La Orotava: sol en la era y agua en la higuera

Waldimiro Rodríguez Brito

Estos días hemos visto en los medios de comunicación toda una serie de demandas sobre el Teatro Atlante, conformando un nuevo enfrentamiento y un motivo de crispación social. En este sentido, es importante que nuestra sociedad haga una lectura amplia de los temas ambientales y sociales, en definitiva, que esté lo mejor informada posible para poder afrontar cualquier problemática desde la serenidad y la racionalidad.

A lo largo de su historia, este municipio norteño ha tenido viviendo en su territorio algunos de los mayores propietarios de tierras de Canarias, que controlaban amplias franjas de superficie, desde Alegranza a La Palma. No es casualidad que La Orotava cuente con uno de los patrimonios arquitectónico e histórico más importantes del Archipiélago, esa es una de las huellas de esta riqueza vinculada a la propiedad de la tierra. Sin embargo, no podemos ni debemos olvidar que junto a ese esplendor existían muchos desheredados de la tierra que vivían en lo que hoy conocemos como "infraviviendas": pajares, cuevas, en las laderas de los barrancos. Esto también es bien descrito por Berthelot, a raíz de los daños y desgracias causadas por el tristemente famoso temporal de 1826, que acabó con las vidas de 32 personas entre el Barranco de Tafuriaste y el Castillo de San Felipe, muchas de ellas vivían en cuevas del citado barranco.

Muchas de las viviendas que, hoy, "afean" el territorio, son las primeras que han disfrutado los agricultores, con la dignidad suficiente para vivir y criar una familia, entre Santa Úrsula y Tigaiga, configurando uno de los paisajes agrarios más bellos de las siete islas.

Es por ello que nos resulta curioso la polémica del Atlante, cuando muy pocos se manifiestan o se quejan del expolio que ha sufrido en los últimos 30 años el suelo agrícola y, en definitiva, el paisaje de su municipio. Es por lo que decimos que no se puede pedir sol en la era y agua en la higuera al mismo tiempo. Consideramos que más importante que el Atlante es la pérdida de interés por la conservación del suelo agrícola, no se crean asociaciones ni plataformas que lo defiendan, justo debajo del Mirador de Humboldt, Lomo Carrasco o en tantos otros puntos en el Valle. Tampoco surgen grupos que luchen por mantener este paisaje producto de la lucha y el esfuerzo diario de muchas generaciones de anónimos hombres y mujeres tinerfeños.

Después de compartir durante muchos años las reivindicaciones de un grupo de personas comprometidas para conservar El Rincón, asistimos a una pérdida de interés colectivo por la defensa de la agricultura y, sobre todo, que nadie se atreve a coger un sacho o un "merry" y se pone a trabajar sobre la tierra, parcialmente colonizada por Rabo de Gato y otras plantas invasoras, o a reivindicar que sus propietarios las cultiven o las arrienden. Si esas mismas tierras estuvieran en manos de benijeros estarían todas cultivadas.

En esta isla y, en particular, en La Orotava, los más de 30.000 habitantes de este municipio, tenemos que asumir que la actividad económica que sostiene nuestra sociedad implica la transformación del territorio. Sin que ello implique el sacrificio gratuito de nuestro patrimonio histórico y natural. Pero de la misma manera, no se puede aceptar la afirmación de que "ésta es la peor época en que se ha vivido en Canarias", se trata de un juicio anacrónico y falto de rigor histórico. Vivimos en un mundo cambiante y esta evolución, incluso, la transformación del espacio, es consustancial a cada momento histórico. Baste un dato: en 1826, nuestros montes estaban desforestados por la necesidad de la gente de buscar suelo para cultivar y leña para cocinar, para poder sobrevivir en un territorio cargado de carencias.

Medio ambiente y patrimonio, desde luego que sí, pero no es menos importante ni se justifica aún menos la defensa del suelo rústico y la agricultura. El paisaje agrario se mantiene aún en las medianías del Valle, desde La Perdoma a Benijos, desde La Cruz Santa a Palo Blanco, gracias al trabajo de un puñado de campesinos que, por herencia de sus padres o por convicción personal, en contra de las corrientes dominantes, cuida el terruño y el paisaje del que muchos hablan pero que pocos defienden en realidad.

Parece razonable pensar que con los problemas sociales que tenemos en Canarias no es coherente que se pida dinero público para salvar el Atlante. Es necesario sembrar cada día y en todos los terrenos para proteger nuestro patrimonio, sin necesidad de banderas esporádicas o manifestaciones grandilocuentes. Nuestra herencia histórica y paisajística se defiende a diario simplemente con nuestra actitud individual y colectiva, y con la educación que le damos a nuestros hijos. Si no es así, acabaremos como en el poema del genial Pedro García Cabrera, "a la mar fui a por naranjas..." Debemos asumir las prioridades de esta sociedad y tomar decisiones ya que los recursos no son inagotables. En los últimos años se ha realizado un esfuerzo importante para el mantenimiento y mejora del patrimonio histórico de La Orotava, invirtiendo miles de millones de pesetas. En fechas recientes, el Cabildo de Tenerife ha destinado 150 millones de pesetas a la restauración de la Iglesia de San Agustín, que sí forma parte importante de nuestro patrimonio histórico que tenemos la responsabilidad de legar a nuestros descendientes.

El medio ambiente y el patrimonio, su respeto y protección, se basan en una actitud vital de los pueblos y no en una lectura cerrada de élites intelectuales o políticas sobre tal o cual planta o edificio. En esa labor debemos y podemos participar todos.

* Consejero de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo Insular de Tenerife