El 23-F y el ’caldo de cultivo’
Justo Fernández Rodríguez
El 23 de febrero de 1981, cuando iba a ser investido presidente del Gobierno Leopoldo Calvo Sotelo, por la dimisión de Adolfo Suárez, acosado por los sectores más reaccionarios del franquismo, incrustados en amplios sectores del poder político, económico, sindical y militar, se produjo un intento de golpe militar, afortunadamente fracasado. Mucho se ha escrito, estos días, sobre el golpe militar y más queda por averiguar. Todavía no sabemos qué participación tuvieron los servicios secretos; por qué sólo fueron procesados 32 militares, cuando estaban implicados cientos; por qué no se investigó la ’trama civil’. El presidente Calvo Sotelo manifestó: "Si se hubiera investigado a la trama civil, habrían ido a la cárcel 300.000 civiles". ¿Dónde están las cintas grabadas y los cientos de documentos que alentaban o justificaban la intentona golpista? ¿Con quién almorzó el embajador de los EE.UU. ese día? ¿Por qué mientras las democracias europeas condenaban el golpe, EE.UU. simplemente lo consideró un "asunto interno" de España?
El Rey logró que la tibieza de algunos jefes militares ante el atentado contra la democracia se tranformara en resistencia a una aventura militar imposible en una Europa democrática, pero que, sin duda, hubiera dado lugar a una sangrienta e impredecible represión.
El día 23, estaba yo en Madrid. Se había clausurado el Congreso de la Federación de Banca de la UGT, donde resulté reelegido secretario general. Estaba en mi despacho, en la Avenida de los Toreros, firmando algunos documentos para regresar a Tenerife, cuando recibí una llamada de Paulino Barrabés, secretario de Administración de la UGT. Con voz exaltada, me dijo: "Se han producido disparos en el Congreso. Al parecer, ha sido tomado por la Guardia Civil. No sabemos si hay víctimas. Advierte a los compañeros para que, con tranquilidad, desalojen el edificio, hasta ver cómo se desarrollan los acontecimientos".
Cuando salí del despacho, para recorrer las distintas plantas y avisara los compañeros, oí una especie de ruido, de pasos y voces alteradas. Tuve que apartarme para que no me atropellaran. No fue la serenidad, la característica más destacable del abandono del edificio. Media hora más tarde, me dirigí a la Carrera de San Jerónimo. La policía no me permitió avanzar hacia el Congreso de los Diputados. Unos instantes después, la policía militar, al mando de Pardo Zancada, hizo acto de presencia. En el aeropuerto de Barajas, mientras esperaba la salida del avión, podía oír un pequeño transistor. En las caras de los viajeros se observaba la inquietud y el temor, cuando nos llegó la noticia de que el general Milans del Bosh había sacado los tanques a las calles de Valencia.
Durante el viaje, sin el auxilio del transistor, aumentó mi inquietud. Intenté hablar con el piloto, para que nos transmitiera las novedades que se produjeran, durante las dos horas y media de vuelo, hasta el aeropuerto del Sur . Con una cierta lógica, se negó. Cuando por fin aterrizamos, escudriñaba la oscuridad, buscando la presencia de militares. Nada. No tenía maletas que recoger. Era más de la una y media de la madrugada. Con rapidez me dirigí hacia la puerta. Dos guardias civiles, jóvenes, miraban con cierta curiosidad a los pasajeros. Les pregunté: "¿Saben algo de lo que pasa en Madrid?". Su respuesta negativa, me hizo acelerar el paso hacia el aparcamiento. Conecté la radio. La SER comentaba la intervención del Rey tranquilizando a los españoles. Más de diez minutos, permanecí inmóvil sin arrancar el motor, repasando la angustia que puede acumularse en dos horas y media de incomunicación, sabiendo que podrían estar produciéndose acontecimientos que cambiaran nuestras vidas.
El coronel San Martín, en la presentacion del libro póstumo de su padre, condenado a diez años de cárcel, decía: "Los temas que desencadenaron el golpe de Estado fueron el independentismo autonómico y el terrorismo".
