El Mundo, 11-03-2005

UN EJERCITO DE 'SOPLONES'

POR ALI LMRABET

El régimen marroquí pudo haber organizado el 11-M? es seguramente la pregunta que más se oye en España. La respuesta del Gobierno español es tan evidente como negativa. No sólo porque lo exigen la diplomacia y las actuales y buenas relaciones con el vecino del sur, sino porque, según el Ejecutivo, la investigación judicial no percibe, hasta hoy, indicios que obliguen a mirar hacia Rabat. Por el contrario, otros sectores piensan que el régimen marroquí, de una forma u otra, tuvo que ver con la masacre. Creen que no es fortuito que las bombas explotaran tres días antes de las elecciones del 14-M. Muchos elementos avalan esta convicción, entre ellos la amenaza nada velada de Mohamed VI al entonces ministro de Asuntos Exteriores, Josep Piqué, sobre el «terrorismo islámico» que podría golpear España.

En realidad, las dos tesis pueden estar en lo cierto. O casi. Primero, una evidencia: Marruecos, como Estado, no puede haber organizado un atentado de la magnitud del 11-M. Sus numerosísimos servicios secretos son incapaces de llevar a cabo una operación de esta envergadura. Según los expertos, estos servicios de inteligencia tienen de eso sólo el nombre. Saben más de brutalidades que de contraespionaje. Pero lo que no se puede descartar es la implicación de diferentes elementos de esos servicios en una conspiración. La lista de operaciones secretas llevadas a cabo por Marruecos para derribar gobiernos extranjeros hostiles es larga. Estas operaciones han sido pensadas por entornos próximos al difunto rey Hasan II y no por servicios específicos, para no dejar rastros.

Lo que es más que seguro es el probable conocimiento, antes del 11-M, por el régimen marroquí de que algo grave se tramaba contra la España de Aznar. Serios indicios inducen a creerlo. La comunidad marroquí en España está estrechamente controlada por las oficinas de la Dirección General de Estudios y Documentación (que depende de Defensa) instaladas en los consulados y en la embajada. La principal misión de estos espías que trabajan bajo la cobertura de agentes consulares es controlar y manipular a los responsables de la comunidad marroquí asentada en España. Muchas veces los confidentes marroquíes de las fuerzas del orden españolas suelen serlo igualmente de los servicios marroquíes. Pocos de estos solicitados se resisten a colaborar, por las represalias.

Un conocido imam de una mezquita de Barcelona rechazó la proposición de ocupar la Presidencia del Consejo Islámico de Cataluña. Durante un viaje familiar a Marruecos, fue retenido y amenazado en la frontera por policías marroquíes que le recriminaron duramente su actitud poco conciliadora. Al volver a España, se apresuró a aceptar la dirección de este consejo financiado por la Generalitat, pero, en realidad, auténtica vigía del Islam.

Modestos trabajadores inmigrantes, responsables asociativos y hasta un diputado regional componen un ejército de informadores que transmite todo tipo de información sobre sus compatriotas. Se junta con otro, más profesional, constituido por corresponsales de la agencia oficial marroquí, la MAP, que redactan dos teletipos para la central de Rabat. El primero es público y se difunde entre los abonados. El segundo es reservado y se destina a altas esferas del Estado: cuenta todo lo que llega a su oído. Conclusión: si el régimen marroquí no está implicado en el atentado, si algunos entornos no tienen nada que ver con la masacre, es evidente que Rabat tenía información sobre lo que pasó. Si no, a qué sirve todo este ejército de informadores que ya ha hecho sus pruebas en otras ocasiones.

* Alí Lmrabet es periodista marroquí.