Educación
para la ciudadanía: ¿Algo que objetar?
Manuel Marrero
Morales (*)
En los
últimos tiempos estamos asistiendo, con cierta perplejidad, a la campaña que
desde los miles de púlpitos de
¿Quiénes
promueven esta campaña?: los sectores más conservadores del nacionalcatolicismo
español (una parte del episcopado,
Hasta el
momento, cada vez que la sociedad tiene un problema (salud, drogas, educación
vial, sexualidad, violencia, racismo...) mira hacia la escuela como parte de la
solución. Se piensa en la escuela como el marco necesario -que no suficiente-
para darle continuidad a la formación, que debiera comenzar en el seno de las
familias, en aspectos tales como la educación en valores éticos, en valores
cívicos, en normas de convivencia, en definitiva, en derechos humanos, y ¿por
qué no? en conocimientos, procedimientos y actitudes sobre derechos y deberes
ciudadanos. Pues bien, a algunos de estos asuntos plantea dar respuestas la nueva
asignatura. Bienvenida sea.
Los obispos,
por el contrario, se reclaman como los únicos valedores de una ética universal
desde la posición de su particular moral católica. Siempre han querido
apropiarse de la transmisión de los valores éticos y cívicos, imponiendo su
exclusivista visión y negándose a admitir que la enseñanza en valores, que la
formación de ciudadanos decentes, justos, honrados, conocedores y cumplidores
de sus derechos y sus deberes cívicos, pudiera ser planteada por alguien que no
esté sujeto a su control ideológico, y que pueda hacerse incluso desde una
perspectiva laica.
La educación
en valores no es exclusiva de la moral católica, sino aporta el carácter
universal de la ética, de la defensa de los derechos humanos, que corresponde a
todas las personas, independientemente de las normas morales que practiquen.
Una vez más
entran en colisión los intereses generales, propiciados en este caso por un
gobierno elegido democráticamente, con los particulares intereses de
Da la
sensación de que los obispos aún no acaban de admitir que ya llevamos treinta
años en que, a trancas y barrancas, los poderes legislativo, ejecutivo y
judicial -al menos en teoría- son independientes; frente al régimen anterior en
que sólo imperaban los poderes fácticos: los militares, la iglesia y los
banqueros, y las autoridades que habían tomado el poder por la fuerza se
paseaban bajo palio en las procesiones religiosas.
Me
gustaría conocer algún argumento razonable para plantear esta objeción. Porque,
de lo contrario, tendría que pensar que ya este asunto se considera dogma de
fe, y por tanto, ha alcanzado la categoría de indiscutible y de obligado
acatamiento, no sólo para los creyentes sino, incluso, para la totalidad de la
ciudadanía.
Habrá,
pues, que actuar y, tal vez, tengamos que contraponer mayores resistencias y hacer públicas las razones de los que
defendemos una enseñanza crítica, laica, científica, no segregadora y que
prepare para la vida.
(*)
Profesor de Secundaria y miembro del STEC-IC