ESCLAVOS PARA EL PROGRESO

Ignacio Reyes

Como antes lo había hecho la Dictadura, la "joven democracia" española escogió la significativa fecha del Doce de Octubre para festejar su "día nacional". Si hacen ustedes memoria, recordarán que cinco días después de la muerte de Franco, la Corona promulgó un indulto general. Su preámbulo tributaba un sentido «homenaje —y cito textualmente— a la memoria de la egregia figura del Generalísimo Franco, artífice del progresivo desarrollo de la paz que ha disfrutado España en las últimas cuatro décadas». Naturalmente, no pretendo insultar la inteligencia de ustedes llamándoles la atención sobre algo tan evidente como es el directo parentesco político e ideológico que une a la "joven democracia" de España con la última de sus dictaduras militares. Pero sí me interesa destacar esa concepción de la paz, que es presentada como primera condición para el progreso social. Se trata de un principio ideológico que ha tenido diversas manifestaciones históricas, pero que pocas veces ha adquirido dimensiones tan mundialmente devastadoras como las que se vienen produciendo bajo ese proceso de expansión colonial que se abrió hace ahora 500 años.

Además, ya casi nos hemos acostumbrado a considerar como algo natural que las ambiciones estrechamente clasistas de la burguesía pasen por representar los intereses y necesidades de todo un pueblo y del progreso social de un país. De ahí que, si unen ustedes esos dos principios (la paz como condición del progreso y un progreso necesariamente burgués), podrán obtener la versión al uso de la expansión colonial europea como una empresa pacificadora, culturizadora y civilizadora. Y conste que no digo que tales componentes estén completamente ausentes de dicho proceso. Pero desde luego no definen en absoluto su naturaleza, como me propongo argumentar a ustedes seguidamente desde la perspectiva del análisis histórico.

No olvidemos que la configuración actual del mapa político, la constitución de los estados europeos actuales, tiene su origen en el siglo XVI. La consolidación del hecho estatal en la Europa de Maquiavelo (1469-1527), de Carlos V (1500-1558), de Cromwell (1599-1658) o de Colbert (1619-1683) no se puede entender sin la explotación colonial.

Como ya nadie ignora, en el movimiento histórico de la substitución del feudalismo por el capitalismo en Europa, confluyeron dos factores principales. De una parte, un violento proceso de expropiación y proletarización del campesinado europeo. Y, de otro lado, esa explotación igualmente voraz de las colonias. Sobre estas bases nace el capitalismo. Es la fase conocida como de acumulación primitiva. Y es precisamente ese segundo aspecto del proceso, el colonialismo, el que introduce un momento particularmente importante en la estrategia misma del desenvolvimiento capitalista en Europa. Y —cómo no— es justamente en este escenario donde cobra verdadero sentido la conquista y colonización de América y de Canarias.

Sin embargo, con frecuencia se quiere hacer aparecer el capitalismo como un sistema económico instalado mundialmente desde el siglo XV. Desde este punto de vista, las colonias presentarían un estatuto dependiente de contenido enteramente capitalista desde entonces. Muy al contrario, pienso que deliberadamente se confunde en el origen del sistema capitalista mundial ese movimiento de la acumulación primitiva, en el que juega un papel de primer orden el mercantilismo, con el asentamiento definitivo del modo de producción capitalista. Más aún, se quiere presentar el capitalismo como una fase necesaria e inevitable para el progreso social y material de la humanidad.

