En el ojo del huracán

Carolina Álvarez Sicilia *

Alrededor del ojo de un huracán se encuentran los vientos más violentos. ¿Qué hubiese pasado si el ojo del huracán hubiese tocado suelo canario? Seguramente habríamos observado un sinnúmero de efectos devastadores de todo tipo.

Los daños psicológicos de una catástrofe suelen exceder a los físicos, por la incapacitación que producen en las personas para retomar la vida cotidiana y por la persistencia en el tiempo que suelen tener los síntomas psicológicos que generan. Sin embargo, es poca o ninguna la importancia que muchas veces se les da a las secuelas psicológicas posteriores a una catástrofe.

Un desastre natural es un evento sorpresivo y brusco. Aunque haya sido pronosticado, siempre nos confrontará con un elemento desconocido y por lo tanto impensable. Nos confronta con sentimientos de desvalimiento y vulnerabilidad.

Una experiencia catastrófica arroja nuestro psiquismo a la prehistoria de nuestra propia existencia, ubicándonos en aquellos primerísimos momentos de nuestra vida en que dependíamos absolutamente de otro para poder subsistir. Sin ese otro moriríamos ya que estaríamos inermes y desasistidos. Una catástrofe nos lanzaría a aquella época remota de nuestra vida en la cual aún no habíamos desarrollado ninguna herramienta psíquica que nos permitiese ser autosuficientes, tener autocontrol y autonomía.

En el momento en que está ocurriendo una catástrofe nos sentimos desamparados porque no tenemos pensamientos que nos ayuden a tramitarla psíquicamente. Aquél que ha atravesado por una situación catastrófica sabe muy bien que no es posible pensar mientras ésta está sucediendo.

El sin sentido nos invade, en nuestra memoria psíquica no hay registro alguno que nos permita dotar de sentido lo que ocurre. Todo aquello que habíamos conquistado como sujetos pensantes se desvanece dando lugar a la desorganización psíquica y emocional.

Precisamente para superar la inermidad y el desamparo sentido, la mente dedica gran parte de su energía psíquica a pensar acerca de lo ocurrido. Esto explica que nuestros pensamientos vuelvan insistentemente a la situación catastrófica y se reviva una y otra vez lo ocurrido. En la mente de las personas que han pasado por un desastre natural suelen irrumpir imágenes de aquello que más los impactó. Las imágenes se tornan pesadillas en la noche, el sueño es también el escenario donde se revive el evento traumático.

Esta repetición traumática del evento en la mente de la persona no permite poner distancia del mismo para poder ir dejándolo atrás. Para que la persona deje de revivir el acontecimiento traumático es esencial que hable del mismo y que lo cuente tantas veces como su mente necesite para superarlo. Salvando las diferencias, esta necesidad de hablar la observamos después de que 'Delta' nos visitase. Fue el tema de conversación de la mayoría de las personas durante algunos días.

Muchas veces se piensa que es mejor no hablar de lo ocurrido y así tanto la persona como los familiares y amigos evaden cualquier tema de pudiera rozar la experiencia traumática. Silenciar lo ocurrido no permitirá hacerlo desaparecer; por el contrario, puede generar una gran cantidad de síntomas psicológicos que pueden tender a ser crónicos.

* Carolina Álvarez Sicilia es psicóloga y psicoanalista.