuesta diferente a la ya conocida de ayuda a los
países en situación de subdesarrollo. Pero, entre tanto, el sistema capitalista
se decide o no a hacerse el haraquiri o un movimiento revolucionario de alcance
internacional pueda modificar las actuales reglas de juego impuestas por los
explotadores a explotados, ¿qué hacemos en Canarias?
Nos
da la impresión de que el resabio de determinados colectivos en su miope
reivindicación de acogida y refugio para todos esconde también un inconsciente
tic de complejo de colonizado por el que creen ser merecedores del desprecio
exterior hacia sí y su propia Comunidad, olvidando incluso las graves carencias
sociales de su entorno y la existencia de cerca de 400.000 pobres repartidos
por las siete islas. Y esta consideración la hacemos porque, mirando al área
responsable y cómplice de las miserias del Tercer Mundo, Europa no ha dudado en
dotarse de una férrea e inflexible legislación en materia de acogida a la inmigración;
en pasadas "avalanchas" de inmigrantes en la frontera sur española se
han llegado a utilizar armas de fuego como medida disuasoria contra los
marroquíes; Gobiernos como el de Malta han impedido con cañoneras el acceso a
su territorio a inmigrantes víctimas de naufragios; o en Andalucía, sindicatos
como CCOO se han manifestado sobre las negativas consecuencias que la llegada
de la inmigración ha tenido para las condiciones laborales de sus afiliados con
el drástico abaratamiento de la mano de obra y la elevación de la precariedad
laboral. ¿Algún colectivo social ha levantado su voz para denunciar presuntas
actitudes xenófobas en esta apurada relación de reacciones contra los
inmigrantes que se han sucedido, no en Canarias, sino en el ámbito territorial
de la extensa, culta y rica Europa?
Por
tanto, no parece descabellado ejercer el derecho a disentir de la política que
en materia de inmigración nos vienen imponiendo España y sus gobiernos, al
igual que es del todo coherente resistirse a aceptar la condición de zona de
deportación de aquellos ciudadanos que Europa y España no quieren. Es legítimo
negar una política migratoria que, aunque dotada de patente de legalidad
europea, posibilita e induce a seguir multiplicando una densidad poblacional
que, de continuar, liquidará el medio en el que actualmente vivimos.
De
asumir las posiciones que algunos "iluminados" insistentemente
proponen, sería tanto como admitir el tratamiento racista y xenófobo que Europa
y sus gobiernos pretenden hacer recaer sobre la minoritaria y arrinconada
población canaria, para, pasivamente, observar también la definitiva
desaparición de unos rasgos culturales y nacionales de una Comunidad como la
canaria que, auque para los observadores del dedo que señala