¿EUROPA ES UNA UNIDAD?. EL DEBATE CONSTITUCIONAL

Por Jacques Etienne*

Europa sólo existe como una construcción intelectual. Geográficamente no tiene fronteras orientales. Incluso las posibles líneas divisorias con Asia -los Urales, el mar Caspio o el Cáucaso- están basadas en consideraciones políticas. La tradición de ver a Europa más como un club que como un continente es tan vieja como su historia, que es peculiar porque su sujeto no es un espacio geográfico, sino un proceso en el que la religión, el nacionalismo y, ya en la segunda mitad del siglo XX, el modelo social, han sido fuerzas unificadoras.

La casa europea diseñada por Jean Monnet y sus contemporáneos se construyó según un modelo social basado en el crecimiento y en la redistribución, que fue bendecido por socialdemócratas y democristianos. El pacto supranacional no sólo ha proporcionado paz, sino que ha llenado el estómago europeo: en veinticinco años, la economía creció dos veces más de prisa de lo que lo hizo en el siglo XIX, y el europeo de la posguerra, que comenzó a trabajar menos horas por más dinero que nunca, se instaló en el confort. Pero el proceso de ratificación de la Constitución europea ha reabierto ahora, cuando el club está próximo a la cincuentena, el debate sobre el modelo social, que sufre graves achaques. Los europeístas dicen que su modelo es lo que los distingue de otras economías, aunque éstas sean más competitivas, y lo consideran innegociable. La situación, sin embargo, es chocante, como demuestran franceses y británicos.

La razón por la que un amplio sector de la sociedad francesa se opone a la Constitución europea es todo lo contrario de por qué los euroescépticos británicos también dicen no. Buena parte de los franceses, con sus 35 horas laborales, está en contra del texto fundamental porque consideran que abre las puertas al modelo ultraliberal anglosajón, lo que representaría un retroceso en su protección social. Los euroescépticos británicos dicen no porque, entre otras cosas, temen que Europa les dicte los capítulos sociales que han eliminado en su mercado nacional, que es el que suma más horas laborales. El debate, pues, parece sencillo: algo entre franceses y británicos. Pero no. La prueba es Francia, donde la discusión parece surrealista. La chanza dice que los franceses no creen que el modelo anglosajón, que parece salirse con la suya en la práctica, funcione en la teoría. Pero hay más.

La situación francesa es complicada. La mayoría gubernamental de centroderecha encabezada por Jacques Chirac pide el sí en el referéndum del 29 de mayo porque dice que la Constitución europea protegerá a Francia del liberalismo anglosajón; pero la izquierda, o buena parte de la izquierda, pide el no porque considera que la Constitución europea es un caballo de Troya del liberalismo económico de los anglosajones. ¿Cómo se entiende esto? En Francia no resulta fácil determinar quién es el menos anglosajón de todos.

Chirac ha aparecido en televisión para respaldar la Constitución europea porque es la mejor manera de defender el modelo social francés y europeo de los vientos ultraliberales que soplan en el Atlántico y en el canal de la Mancha. Chirac no se caracteriza por apostar a lo seguro cuando convoca a las urnas, pero sabe que la suerte del sí a la Constitución europea dependerá de lo que voten los socialistas, que están divididos, y los verdes, dos grupos que, en parte o totalmente, mantienen que el texto fundacional es una trampa liberal para reducir los servicios públicos y abrir las puertas de Europa a la globalización o, como dicen los franceses, a la mundialización. Para clarificar el asunto, Chirac afirmó el pasado 3 de mayo que la Constitución europea es "hermana de la revolución de 1789".

Las cosas, sin embargo, no están claras, como demuestra Nicolas Sarkozy, estrella emergente de la centroderecha francesa, rival de Chirac y posiblemente el más anglosajón. El aspirante a la presidencia de la república es favorable a la Constitución europea, como Chirac, pero por todo lo contrario: la considera el camino para rebajar la presión fiscal y reducir el intervencionismo de un modelo que ha fracasado y provocado una alta tasa de desempleo. "El mejor modelo social es aquel que proporciona trabajo para todos, y éste no es el nuestro", ha dicho el presidente del grupo de Chirac. ¿En qué quedamos entonces? El debate francés subraya el riesgo político que supone apoyar un proyecto gubernamental en una era de antigubernamentales. Los holandeses, partidarios del no en el referéndum del 1 de junio parecen tenerlo más fácil: se opondrán porque son, junto a suecos y alemanes, los que dan más per capita a la Unión, y esto lo consideran socialmente muy injusto.

(PE/EL ARCA)

(*) Jacques Etienne, periodista, especialista en la temática de la unidad europea. El presente articulo lo escribió, desde París, para El Arca, Nº 39.-

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