DESDE ARTEVIRGO

LA UNIVERSIDAD CANARIA: ENTRE EL CAOS Y EL DESCONCIERTO*

[*Este artículo fue publicado en el Diario de Las Palmas en diciembre de 1993. El lector juzgará la desgraciada vigencia del mismo]

Por Jose Almeida

Son tantas cosas las que uno oye hablar de la Universidad, tantas cosas y no precisamente buenas, que llega un momento en que te empiezas a plantear seriamente si estos centros żeducativos? Sirven para algo o, por el contrario, son únicamente ventanillas expendedoras de títulos y certificados muy bien presentados, eso sí, pero carentes de contenido, es decir, faltos totalmente de verdadero saber y conocimiento dignificante, dignificador.

Desde los contenidos de las materias o el desesperante problema de la masificación, hasta la insoportable apatía y desinterés del profesorado y del alumnado, todo apunta a que la Universidad no está cumpliendo con la principal función para la que fue creada: la formación integral de las personas que han tenido la suerte de acceder a ella, para que luego, una vez finalizados los estudios, pueda revertir de forma positiva a la comunidad a la que pertenece.

Muchas veces se ha hablado de la imperiosa necesidad de acercar la Universidad a la sociedad y que ésta, a su vez, se interese en la medida de lo posible, de lo que en ella ocurre. Y yo planteo: żNo habría que acercar primero la Universidad a los alumnos? żno se tendría que motivar de forma positiva a todos los estudiantes y desterrar para siempre la verdadera obsesión por -simplemente- obtener una titulación? No hay nada más que leer cualquier encuesta realizada a universitarios para darse cuenta de los verdaderos motivos que empujan a muchos jóvenes a realizar una carrera: el "conseguir" un título para ganar dinero lo más rapidamente posible y con el mínimo esfuerzo, y además, subir en el escalafón social. Lo de la formación integral o la pasión por el conocimiento, si aparecen siempre lo hacen en segundo término.

Por otro lado, también hay que reconocer que la sociedad vorazmente consumista, ferozmente individualista, mezquinamente insolidaria en la que estamos inmersos - y en la que los medios de comunicación están jugando un papel destacadísimo de apoyo y sanción de este infame y vil sistema- no ayuda precisamente a un cambio serio y profundo de las estructuras enquistadas en nuestra universidad. Salvo honrosas excepciones -tanto por parte de algunos profesores, como por el lado de determinados alumnos- nuestra universidad está sumida en el pozo profundo del desconcierto, el caos y la inercia.