En realidad, durante el medievo europeo habían prosperado las formas usuraria y comercial del capital y el régimen colonial sólo vino a transmitirles una configuración especialmente "provechosa" en forma de sociedades mercantiles. El período que media entre el último tercio del siglo XVI y todo el siglo XVII ocupa tal vez la fase más nítida del predominio de las tesis clásicas del mercantilismo. Pero éste participa en la definición de la economía política de la Europa moderna desde mediados del siglo XV hasta bien entrado el siglo XVIII. Las propias compañías mercantiles disponían de la capacidad de reglamentar y controlar el comercio, desempeñando el verdadero poder político en las colonias

El desarrollo de las formas monopolistas en el comercio alcanzará un punto significativo cuando, mediado el siglo XVII, las sociedades anónimas por acciones se generalicen en gran parte de Europa. Atrás han de quedar —claramente superadas— las sociedades comerciales privadas, la participación individual de comerciantes que juntaban su capital en una asociación efímera para operaciones concretas (caso de las capitulaciones firmadas para la conquista de La Palma, Gran Canaria y Tenerife). Ahora, el capital se constituía en un fondo permanente que llega de diversas fuentes y que puede acudir a varias empresas al mismo tiempo. La sociedad anónima permitía emprender actividades comerciales de mayor escala y duración, limitando a su vez la competencia y favoreciendo la concentración monopolista. Esta concentración del capital mercantil inyectó a la industria europea un estímulo definitivo, que las potencias marítimas europeas hallaron en el inmenso expolio colonial.

Sin duda, la expansión colonial proporcionó a la ascendente burguesía europea de los siglos XVI a XVIII una formidable masa de recursos, que pudo invertir en la organización capitalista de la producción. Este proceso de acumulación primitiva generalizó la mundialización de las relacionas económicas y le imprimió a su evolución el sello que todavía la distingue: la desigualdad. Materias primas y brazos esclavos han surtido desde las colonias las necesidades del mercado europeo y del crecimiento de la gran industria capitalista. Todo el control de las fuerzas y de los medios sociales empleados para producir depende en las colonias del poder colonial, que ha operado mediante dos mecanismos principales:

1. Se apropia de forma violenta de las fuentes de producción y de los excedentes e inmoviliza bajo su propiedad todos los recursos económicos centrales (usando generalmente la coacción militar).

2. Practica un control monopólico del comercio y de la inversión, fundado en la extracción de materias primas y en la sobreexplotación del pueblo trabajador. Las formas de actuar en este sentido son ya clásicas y la historia económica de Canarias o de cualquier colonia americana ofrece abundantes ejemplos. Tres son los mecanismos principales: a) la introducción o fijación de cultivos obligatorios (destinados a la exportación); b) la inversión privilegiada en operaciones que llevan asociadas un monopolio colonial; y e) la obligatoriedad de importar bienes de consumo manufacturados y de capital desde las metrópolis.

Bajo estas condiciones, es fácil entender que el uso de coacciones sociales en las colonias por parte del poder ha cumplido dos funciones muy claras:

1. Producir negocios tan lucrativos como la esclavitud o la emigración, factores que a su vez han contribuido a…

2. Segar casi por completo cualquier proceso de cohesión o integración social de esos pueblos sometidos.

Hoy, los grandes consorcios transnacionales y las oligarquías financieras celebran haber descubierto semejante paraíso de recursos humanos y materiales, destinado a nutrir ¡su progreso! Más modesta, España nos recuerda su decisiva y… generosa contribución a este «encuentro de las culturas». Cobrar un conocimiento cabal del origen y el desenvolvimiento histórico de este proceso, habrá de contribuir a que los pueblos ahora sojuzgados puedan entrar en situación de disponer libremente de su futuro.

No quisiera finalizar mi intervención, sin agredecer la amabilidad que han tenido los organizadores de invitarme a participar en un acto que espero no quede como una indignada y anecdótica repulsa contra esa «celebración neocolonialista del descubrimiento», sino que contribuya a alentar la concienciación y la movilización del pueblo de Canarias contra el imperialismo.

[1] Decreto 2.940/1975, de 25 de noviembre, publicado en el Boletín Oficial del Estado de 26 de noviembre de 1975.

* Intervención del autor en la mesa redonda organizada por el "Movimiento contra la Celebración del V Centenario", que tuvo lugar en el Club Prensa Canaria de Las Palmas de Gran Canaria el 11 de octubre de 1989.