ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD

Y CONSENSO

 

Fidel Campo Sánchez

 

Andan entre nosotros una caterva de encantadores que mudan y truecan todo a su gusto.

(Cervantes)

 

Somos conscientes de que nuestros buenos deseos de ética de consenso se convierten en argumentos huecos en esta mamandurria. No obstante, la esperanza, lo último que se pierde, nos induce a reflexionar, pues, en una sociedad pluralista, con divergencias fundamentales se requiere y esfuerzo común de reflexión por el diálogo al consenso y a la convivencia pacífica.

 

Es evidente que siempre es mejor el diálogo que el monólogo. La sabiduría popular es conocedora de que hablando y escuchando bien se entiende la gente y que cuatro ojos ven más que dos. Si muchas cabezas topan y una piensa ¿sería una exageración poética que esconde una advertencia?: la conducta ética podría establecerse por mayoría siempre y cuando esa mayoría sustituyera el topar por la mirada respetuosa sobre la realidad y la ética de la responsabilidad, harto difícil habida cuenta que los políticos canarios y, todos en general, son campeones de la irresponsabilidad, la inmoralidad y la corrupción.

 

La ética del diálogo se debe llevar a término procedimentalmente  porque pensamos que lo justo sólo puede ser decidido cuando se adopta el consenso como procedimiento, considerando que las normas afectan a todos, que deben emanar de consenso mayoritario. Sin creernos que es una solución perfecta –porque la perfección no existe– el consenso es, sin duda, la mejor de las formulas de llevar la ética a la sociedad. El consenso sólo es legítimo cuando todos aceptan normas básicas de conducta moral y se aplica la ética de la responsabilidad entendida como el reconocimiento riguroso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

 

Aceptar normas de conducta moral significa, entre otras cuestiones, que el debate no es el único y el último fundamento, ya que un fundamento discutible dejaría de ser fundamento. Por eso hemos aprendido de Aristóteles que quien discute si se puede matar a la propia madre no merece argumentos sino azotes. Encontramos que es evidente que la ética sólo se puede fundamentar solidamente sobre principios no discutibles y valores firmes.

La interpretación de los valores como fundamento previo del debate y de la conducta moral, lamentablemente, se encuentra hoy bajo sospecha.

 

La objeción más frecuente, de corte relativista y apelar a una supuesta evidencia axiológica –la que estudia los valores humanos, desde el siglo 300 antes de nuestra era– hace imposible un debate racional pues la evidencia moral es subjetiva

Aceptar principios incondicionales por encima de cualquier procedimiento no es consecuencia de una postura acrítica y subjetiva. Es consecuencia de una reflexión imparcial sobre instituciones morales elementales. La aceptación de normas básicas de conducta implica rechazar argumentaciones puramente estéticas interesadas o ideológicas.

 

Nosotros creemos que se deben conjurar las malas artes de los encantadores que diría Cervantes, pidiendo a los dialogantes que piensen seriamente sobre la problemática y no vayan racionalmente a lo suyo. Pero llegar a una situación ideal requerirá una educación ideal y un comportamiento ideal por parte de la mayoría, es decir algo muy en sintonía con las ideas y la decencia política que tanto escasea en estos peñascos.

 

El error, patrimonio de la humanidad, afecta por igual a minorías y a mayorías. El consenso no garantiza la ética porque no crea la realidad. Lo importante no es el consenso, ¡aunque si que lo es!, sino que el consenso respete la realidad.

 

En definitiva, promover la ética social y de la responsabilidad por el consenso es el más humano y democrático de los procedimientos.

Evitemos con el consenso tener que darle la razón a Shakespeare, cuando dice que hacer el mal esta a menudo bien visto y obrar bien puede ser locura peligrosa. El relativismo tiene siempre sus razones, pero sobre todo le sobran intereses.

 

La invocación universal a los derechos humanos, seguida de cerca por su universal incumplimiento, es una prueba irrefutable de que el hombre, sabe perfectamente lo que debe hacer y que tiene libertad suficiente para no hacerlo.