A propósito de las 'Fortunatae Insulae':
el eslabón omitido

Renata Springer Bunk *

Debo haberme perdido algo, me confieso culpable. Tras concluir una visita a la exposición Fortunatae Insulae salgo algo confusa, debo reconocerlo, de ver tan enorme número de objetos sin haber alcanzado a comprender del todo el hilo conductor. Lo único que de momento he sacado en claro es haber tenido la fortuna de admirar todas aquellas piezas, preciadas pruebas de la relación entre los antiguos pobladores canarios y el mundo mediterráneo, fundamentalmente púnico y romano. Piezas valiosas y variadas: una inmensa piedra en forma de trompo gigante que, he aprendido, representa a un carnero, variopinta colección de vasijas -algunas canarias, algunas púnicas-, enormes murales de proyecciones del mar, de costas, muchas otras fotografías de enormes tamaños y costos, piedras también más pequeñas, como la gran estrella y protagonista espectacular, la denominada piedra zanata.

Es por esta pieza por la que me siento profundamente desconcertada. Bien es verdad que ya ha trascurrido una docena de años y tal vez muchos han olvidado que, en otra ocasión, esta misma piedra ya fue prueba irrefutable, estrella y protagonista absoluta; pero en aquel entonces, lo era del indiscutible origen bereber de los canarios. Como todos los que en el pasado pudimos asombrarnos de su enorme valor para el conocimiento de la prehistoria isleña, nos cuesta comprender ahora cómo ha podido tener lugar la extraña metamorfosis que convirtió a la misma piedra con una supuesta inscripción líbico-bereber en prueba de un origen tan distinto, tan fenopúnico.

Los organizadores de la exposición Fortunatae Insulae, y me refiero aquí fundamentalmente al director del Museo de la Ciencia y del Hombre, Rafael González Antón, deben saber a estas alturas que no es lo mismo bereber que púnico. Seguramente algo les sonará que la lengua púnica tampoco es la misma que la bereber, ni siquiera emparentada con aquella, ni que la escritura púnica y líbica contengan los mismos caracteres gráficos. Pero lo que con toda probabilidad no saben los organizadores es que el término tifinagh (antiguo) nada tiene que ver con la escritura líbica -como reza en la exposición-, ni que ésta date del 900 antes de Cristo, como tratan de convencernos en uno de estos tableros gigantes.

Fortunatae Insulae sí, pero habrá que concretar para quiénes. A ciencia cierta para aquellos que han dotado a una piedra con poderes mágicos para hacerse con más de 120 millones de las antiguas pesetas del erario público y despilfarrarlas sin la mínima contemplación de otras necesidades en las Islas, sin ir más lejos, las de una investigación que siembre semillas para acertar algo más en aquellas fechas y datos que nos dejan tan perplejos a todos.

* Doctora en Filología por la Universidad de La Laguna y especialista en la lengua líbico-bereber