Encuentro en la primavera
Juan-Manuel García Ramos
Es mediodía y puede ser la terraza indiferente de un bar soleado de esta primavera. En las muchas mesas dispuestas en ese espacio, y a cierta distancia el uno de la otra, sólo están un hombre mayor y una mujer de unos treinta años.
Desde hace algunos minutos, el hombre, que sorbe sin convicción un Campari cada tanto, mira a la mujer que se encuentra en su perpendicular y fuma con sosiego. La mira pensativo y largo.
Ella se ha dado cuenta desde el primer momento de la atención que despierta en ese hombre y se esfuerza en reconocer al que la ojea con una insistencia por ahora indisimulada. Ella se ha divertido con la expresión "acoso visual", ha pensado en la soledad de su mirón, en la atracción sexual, o en el hastío jubilado de una mañana vacante.
Pasan y pasan los minutos y ella no aguanta más y se decide a romper la línea de extenso silencio que los enlaza. Se levanta y va hacia él: "¿Nos conocemos de algo?".
El hombre, ahora aturdido, pone lenguaje de por medio y rompe el sortilegio. El diálogo de las miradas, siempre anónimo, es sustituido por el diálogo de las palabras, tan exigentemente explícito.
Y ya el hombre mayor no es el mismo. Gravitan las convenciones, las fórmulas de tratamiento, la moral se apodera de esa relación inesperada.
Ahora él ha de adoptar su papel, ha de explicar el motivo de su mirada perdida. Sin mucho empeño, ella reclama cierta aclaración.
Él ya no es el ser que observaba sin más, es un señor mayor casi acusado de voyeur; ha de excusarse como mínimo, aunque ella no extreme su posible recriminación.
Esas dos personalidades ya son otras. El lenguaje los ha transformado en dos individuos con códigos sociales comunes que han empezado a funcionar entre ellos. La gramática formal ha roto la anterior comunicación informal de sus retinas.
Él ha podido convertirse en un viejo verde, ella en una mujer con arrestos. O, tal vez, no. Empieza una bella amistad. El lenguaje decidirá por ambos. Las palabras los hará encontrarse o alejarse.
Él se ha dado cuenta de tal transformación. Mientras bebía su copa y dejaba ir sus ojos hacia esa mujer tan bien iluminada por el sol, su memoria lo llevaba muy lejos: a la hija, tan ausente, a la novia inolvidada, a rostros de compañeras de trabajo parecidas a la que estaba sentada a no mucha distancia de él esa mañana, o simplemente lo trasladaba a cavilaciones placenteras sobre qué podía estar haciendo esa mujer a esa hora en el mismo sitio que él, qué circunstancias azarosas los había hecho coincidir en el mismo lugar, al mismo tiempo.
Ella lo ha relacionado con algún viejo amigo de su padre que no terminaba de reconocerla, con un actor del que no recuerda el nombre, con un viejo muerto antes de haber muerto, con un mirón repugnante.
Pero, en el fondo de su pensamiento, ella admite que la mirada de su vecino la hace reaccionar esa mañana encendida.
Esa mirada le ha dado algo de vida en una jornada que amenazaba con la misma indiferencia de tantos días anteriores. Por eso se ha levantado y ha ido a dar con él.
De pronto, esos personajes han quedado cautivos de sus palabras. Todo dependerá de lo que se digan o no se digan. Se saben próximos y lejanísimos. Algo los ha hecho coincidir en una escena de sus respectivas tragicomedias que no estaba demasiado prevista.
El hombre mayor sabe que ha de medir todo lo que sienta y enuncie en ese preciso momento; ella espera una frase feliz, el principio de algo que no sabe distinguir entre el afecto, la lisonja, tal vez la disculpa sin más.
Somos, para los demás, las palabras que proferimos; en ocasiones sin percatarnos de la trascendencia de nuestras cuerdas vocales en acción.
Él le sugiere tomar algo juntos, en cierto modo le solicita una tregua entre el paso de la mirada al trato directo. No tiene palabras para enfrentar con soltura la nueva situación. Ella acepta.
La llegada del camarero añade silencio al silencio y ambos meditan sobre cada uno de los pasos dados.
¿Quiénes somos cada uno de nosotros?
Ésta podría ser una fábula contemporánea de Jean de La Fontaine, un escritor francés del siglo XVII que nos dejó dicho que en cada uno de nosotros habitan al menos tres personas, acaso remedando la tríada cristiana del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
En cada persona hay, como mínimo, tres personas: la que ella cree que es, la que los demás creen que es y la que es en realidad.
Otros pensadores han sostenido que en el mundo, por lo menos, hay tres clases de hombres: unos son los que se resignan, los que ponen a mal tiempo buena cara, y éstos son dignos de respeto; otros son los que luchan e intervienen, los que van contra viento y marea, y éstos son merecedores de admiración; otros, finalmente, son los que se limitan a quejarse, y éstos son acreedores de piedad y misericordia.
Al hombre mayor de esa terraza primaveral le han pasado por su mente todas esas clasificaciones de la historia y ese repaso de su memoria culta todavía lo atenaza más frente a esa mujer de treinta y pocos años que está sentada a su mesa.
¿Qué es él ante esa situación que vive ahora? ¿Un resignado, un luchador, un abuelo afligido?
Ella mira de cerca los ojos que antes la vislumbraban en la distancia y lee dentro de ellos la incertidumbre de su vecino imprevisto.
Llegan las copas y las palabras han de cobrar protagonismo entre el hombre mayor y la treintañera.
Uno y otra han de echar mano del vocabulario y la gramática para razonar ese encuentro fortuito. Todo era distinto cuando sólo las miradas los unían en una complicidad casual y gratificante.
El hombre mayor propone una pausa de silencio compartido, rehúye las palabras por ahora. Teme que esas palabras rompan la magia del instante.
Ella ha adivinado ya en el fondo de los ojos cercanos la marca de la cobardía. Siquiera se atreve a preguntar por su nombre.
Agotan sus consumiciones sin dejar de mirarse. Él ya ha construido todo un destino en torno a esa mujer. Sabe por qué se ha acercado a su mesa. Y sabe también que nada tiene que ver esa aproximación buscada con la distancia que antes tanto los acercó.
El sol está ahora encima de sus cabezas y las piedras de hielo de sus copas se desplazan licuándose. Algunos niños gritan en la lejanía.
El hombre mayor pronuncia un adiós compasivo y paga la cuenta al camarero después de levantarse. Ella sigue sentada y ya ha colocado sus ojos nostálgicos en otro punto de ese espacio de reverberos.
El hombre mayor se aleja. Ni uno ni otra saben el tiempo transcurrido desde que se sentaron juntos.
No hay lenguaje para acercar esos mundos. Un código arcano y secreto de las conductas humanas los ha separado sin ellos proponérselo. Por regla general, se huye de las emociones perturbadoras. Toda realización es un desengaño.
Es mediodía y puede ser la terraza indiferente de un bar...