Elixir narrativo
Juan Manuel García Ramos
Si tenemos en cuenta que al protagonista masculino de la última novela de Gabriel García Márquez lo llaman sus alumnos, durante su breve paso por la docencia, "Profesor Mustio Collado", expresión que sacan del conocido poema de Rodrigo Caro (Utrera, 1573-1647), "A las ruinas de Itálica", y que a ese mismo protagonista lo conocen sus compañeros del periódico El Diario de La Paz, como Mudarra el Bastardo, en alusión al auto de Lope de Vega basado en esa leyenda popular, y reparamos en el nombre de su única novia frustrada, Ximena (Ortiz), sacado de uno de los cantares de gesta más conocidos, o en el nombre de la adolescente de la que se enamora nuestro personaje, "Delgadina", extraído del romancero tradicional español, con tanta impronta posterior en América, casi podemos afirmar que Memoria de mis putas tristes es un homenaje a la literatura española y de modo particular a la literatura del Siglo de Oro.
żBusca algo el García Márquez de nuestros días al echar mano de estos apelativos tan simbólicos para bautizar a sus últimas criaturas narrativas? Lo cierto es que la novela está llena de claves de las que sólo nos permitimos adelantar algunas.
Y quizá la clave más decisiva sea la de saber que Memoria de mis putas tristes tiene dos antecedentes que a la crítica no le han podido pasar desapercibidos. Uno es la fábula triste, demoledora casi, del japonés Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes (1961), que García Márquez cita en el frontispicio de su última entrega; otro antecedente es un trabajo periodístico del mismo García Márquez, dado a conocer en las páginas de El País -por lo menos yo lo leí ahí- el 22 de septiembre de 1982, cuyo título nos dice mucho de la relación con lo ahora publicado: "El avión de la bella durmiente".
En ese artículo periodístico García Márquez reconoce su deslumbramiento por la novela de Kawabata: "Sin embargo la única que me hubiera gustado escribir es La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, que cuenta la historia de una rara mansión de los suburbios de Kyoto donde los ancianos burgueses pagaban sumas enormes para disfrutar de la forma más refinada del último amor: pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, que yacían desnudas y narcotizadas en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas siquiera, aunque tampoco lo intentaban, porque la satisfacción más pura de aquel placer senil era que podían soñar a su lado".
En otra colaboración en prensa de 25 de enero de 1984, García Márquez vuelve a citar la novela de Kawabata, porque en ese tiempo investigaba el comportamiento amoroso de los ancianos, pero confiesa que la obra del japonés poco le ofrecía, pues el comportamiento de los ancianos caribes, que era el que él buscaba, se encontraba bastante lejos de los modos y modales de los ancianos japoneses.
La obra que preparaba en 1984 era sin duda alguna El amor en los tiempos del cólera, la sofocada relación de Florentino Ariza y Fermina Daza, a sus setenta y seis y a sus setenta y dos años de edad, respectivamente, en el ambiente de Cartagena de Indias, ciudad que García Márquez homenajea en esa novela.
Mucho de ese Florentino Ariza, solterón empedernido, tiene el protagonista de Memoria de mis putas tristes, ese "Profesor Mustio Collado", o ese "Mudarra el Bastardo" que escribe sus columnas periodísticas acosado por la dura legislación de una modernidad imparable.
Memoria de mis putas tristes es su testamento literario, la memoria de un gran amor descubierto a sus noventa años de edad, un amor ajeno al sexo que ese nonagenario había practicado hasta entonces con una dedicación de sordo profesional prostibulario.
Cuando Gabriel García Márquez investigaba en 1984 el comportamiento sexual de los ancianos, cuenta él mismo que uno de sus hijos le espetó: "Espera unos años más y lo averiguarás por tu propia experiencia". Y ahora casi comprobamos que la historia de este anciano solitario que es capaz de encontrar el amor al final de su vida, después de haberle dado la espalda durante sus ochenta y nueve años anteriores, puede estar muy cerca de las experiencias personales de un Gabriel García Márquez vecino de la ciudad de Barranquilla en los años cincuenta del siglo pasado y amigo de Ramón Vinyes, de Álvaro Cepeda Samudio, del que se cita una obra suya en esta Memoria…, y de tantos otros escritores que en buena medida condicionaron su vocación en marcha.
En realidad, Gabriel García Márquez no ha hecho sino escribir de sí mismo y de sus allegados, y esa insistencia en contarse una y otra vez quizá sea la causante de que haya postergado la segunda entrega de sus memorias, porque uno, que ha leído con atención voluntaria toda su obra, ha podido comprobar con cierta facilidad que el escritor, a estas alturas de su itinerario personal, ya no distingue entre la vida vivida y la vida soñada, y, en ese sentido, invito a cualquiera de sus lectores a inventariar los incontables y enmarañados vasos comunicantes entre realidad y ficción que se dan entre su obra periodística, su prosa narrativa y los esfuerzos contenidos en la primera entrega de sus recuerdos biográficos.
En todos esos textos habitan las mismas artimañas estilísticas: la palabra exacta, el adjetivo imprescindible, una sintaxis dictada por Dios, el mismo humor y la misma ternura de siempre, la lucha contra el tiempo, y una fiesta continua de su alma caribe al enfrentar los acontecimientos más severos de cualquier vida mortal, sean guerras, armisticios, celos, amores, envidias, arrepentimientos, cóleras, desprecios… como si fueran gracias que el cielo nos envía. La vida misma despojada de todo pesimismo y convertida en una parranda sin fin.
Esta última fábula sobre el anciano y la adolescente es un frasco de elixir de un experimentadísimo droguero que sabe manejar los secretos de su farmacia con maestría probada.
Esta Memoria de mis putas tristes es una versión literaria de cualquiera de las suites para chelo de Juan Sebastián Bach, de alguno de los cuartetos de Mozart, o de un bolero magistral de Toña la Negra, que tanta delectación producen en el anciano de la historia.
Leyendo esta Memoria de mis putas tristes, contrastando sus vecindades con el mundo de Macondo: los almendros, los apellidos, los acontecimientos históricos, como el recurrente Tratado de Neerlandia, firmado en su momento por el coronel Aureliano Buendía, las pianolas de rollos de las casas solariegas, las olorosas astromelias; con personajes como el Florentino Ariza ya mencionado, como la cándida y adolescente Eréndira; descubriendo de nuevo esa permanente obsesión por el paso del tiempo, uno llega a la conclusión de que Gabriel García Márquez es el autor de una sola y gran novela que nos ha ido entregando pieza a pieza hasta conformar un puzzle que sólo la muerte del responsable nos dirá qué dimensiones definitivas adquiere.
No es fácil que una obra se vea beneficiada al mismo tiempo del favor de la crítica especializada y del público lector. Cuando todos creemos que la literatura está a punto de pasar a mejor vida, desplazada por tantos ocios y negocios, llega de nuevo García Márquez y nos demuestra que no sólo sabe escribir como los pocos elegidos, sino que sabe vender mejor que nadie. Hasta al mercado lo ha convertido en literatura.