Hoy, la ultraderecha, refugiada cómodamente en el PP, utiliza los mismos argumentos de los golpistas del 23-F para crear un ambiente político irrespirable, convirtiendo el terrorismo en arma política de confrontación con el Gobierno, lo que no había ocurrido desde el 23-F. No dudan en manipular e instrumentalizar a determinadas asociaciones de víctimas del terrorismo, convirtiéndolas en marionetas de sus intereses partidarios. No importa que el mismo día 23 se hayan cumplido mil días sin que la banda terrorista ETA cometiera alguno de sus viles atentados mortales. Continúan sin asimilar su derrota electoral, cuya causa principal estuvo en las mentiras, para justificar la invasión de Irak, en el caso del ’Prestige’, el ’Yak-42’ o la gran farsa, con fines electorales, de responsabilizar a ETA del atentado del 11-M, cuando sabían que había sido el terrorismo islámico que, sin el menor control, se había establecido en España cuando gobernaba Aznar y fueron ministros de Interior, Acebes, Mayor Oreja y Rajoy.
No han escatimado cinismo para denunciar la política penitenciaria del Gobierno socialista y unas excarcelaciones que, desde los mismos criterios legales, se produjeron cuando gobernaron. Nada menos que 311 miembros de ETA fueron excarcelados antes de cumplir sus condenas, entre ellos 64 con penas de más de veinte años de prisión.
Me resisto a creer que todos los dirigentes del PP se hayan embarcado en la estrategia, extendida entre una buena parte de la ciudadanía, que para Rajoy, Acebes, Zaplana y su jefe en la sombra, Aznar, nada sería más negativo para sus intereses partidarios que un avance definitivo en la solución del terrorismo asesino de ETA, enquistado en la sociedad española, desde hace más de cuarenta años. Las mentiras, acusaciones infundadas e insultos contra el presidente del Gobierno así lo hacen pensar. El clima de crispación y enfrentamiento político decidido en los laboratorios ideologicos de la FAES, que cumplen a rajatabla Rajoy, Acebes y Zaplana, con algunos hooligans mediáticos, está creando el caldo de cultivo que propició, hace 25 años, la intentona golpista. Otra cosa es que creamos al ministro de Defensa, José Bono, en su defensa del sentimiento democrático que prima actualmente en las Fuerzas Armadas.
El día de la Pascual Militar, el general jefe de la fuerza Terrestre, Mena Aguado, amenazó, de aprobarse el Estatuto de Cataluña, con la intervención de las Fuerzas Armadas para "garantizar la soberanía e integridad de España y su ordenamiento constitucional". Los dirigentes del PP consideraron explicables este tipo de intervenciones golpistas.
Semanas más tarde, el fantoche, con tricornio y pistola, que intentó truncar a tiros la transición, asaltando el Congreso de los Diputados, para restaurar la dictadura militar franquista, aprovechando el clima de crispación creado por la cúpula del Partido Popular, ha vuelto a amenazar a la democracia. Hace un mes, envió una carta a los medios de comunicación en la que amenazaba que "no van a parar de echarnos avispas para que se nos hinchen las narices y tiremos por la calle de enmedio". Todos suponemos cuál es "la calle de enmedio" a la que se refiere Antonio Tejero. En su amenazante misiva, exigía la celebración de un referéndum para que "Dios confunda a aquellos que entregan la patria por 30 votos". Mientras todas las fuerzas parlamentarias condenaban las amenazas del golpista, la dirección del PP, que habían exigido a Zapatero, que utilizara todos los medios legales para impedir un referéndum en el País Vasco sobre el Plan Ibarretxe, porque suponía una "burla a la Ley" y "un asalto a la Constitución", se ha lanzado a la recogida de firmas, para un referéndum imposible. Utilizando el "estilo" Acebes-Zaplana, podría decirse que los dirigentes del Partido Popular, recogen firmas para apoyar el referéndum exigido por Tejero.