Crónicas del viaje de un europeo del siglo XIX
a Canarias

Francisco P. De Luka.

 Al que suscribe siempre le atrajeron las crónicas de viajes. Y mucho más si se refieren a Canarias en el marco de épocas ya pasadas, en el que la nostalgia se instala junto a la belleza de los isleños paisajes de antaño. En estos tiempos difíciles para nuestra Nación, en los que los guirres del cemento y la especulación se ceban sobre territorios otrora sagrados y exultantes de armonía natural, el contenido de este artículo es el más claro testimonio. Constituye una poderosa prueba de la justicia y la razón que nos asiste a una gran mayoría a la decisiva hora de defender la tierra. Y por otro lado, cobra especial dimensión cuando procede de la directa observación "in situ", por parte de un extranjero de finales del siglo XIX. Por contra, son esos zafios e insensibles personajes, desgraciadamente nacidos en este pequeño país, los que matan las moscas de las "necesidades del progreso" a cañonazos. No es necesario matar una mosca a cañonazos. Basta un simple movimiento de la mano. Sólo los bastardos y egoístas intereses económicos locales, amparados en la política colonial del Estado español, justifican tan infame proceder con la madre tierra, en el fondo despreciada por esos genios malignos que habitan en las montañas del Poder.

El viaje de un erudito científico alemán, sencillo y observador, curioso y amante de las plantas y de los distintos pueblos del mundo, y dotado del necesario -y típico- asombro ante la belleza de las Islas, me hizo reflexionar profundamente cuando me sumergí en la lectura de sus crónicas. El Dr. Hermann Christ viajó al Archipiélago en marzo de 1884 desde la lejana Marsella, haciendo escala previamente en Marruecos y satisfaciendo así su viejo sueño de conocer las llamadas Islas Afortunadas. Fuertemente influido por la literatura sobre Canarias existente en aquella época, el Dr. Christ muestra un previo y amplio conocimiento de la realidad isleña, tanto en el aspecto físico-geográfico como social, histórico o cultural. Enamorado especialmente de la Botánica, enumera un sinfín de plantas endémicas sobre las que se detiene en una cuidada y sistemática descripción de sus características. El profundo respeto por el pueblo canario impregna toda su obra, e incluso va más allá cuando critica agriamente el maltrato dispensado a los primeros isleños por parte de los conquistadores españoles.

Su libro "Un viaje a Canarias en primavera", publicado en editio printis en 1886 en lengua alemana, hace un pormenorizado relato del viaje realizado a las islas de Tenerife, La Palma y Gran Canaria, por este orden; incluye asimismo citas y comparaciones con las islas de Lanzarote y Fuerteventura y el resto del territorio insular, lo que subraya el grado de conocimientos que tenía sobre el Archipiélago.

En el aspecto económico, por ejemplo, critica el aferramiento que los agricultores canarios de la época tenían por el cultivo de la cochinilla obtenida de las tuneras que se extendían por doquier por los campos isleños, cultivo aquel ya en franca decadencia por la aparición de los colorantes artificiales. Propone como alternativa retomar el cultivo de la vid y basar en los excelentes caldos de exportación el aumento del nivel de vida de la población.

Señalamos a continuación una serie de pasajes textuales de su interesante obra, que consideramos altamente útiles y esclarecedores con vistas a analizar los aspectos negativos actuales, como precio a pagar por la necesaria evolución social y económica de Canarias, que se acelera en la hiperdesarrollista etapa de principios de los noventa del pasado siglo y que nos conduce a la aterradora situación socioecológica y pseudoprogresista de nuestros dias.

Crónicas del viaje.

Así, señala al principio de su obra:

"El Archipiélago canario es un punto que se pierde en el océano. Su historia es reciente y sonrojante para la Europa cristiana (...). Aún así, toda la Humanidad culta siente cariño e interés por estas islas (...). Lo que no poseen en grandeza y poder, lo compensan ampliamente con la nobleza natural de sus hombres y mujeres. Si la costa de Africa estuviera situada sólo 390 metros más alta, la vista del viajero la divisaría al subir a la cúspide del Pico del Teide".

En relación a la difícil situación económica de las Islas durante la segunda mitad del siglo XIX, señala:

"Desde hace tiempo, las Islas Afortunadas no intervienen tanto como antes en el comercio mundial. Durante los siglos XV y XVI, la materia humana canaria, los infelices y traicionados aborígenes de las islas, llenaron los mercados de esclavos de Cádiz y Sevilla; en tiempos de Shakespeare, e incluso más tarde, el vino canario prestigiaba a los banquetes de la alegre Inglaterra; el azúcar canario era el mejor que Europa probó durante mucho tiempo...; si todos éstos, así como la cochinilla de las islas, eran artículos de consumo muy apreciados, desde los años cincuenta de nuestro siglo, actualmente estas fuentes de ingreso son casi inexistentes: una tras otra, han ido desapareciendo; el mildíu y la invasión del nopal han acabado con el vino de las Canarias; la caña de azúcar de las Antillas y, más tarde, la remolacha azucarera alemana sustituyeron al azúcar canario; y, finalmente, la química y su anilina hicieron lo propio con la púrpura natural del líquen y la cochinilla, y apenas se obtiene hoy sosa de la orchilla de las playas de Lanzarote. Cebollas y papas son hoy los artículos de exportación de las Islas Afortunadas, productos que se embarcan en viajes de hasta quince y veinte días en pequeños barcos de vela hacia Puerto Rico y Cuba: es decir, los productos más comunes y baratos de nuestro pálido norte criados en el suelo más privilegiado que podemos encontrar en la Tierra. Así lo quiere el Destino.

