LARAZONDIGITAL, 30-09-2005
Esquivar la censura en El Aaiún
La enviada especial de LA RAZÓN se entrevista con disidentes sorteando la vigilancia marroquí
Macarena Gutiérrez Enviada especial
El Aaiún- Un grupo de periodistas españoles ha podido visitar esta semana El Aaiún. La capital del Sahara Occidental ha estado vetada durante ocho meses para las delegaciones de políticos españoles que han tratado de visitarla y no han sido autorizados a bajar del avión. El Gobierno de Marruecos argumenta que los parlamentarios «no son imparciales» y apoyan las reivindicaciones del Frente Polisario sobre la ex colonia española.
Las fotos de presos saharauis hacinados en la Cárcel Negra, y calificadas de «montaje» por Rabat, han centrado la atención sobre una ciudad en la que la libertad de prensa no existe. Los periodistas pudieron comprobar la enorme dificultad de grabar imágenes de las calles de El Aaiún, escenario desde el mes de mayo de revueltas que los saharauis llaman «Intifada» y que para Marruecos no son más que «manifestaciones ilegales».
Bloqueo informativo.
Este periódico se reunió de noche en casa de un activista saharaui para conocer de cerca sus reivindicaciones. Casi de madrugada, llegamos a un céntrico edificio en el que nos aguardan siete personas ávidas por hablar con informadores españoles. Es su primera oportunidad desde lo que ellos llaman el «bloqueo informativo» impuesto por Marruecos.
Durante los contactos telefónicos previos a la cita ponen énfasis en que nos esperan «sea la hora que sea, estaremos despiertos». A simple vista la calle está tranquila, aunque Brahim, el portavoz del grupo, asegura que nos han seguido un par de coches de los servicios de seguridad y que un tercero pasa y repasa por delante del portal. Si es así, en ningún momento interrumpen el encuentro. Brahim habla mientras otra persona se mantiene pegada a la puerta atenta a los ruidos que llegan de la escalera.
Este joven saharaui preside una asociación de derechos humanos prohibida por Marruecos. Denuncia que sus pasaportes han sido confiscados y que no tienen ninguna libertad de movimiento. «Hace sólo unos días vi cómo torturaban a tres mujeres desde esta misma azotea. Les pegaron patadas y puñetazos y no pude hacer nada por ellas», asegura moviendo enérgicamente las manos. Los cerca de un centenar de activistas saharauis que viven en El Aaiún están fuertemente vigilados. Más aún desde que en mayo la Policía marroquí reprimiera con dureza las protestas que acabaron con decenas de detenidos. Un grupo de 37 presos mantiene desde el ocho de agosto una huelga de hambre en tres prisiones del Reino alauí. Dicen que ya no tienen miedo de las consecuencias si hablan, a pesar de que se muestran nerviosos y echan rápidos vistazos a la puerta.
Las autoridades marroquíes declaran que la los disturbios son agua pasada, pero fuentes ajenas al Polisario consultadas por este periódico aseguran que «casi a diario se producen incidentes en el centro de la ciudad. Jóvenes saharauis bajan la bandera marroquí y elevan la suya antes de salir corriendo». Esta misma fuente, que pide mantener el anonimato, asegura que «en mayo pasaron cosas terribles aquí, la represión fue brutal».
Hace tan sólo unos días, el ministro de Justicia aseguraba ante informadores españoles que Rabat no hace diferencias entre los saharauis y los descendientes de colonos marroquíes que viven en El Aaiún porque para ellos esta distinción no existe. Sin embargo, la charla con los activistas saharauis se produce en unas condiciones bien diferentes de las mantenidas con autoridades de El Aaiún. De noche, en una pequeña habitación con poca luz en la que se abarrota una decena de personas y en un clima tenso que presagia problemas si trasciende el encuentro.
«Ya no tenemos miedo. Tengo derecho a hablar»
«Ya no tengo miedo. Tengo derecho a hablar con quien quiero». Mohamed Fadel no aparenta 47 años. Su rostro y su mirada tienen la huella de los cinco años pasados en la prisión marroquí de Casablanca cuando militaba en el Frente Polisario. Ahora se declara «activista de los derechos humanos» y denuncia que los policías de El Aaiún «me siguen por las calles y no paran de intimidarme». Cuenta que fue despedido de su empleo como director de un banco «por razones políticas». El pasado 20 de julio, tras las manifestaciones saharauis en la ex colonia española, volvió a la prisión de la que salió en 1982. «Fui a ver a un amigo a Casablanca y mientras estaba en su casa entraron para detenerle y me llevaron a mí también». ¿Y no teme que le manden de nuevo a la cárcel? «Ya no tenemos miedo. Tengo derecho a ejercer mi libertad de expresión y a reunirme con quien quiero». Aunque no lo tienen fácil. «Dos días antes de que llegaráis impidieron a una delegación belga hablar con nosotros. Les adelantaron un día la salida porque sabían que querían vernos». Según Mohamed, los agentes visten estos días de paisano para ahorrarnos la impresión de que El Aaiún vive un estado policial.
Ayer trascendió que los 37 presos saharauis que se mantenían en huelga de hambre desde el 9 de agosto en diversas cárceles decidieron abandonar su protesta, según informó el activista de Derechos Humanos Ali Salem Tamek. En un comunicado, el también portavoz de los presos anunció la suspensión «provisional» de la huelga de hambre, debido sobre todo a las «graves consecuencias» que ésta podría tener en su salud.