La tragedia de
las migraciones
Juan Jesús Ayala
No
pretendo analizar lo que ya se ha hecho desde diferentes vertientes, tal como
si la inmigración es positiva o negativa, si hay que ir hacia el control de una
frontera inexistente, si el problema está en la permeabilidad de puertos y
aeropuertos o en la que nos llega en menor cuantía en cayucos y pateras. Pero, ciñéndonos
a la inmigración de cayucos, de los que vienen de Senegal o Cambia entre otros,
los que pasan días y noches en el mar a expensas de hundimientos, de centenares
de muertes o de calamidades y situaciones imprevistas y desagradables dentro de
esa barcaza que zarpa para llegar a nuestras
costas, es donde quiero significar algunas cuestiones que al menos nos
servirán para reflexionar sobre lo que cuesta la lucha por la supervivencia
de los desheredados de la tierra.
Se
dice que el cayuco tiene su ley, que aquellos que en él se apretujan
como sardinas en lata se someten a ella y el que la transgreda
será condenado por la ley del cayuco. Es sabido que algunos de los que
llegan y son enviados a los hospitales generalmente lo son por heridas
infectadas, concretamente en la mano y en los pies. ¿Qué quiere decir esto?
Simplemente, que la vida a bordo es difícil y muy disciplinada y los que han arriesgado
el poco dinero que tienen para llegar con él a su nuevo destino, si se ven sorprendidos
por algún compañero que les quiere robar, entre todos se le somete a la flagelación
de amputarle dedos de la mano o del pie, de ahí el proceso por el cual ingresan
en el hospital.
La
ansiedad, los miedos durante la travesía y las penurias a las que están sometidos
hace que alguno que otro pierda la razón, le asista la locura y, entre
alaridos y amenazas, profiera gritos diciendo que tiene el demonio dentro y
que tendrá que llegar con él a tierra si se quiere sobrevivir; ante el peligro
que produce la locura, se opta a veces por echarlo al mar, desembarazándose de él o
se amarra porque se tiene el temor que si se ahoga, los demonios actúen
dentro de los que se quedan en el cayuco, se queden sin protección y se vayan
al fondo. Por eso, muchos llegan con las muñecas o los tobillos mortificados
por las ataduras que se le infligen durante la travesía.
La
inmigración tiene sus efectos y los cayucos sus leyes; y esas imágenes de arribada
a los puertos con el rostro tranquilo y con arrebatos de cierta felicidad es
sólo una máscara, porque hasta ahí, hasta que han llegado, dentro de los
cayucos han pasado circunstancias muy desagradables que el instinto de conservación
de la vida ha puesto a funcionar.