El rey

 

Juan Manuel García Ramos

 

En su reciente viaje oficial a Argelia, el Rey Juan Carlos I acaba de sacarse la espina de aquella otra ridícula visita efectuada a la antigua provincia española del Sahara el dos de noviembre de 1975, cuarenta y ocho horas después de haber asumido las funciones de Jefe de Estado y dieciocho días antes del fallecimiento de Francisco Franco.


En aquella visita de marras, Juan Carlos I prometió a los saharauis de entonces que España no los dejaría nunca abandonados ante la presión marroquí, como sí ocurrió apenas doce días después de tan retórico como falso compromiso en virtud de la firma del Acuerdo de Madrid o pacto tripartito de los gobiernos de España, Marruecos y Mauritania.


Las últimas palabras del Rey de España sobre el futuro del Sahara pronunciadas el pasado martes en su encuentro con el presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, han salvado la imagen del Estado español ante la comunidad internacional y ante todo el pueblo saharaui.


Juan Carlos I se decantó en Argel por una solución del conflicto del Sahara que pase por la libre determinación de esos territorios, solución que plantea desde el principio el Frente Polisario con la oposición férrea de Marruecos hasta el día de hoy.


Todo resultaría satisfactorio si esta postura del Jefe del Estado español con respecto al porvenir del Sahara no estuviera en contradicción flagrante con lo manifestado una semana antes en Rabat por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en lo concerniente a su respaldo al último Plan de Autonomía del Sahara elaborado unilateralmente por Marruecos.


A la altura de la semana que escribo estas líneas, la confusión creada en torno a la bicéfala opinión del Estado español con respecto al Sahara es una de las cuestiones más graves de las padecidas por la diplomacia española a lo largo de la historia. Si quieren que les diga la verdad, yo no recuerdo ningún antecedente de esta magnitud.


O el Jefe del Estado español y el presidente del Gobierno no han hablado del asunto en mucho tiempo y se han ido irresponsablemente uno a Marruecos a decir una cosa y otro a Argelia a decir otra, o existe un enfrentamiento de posturas sobre una misma materia de política exterior y cada uno de ellos ha tirado por el camino que creyó más conveniente ante sus respectivos interlocutores magrebíes. No sé qué es más grave.


Si nos fuéramos un poco hacia atrás, podríamos observar que todo lo relacionado con un posible proceso de autodeterminación del Sahara, o de libre determinación, que es lo mismo en el lenguaje del Derecho Internacional Público, hasta donde a nosotros se nos alcanza, se remonta al año de 1966, cuando el gobierno de Franco se había declarado partidario de aplicar a su última provincia africana el principio de autodeterminación conforme a la resolución 2.072 (XX) de la Asamblea General de Naciones Unidas, aunque bien es verdad que todo esto quedó en un mero ejercicio de cinismo internacional.


Las enciclopedias más elementales definen la autodeterminación como el derecho de un pueblo a decidir su manera de gobernarse y de plantear su desarrollo económico, social y cultural, y a estructurarse por su cuenta, sin injerencias de otros países y de acuerdo con el principio de igualdad.


Esa es la aspiración del pueblo saharaui desde que el veintisiete de febrero de 1976, después de España retirarse de esos territorios, el entonces secretario general del Frente Polisario proclamara la República Árabe Saharaui Democrática y declarara al mismo tiempo la guerra a los países que pretendían engullirlos con en fin de obtener la soberanía de la zona de las viejas colonias del Río de Oro y Saguia el-Hanra. Una vieja aspiración que la ONU ha respaldado y legitimado en innumerables y sucesivas resoluciones, siempre desoídas por Marruecos.


Durante todo este tiempo, España ha mantenido una neutralidad ambigua ante el conflicto protagonizado por marroquíes y saharauis, a veces una neutralidad algo vergonzosa, pues por un lado apoyaba la causa de su antigua provincia y por otro respaldaba las tesis anexionistas marroquíes.


Esa ambigüedad algo desvergonzada llega a nuestros días y la escenifican en viajes muy cercanos a Marruecos y a Argelia nada más y nada menos que el presidente del Gobierno y el Jefe del Estado, todo ello al margen de los posibles desmentidos emitidos con posterioridad a las divergentes posturas expresadas por los representantes de las instituciones españolas en esas recientes visitas.


España ha vuelto a quedar como la mala de la tragicomedia: traidora para las reivindicaciones geopolíticas saharauis y traidora para las intenciones de expansión de Marruecos.


¿Y Canarias? ¿Qué pinta Canarias en todo esto?


El irresuelto conflicto saharaui ha acarreado a la economía de nuestras islas la desaparición del próspero comercio de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado entre el Archipiélago y el continente africano, la cautividad de nuestra flota pesquera, el crecimiento de mafias que trafican con inmigrantes del Sahara y del Sahel, la incertidumbre sobre el trazado de una mediana en el océano que resuelva nuestras fronteras atlánticas con los países del entorno o el aplazamiento de la discusión sobre la propiedad de los yacimientos de petróleo y de gas en aguas comunes, por poner sólo algunos ejemplos ilustrativos de lo mal que nos viene a los canarios que marroquíes y saharauis no firmen la paz y delimiten sus fronteras y jurisdicciones de manera civilizada.


En realidad, con la anexión del Sahara por parte de Marruecos, los canarios hemos perdido nuestro hinterland, nuestro territorio de blindaje ante el continente vecino, esa nación amiga que nos servía de palanca para actuar política, diplomática, económica, social y culturalmente más allá de nuestras limitaciones insulares.


Por todo ello, uno lamenta, quizás más que nadie, esta última metedura de pata de la diplomacia española, este baile de declaraciones antagónicas. El pueblo saharaui no se merece ser traicionado de nuevo, ya ha pagado con su sangre y su sacrificio muchos errores ajenos.


Ojalá las palabras pronunciadas el martes pasado en Argel por Juan Carlos I sean las palabras que España siga defendiendo ante la comunidad internacional. Ojalá que Marruecos entienda que la situación creada al sur de sus fronteras no admite más parches y le reconozca al pueblo saharaui su derecho a elegir su propio destino, bien como un cuerpo político independiente, bien como un país federado o confederado con su vecino del norte. Todo ello tras el inaplazable referéndum.


Condición sine qua non que Juan Carlos de Borbón ha tenido la valentía de recordar en su último viaje oficial a Argelia. Con esa postura ha reparado un error africano en su carrera monárquica. Bien es verdad que aquel año de 1975 era un año turbulento y algunos estaban interesados en hacerle caer en la trampa que cayó. Nunca es tarde si...

 

Nota de la Redacción:

En vida de Franco, además del Sáhara, eran provincias españolas africanas las Islas Canarias y Ceuta y Melilla; estas últimas continúan siéndolo, y Canarias pasó al estatus de Comunidad Autónoma de España y Región Ultraperiférica de la Unión Europea, es decir, continúa aún hoy siendo una colonia de España.