Un espacio para la paradoja

Juan Jesús Ayala

La paradoja imbuida de los ropajes que cu­bren las esencias de la contradicción intenta como si estuviera en sus mejores momen­tos abrirse un hueco, ampliar su espacio para que su presencia que es determinante no se diluya y caiga en el olvido.

 

Hemos visto imágenes de ver­dugos, o la historia nos lo ha rela­tado, sufriendo de manera agóni­ca cuando van a ejecutar al reo, así como también hemos contem­plado sentenciados a muerte que en la inminencia de la misma desarrollan una quietud y hasta una complacencia imprevista que no solo hiere al que ha dictado la sentencia de la ejecución, sino al que la va a poner en práctica so­metido al sufrimiento de retorti­jones espasmódicos de tripas y de nauseas contenidas.

 

Políticos poderosos de nacio­nes poderosas hemos visto llorar sus lágrimas de impotencia, por­que a pesar de todas esas prerro­gativas que el poder pone en su manos se sienten como seres mí­seros que tienen tras los bastido­res de una vida aparentemente intensa y esplendente la vergüen­za íntima al ver como por sus me­jillas resbalan sus lágrimas de co­codrilo, porque son incapaces de percibir, sensaciones comunes a todos los mortales y que a ellos se les ha secuestrado. Y desde la ci­ma de lo más alto que han podido subir se ven como personajillos débiles e imbéciles lo que se afa­nan en disimular para no ser el hazmerreír de la gente. Se consi­deran los más depauperados y ausentes en todos esos valores que por contradicción y obliga­ción pregonan un día y otro.

 

Cansados estamos de oír dis­cursos y proclamas de los victo­riosos que no se arrugan ni por un momento cuando salen a lar­gar opiniones o a sentenciar ar­gumentos y que intentan enfatizarlos como si hubiesen sido los progenitores del argumento. Y, además, se afanan y si llega el momento de una emoción conte­nida lo hacen de maravilla, por­que el teatro donde actúan es de cartón piedra y jamás aunque el apuntador así se lo haya susurra­do al oído son incapaces de enla­zar una frase con otra y de pro­gresar en la dialéctica por si. Son simuladores de grandes discur­sos que no han fabricado y como lo saben, en su soledad lo sufren, a la vez que desde ahí generan la frustrante sensación de su insig­nificancia que disimulan con asi­duidad para poder seguir vivien­do instalados en el engaño y en la mentira.

 

Y protectores del mundo, de las miles y miles de vidas que ba­jo esa protección que dicen de­sempeñar es la que ocasiona mi­les y miles de muertes inocentes y que cuando aparecen en el podium mediático se les rinde homenaje como laureados de no se sabe que y en la multitud cuando pregonan su dolor y sufrimiento nada tiene que ver con sus silen­cios donde no se le quita el sar­casmo de encima y diciéndose en un espejo moteado por los detri­tus de las moscas que le importa un pito lo que sucede. Sabe que es un embaucador y si se queda quieto unos instantes más el es­pejo refleja la mala bestia que duerme en su conciencia la que no cesa de pensar en la muerte a pesar que no se cansa una y otra vez de entonar un canto a la vida. Y no digamos nada de los que pronostican, de los que barrun­tan, de los adivinadores, de los elucubradores, de los que dicen derrochan lealtades, los que ana­lizan las malignidades de los de­más, los que sacan del fondo de sus entretelas sentimientos olvi­dados, los que saboteando sus
mensajes se duermen en los lau­reles de una victoria pírrica, los que desahucian, de los subasteros de voluntades... En fin de to­dos aquellos que dicen ser los mejores y cuando se contemplan hacia dentro se-encuentran bajo la sospecha de si mismos.

 

El espacio para la paradoja se abre y se busca cada día que pasa mas que nada por la falta de ele­gancia personal, por la ausencia de sinceridad con los demás y por la carencia ya preocupante de personajes consecuentes y si por la presencia descarada de perso­najillos del tres al cuarto instala­dos en la contradicción perma­nente, que son los que dominan y a los que se les ríe sus gracias -que poca gracia tienen- y a los que se les rinden pleitesía y se van tras de ellos empujados por el aire -por el mal aire- de un adulamiento perverso y consolidado.