ELLA
Agapito
de Cruz Franco
Cuando aparecieron los primeros brotes se
le vino el mundo abajo. Comprendió la barrera que surgía entre ella y los
demás. Entre su piel y la piel de sus sueños. Sin la piel no hay felicidad
posible. Y ella sintió que comenzaba a dejar la piel en el camino. Le contaron
que era tan antigua como la humanidad. Que los leprosos que se curaron
milagrosamente en el célebre relato evangélico eran personas con psoriasis y que habían sanado merced a su componente
psicosomático. “Eres una enfermedad
crónica, no contagiosa y autoinmune, por la cual el
organismo se ataca así mismo reproduciendo células a todo galope (las célebres
escamas de la piel), al creer que es falsamente agredido”, le dijeron. Su
nombre provenía del griego “psora” (picor) y
diagnosticada como tal desde hacía 200 años no entendía cómo no había ya una
solución para ella. Se estudió a fondo y aprendió que vivía entre el 0 y el 5%
de la población mundial con los países escandinavos a la cabeza y una media del
2% (125 millones de personas) y que en Canarias se estimaba también en un 2 %
de su población. Cuando creció se multiplicó en cuidados en una batalla que
nunca ganaba pero que la perdía definitivamente si bajaba la guardia. Comenzó a
sentirse diferente a los demás, sobre todo cuando tuvo que dejar de frecuentar
sitios públicos donde otras lucían su piel mientras ella sentía las miradas de
los otros estableciendo una frontera. Y entendió que bajo su piel rota, también
sentía rota su identidad. Un día le hablaron de “Acción psoriasis”, una asociación sin
ánimo de lucro donde los propios protagonistas habían tomado las riendas del
problema y con sede en Barcelona: HE Can Guardiola-C/Cuba, 2 CP 08030 y tfno
932 804 622. Con correo-e psoriasi@pangea.org
y página electrónica (www.acciopsoriasi.org).
Conoció en Canarias a Sebastián Santana
Pérez, vocal de la asociación y que gestionaba desde Las Palmas, todos los
domingos de