Un embravecido mar en la Jurisdicción Social
Miguel Ángel Díaz Palarea (*)
Dedicado a los Catedráticos de Derecho Político: Hernández Rubio y Gumersindo Trujillo, ambos fallecidos.
De la división e independencia de los tres poderes del Estado habló Montesquieu (1689-1788), en su obra El espíritu de las Leyes. Su pensamiento libre como la brisa se encarcela cuando se contaminan los poderes, su filosofía de los contrapesos entra en barrena. Todo queda contagiado cuando llegados de la política activa, y amparados en el voto próximo, ocupan los sillones más elevador del tercer poder del Estado.
Han transcurrido más de 30 años y aún añoro los tiempos felices, de parrandas, copas en los bares hasta la madrugada, novias, tenderetes, las coladas en las Fiestas de los Colegios Mayores de la ciudad de Agüere. Recuerdo las pintadas pidiendo democracia y, también de un Gumersindo Trujillo que nos predicaba -en la Facultad de Derecho- sobre la necesidad de independencia entre los poderes y, en particular, entre el judicial y el ejecutivo. Contemplo el panorama y me dan ganas de llorar. Veo a profesionales de constatada talla tapándose la nariz, por lo que denuncian en privado y callan en público. Comportamientos que, permítaseme decirlo, avergonzarían a uno de aquellos humildes estudiantinos de segundo de derecho en los turbios tiempos de Franco.
Un elefante en una cacharrería sería poco para definir la llegada desde un cargo partidista como un zeppelín, vaya usted a saber, a la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia, pasando por encima de escalafones, profesionalidad, antigüedad, conocimientos y lo que es más importante 'independencia'. Sinceramente ni lo comprendo, ni lo comparto y he nombrado a Gumersindo Trujillo y cito ahora al genial Hernández Rubio, a Felipe Vicen, etcétera, pues en el mismo aula recibimos enseñanza y no atino a comprender sus ansias de poder, desde luego, legítimas. El pueblo destila una filosofía sacada del sentido común y por eso me viene ahora a la memoria la frase "el pájaro se conoce por la cagada" y no menciono el dicho popular por ningún pájaro en particular, pero sí por algunos excrementos que quedan en el camino polvoriento que nos ha tocado transitar en estos últimos meses. Me duelen las mandíbulas de tener la boca abierta por las sorpresas que recibo cada vez que voy al correo a buscar una sentencia. Ó los otros eran unos matados o lo que antes era blanco ahora es negro noche.
No comprendo y por eso lo digo. Llevo varios días sin dormir, pensando, meditando los cambios, rumiando sobre la almohada mi impotencia sobre acontecimientos que lanzo al viento haciéndome responsable de lo que me pregunto: ¿Cómo es posible que se haya borrado de un plumazo la doctrina de suplicación constante de las Salas de lo Social de los distintos Tribunales Superiores sobre el análisis imparcial del Juzgador de Instancia? ¿Cómo cabe en cabeza humana, eso de "llegó el comandante y mando parar"? ¿Cómo es posible que se "criminalice" -dicho en sentido figurado-, a los pensionistas de la Seguridad Social? ¿Cómo es factible que de un golpe de timón, contra viento y marea, han tornado y, en un santiamén, se pasa de la consideración de ciudadanos de un estado libre a ser sospechosos de engañar al Estado? ¿Es qué no caen en que los sufridores y puteados son los más menesterosos, los más desgraciados, por utilizar un término acorde con el comportamiento que, entiendo, se les otorga? ¿No tienen un poquito de justicia social en su interior, sólo una pizca que les haga meterse en la piel del sudorosos trabajador que pide se le mire con respeto? ¿Quizás olvidan que estos ciudadanos que solicitan una pensión, después de haber cotizado, no hacen otra cosa que participar en la caja común llenada fundamentalmente por los parias de su clase? ¿Cómo se comprende ahora que la Comunidad Autónoma tenga razón en todo, en todito, aunque para ello haya que barrer con todo lo que huela a justicia social? ¿Cómo entra en tolmo humano que los cinco Juzgados de lo Social, con sus juezas y jueces a la cabeza se dejan engañar por despeluzados, desaliñados sindicalistas venidos a menos, y rojetes, como el que suscribe?
Quiero decir, y grito: desde luego no me gustan los comisarios y más de un cogotazo me he llevado por defender esta democracia, sin embargo, ahora se pervierte por intereses partidistas, por la infección de los comisarios políticos. Desde mi perspectiva son tan vomitivos como los que nos puteaban en la universidad, aquellos que nos fichaban, nos quitaba la prórroga al cuartel, aquellos que en el fondo han estado siempre con la filosofía del General Franco. Yo soy el Estado y eso de los poderes es de masones, ateos y rojos.
Todas estas reflexiones me llenan de zozobra y me he jurado que mis 52 años no callar más, no estaré mudo mientras se perjudican intereses de trabajadores. Los últimos acontecimientos en el mundo del derecho laboral me tienen mirando al cielo con cara de pasmado, nunca antes lo he tenido tan claro, sólo dispongo de este cuerpo para sufrir los cachetones que, me dicen todos, incluso mi querida Olguita, me partirán la cara. Pero pienso que sí, en su día, me revelé contra el maltrato de los comisarios en los pestilente cuartelillos de la época de Franco, ahora, no estoy dispuesto a chuparme la impotencia ante el moretón, el ojo hinchado, el desnudo y el descalabro de mis casos. Me nace el rencor de los malos momentos que me hicieron pasar, como a tantos otros, no quiero ir de mártir, pues muchísimos compañeros de la época recibieron los cariños del sistema en peores condiciones y se mantuvieron firmes. Sigo creyendo en la libertad, en la justicia, incluso en la difícil justicia social y por ello abro mi boca y grito: "Viva la división de poderes", "Viva Carlos de Secondat Montesquieu". Que se vayan a sus casas personajes como el protector de los Gal, el viejo zorro moteado, Alfonso Guerra que celebró con champán -cava catalana desde luego no, él es andaluz- la muerte de Montesquieu; personajes que ahora, como antes, brindan a la sombra de la bandera del toro de Osborne, cuernudo y testículos tiznados como la noche y que escupen al viento de nuestras islas su testosterona machista y vulgar. Quieren imponernos el "ordeno y mando", pues el Jefe así lo ha decidido.
(*) Abogado