La estupidez

Juan Jesús Ayala

 

(El inteligente cede, el necio sigue adelan­te)

 

¿El necio nace o se hace? Hay patologías irreversibles implan­tadas en el código genético que cada cual trae al nacer y mucho antes de nacer y que, de momen­to, poco se puede hacer por re­solverlas y sí solo aquellas que se tiene el material necesario pa­ra el diagnóstico y poder así re­vertir la situación anormal en normal, de ser una persona descabalgada de toda lógica y razo­namiento a ser normal. Pero lo que nos dice la sociología, las vi­vencias de cada cual y, sobre to­do, la observación es que la estu­pidez humana y en su grado más alto cual es la necedad esta se hace, se fabrica en el tiempo.

 

Se nace sin ningún tipo de es­tigma patológico pero andando el tiempo aquella persona que era ponderable, consecuente que razonaba y que usaba el conoci­miento para sentirse más perso­na y mejor individuo, se desnaturaliza, se desfigura y nos apa­rece distante, desconocida, con un lenguaje mediatizado por las jergas, ininteligible y que se cree está por encima del bien y del mal, más allá de cada uno y con un sentimiento de superioridad apabullante; y ahí, en ese preci­so momento ha llegado al reino de la necedad.

 

En ese arcano lleno de confu­sión una vez que se logra entrar se hace muy difícil salir; y es que el necio no pide ayuda a nadie, se crea un mundo donde él se ve como protagonista y donde se recrea en sí mismo adorándose como un narciso cualquiera. No hay manera, una vez allí, que le llegue un rayo de luz intelectual capaz de estallarle al oído y le di­ga que no sea estúpido, que el mundo gira mas allá de su alre­dedor, que él forma parte de ese mundo, que no es el centro y que despierte, sea humano, tremen­damente humano y que no sea estúpido. La estupidez humana donde carga y donde deja sentir su más escalofriante paradoja es en aquellos que siendo unos do­tados intelectualmente no saben descifrar las comparaciones, no se sitúan en el lugar que les co­rresponde y desde ese relum­brón pretenden estar mas alejado que los otros y sentirse como intocables, como si su palabra fuera dogma, como si sus silen­cios fueran filosofías ocultas. Ahí la estupidez sí que asume su más alta categoría, porque se puede ser necio porque la natu­raleza y la biología así lo han de­terminado, pero cuando se tienen ciertos atributos intelectuales y se desemboca en la estupi­dez eso sí es para echarse a llo­rar. Y pasa con personajes de sainete que se creen que son el cogollo del mundo, con persona­jes de opereta que se creen los Ótelo o los Amadeus cuando lo que son uno mas dentro de la magna insignificancia del mun­do, de la vida por la que ellos transitan y que asumen dentro de si que esta ha sido diseñada pura y exclusivamente para ellos.

 

La estupidez humana no tiene ningún encanto posible dado que la carencia de inteligencia y, sobre todo, de sensibilidad así lo determina, sin embargo sucede, y en la política, en ese mundo pleno de co-implicaciones se da mucho donde la imagen y el aplauso bobalicón fortalecen vo­luntades raquíticas; es así y no hay que darle muchas vueltas, los estúpidos son con harto fre­cuencia los elegidos por la curia que arrastran tras de sí.

 

Llegado ese momento es el de máximo esplendor para la estu­pidez; en ese momento el mundo de la racionalidad, el espacio pa­ra la mejor aventura intelectual se troncha. Y a partir de ahí las decisiones llevarán el marchamo de lo fallido y aunque los aseso­res digan, aunque los asesores maquinen, será al final el necio el que dirá la última palabra que es la que da definición a la in­consistencia y la hecatombe in­dividual y social.

 

La estupidez es la enemiga de la inteligencia y si se apuesta por ella con neuronas que patinan en un mundo carente de razón y de argumentación contundente se­rá la estulticia la que monte guardia permanente a las puer­tas del gran fracaso.

 

El inteligente cede, el necio se empecina, continúa hacia ade­lante y no cede jamás, está, cree, en posesión de la verdad sin per­catarse que es el mundo de su sinrazón por donde transita.