Las estrellas de la discordia
Jaime Bethencourt
Mientras la suma de problemas y conflictos sociales define la cota ascendente de inutilidad del Gobierno insular, lo superfluo vuelve a centrar la atención de la mediocre clase política insular, ahora dividida entre las opciones de perros o estrellas que superponer al azul de nuestra tricolor bandera.
Es sabido que el hábito no hace al monje, ni las estrellas al independentista. Cuando Coalición Canaria asume la bandera blanca, azul y amarilla con siete estrellas, nadie en su sano juicio cree que la españolista y timorata organización política de don Paulino Rivero, que pronto, haya definido su rumbo ideológico hasta extremos de pretender exigir a Zapatero la independencia del Archipiélago. Coalición, en todo caso, ha asumido la evidencia de que, mayoritariamente, la población canaria ha hecho suya la enseña estrellada, ignorando aquella otra que le vino impuesta por el actual y alicorto Estatuto de Autonomía.
Ni estéticamente la pretendida bandera canaria conocida como "oficial", ha sido objeto de simpatía alguna, pero ahora sus defensores, en un exacerbado españolismo, se superan cada día en su retahíla de majaderías y arremetidas contra las pacíficas estrellas verdes.
Tanto que, de atender a sus propias apreciaciones de que quienes enarbolan tal enseña dan fe del ideario independentista, por tan numerosos, a España y al mismo PP les restaría de presencia en el Archipiélago lo que un bostezo mañanero.
Los del Partido Popular vuelven a ventear sus viejos fantasmas con los que dar pretexto a su pervivencia política. Los inverosímiles enemigos de la unidad patria y la abstracción terrorista con la que el PP abre ahora sucursal en Canarias, son el enfermizo santo y seña de su ramplona cruzada de "¡Santiago y cierra España!". Y así les va, estén en la oposición o con responsabilidades de gobierno.
Aparte de las connotaciones que cada cual quiera dar a la enseña estrellada, el PP, e incluso el PSOE, pueden optar por continuar abrazando la servil bandera perruna, relegada a los despachos y edificios oficiales, o, al igual que Coalición Canaria, avenirse si quieren al único símbolo de la canariedad hasta hoy asumido mayoritariamente por la población del Archipiélago. La opción final que escojan en poco o nada va a alterar la voluntad ya expresada por el común.