El viaje hasta llegar a Tenerife partiendo desde Marsella duró 17 días, haciendo escala en Gibraltar, Tánger, Casablanca y Essaouira. No nos resistimos a transcribir la descripción que hace Mr. Christ, en su paso hacia Tánger, de la guarnición militar española de Ceuta o Sebta, enclavada en la costa mediterránea occidental de Marruecos y hoy día eufemísticamente denominada "ciudad autónoma":

"En la punta del cabo, existe un faro; en la playa se agrupan los cuarteles; la fortaleza se alza sobre una roca y presenta por el lado oeste una magnífica vista; bastiones con terrazas sobresalientes, huecos y pórticos triples que son entradas secretas, dos de las cuales llevan a ángulos ciegos, mientras que el enemigo no debe conocer el tercero, el verdadero; finalmente, hay un foso profundo y un puente levadizo. Todo está rodeado de cabañas y, en lo alto, encima del bastión más elevado, la bandera española. Es la fortaleza romántica española en tierra de infieles, tal como la fantasía la imagina. Iglesias y conventos se destacan sobre la población y sobre los patios se mecen las copas de las palmeras. El único edificio moderno es el imponente penal, encima de la colina, ya que Ceuta es un presidio, uno de los destinos regulares de la costa de Marruecos que España utiliza como lugar de deportación para delincuentes peligrosos.

Doce mil almas, principalmente soldados españoles, viven en este pequeño recinto a cuyo alrededor se elevan las torres de vigilancia. Los indómitos rifeños vagabundeaban por las cercanías y, para pasar el rato, tiraban con sus rifles al otro lado de la frontera.

También aquí un cañonazo señala por la tarde el final de la actividad portuaria".

La llegada a Tenerife se produce el 10 de Marzo y así la describe el viajero alemán:

"Ya a las seis de la mañana, el capitán me llamó al puente; ante nosotros, en la ladera de una estrecha y escarpada cordillera, brillaba el ojo del faro de la Punta de Anaga; la ancha plataforma de Tenerife estaba oculta por tupidas nubes que cubrían totalmente las regiones superiores; una cubierta igual se posa sobre la lejana Gran Canaria, que se divisa al sur, como una masa oscura. El sol salía de entre nubes negras, haciéndolas cambiar a rojo claro. Frente a nosotros, entre las nieblas matutinas, se reconocía claramente la ciudad de Santa Cruz. Pasamos a lo largo del macizo de Anaga, la parte estrecha del noreste de Tenerife, y contemplamos sus estribaciones y acantilados, que se elevan en infinitas crestas dentadas. Todo allí, los colores, una inusitada variedad de verdes en miles de arbustos y manchas, la erosión sin igual de las montañas, todo muestra un clima nuevo, un tipo de montaña nuevo, un nuevo y extraño mundo vegetal"

"Cerca de Santa Cruz, la dentada cordillera de Anaga cae bruscamente. Detrás de la pequeña ciudad, con cierto aire de las Indias Occidentales, se eleva una cresta ancha que une el macizo de Anaga con el volumen principal de la isla".

La descripción del Puerto de Santa Cruz es bastante significativa y ya revela la importancia geoestratégica de aquel a nivel mundial:

"La rada estaba ante nosotros; a nuestro alrededor anclaron varios veleros y barcos de vapor. Tenerife es, como dijo Humboldt, el caravasar del océano, el punto donde recalan los barcos para avituallarse. La mayoría de las compañías navieras que siguen la ruta de Europa a América del Sur y África Occidental, tienen escala aquí. Solamente los barcos de las grandes líneas australianas y del Pacífico pasan por la Punta de Anaga hacia el sur sin entrar en la bahía. En cuanto Sanidad nos dio su autorización, aparecieron las barcas y, en diez minutos, unos hábiles remeros canarios me llevaron hacia la húmeda escalera del muelle, siempre cubierta de algas negruzcas y resbaladizas, y pisé suelo canario.

Aquí, como en todos los puertos de mar, uno es recibido por un gentío desocupado o, por lo menos, temporalmente ocioso, sin oficio ni beneficio, que intenta sacar el máximo provecho del extranjero, sirviéndole de guía, porteador o gestor. Y si uno tiene aspecto de inglés, peor. Los isleños no ven en el inglés a la persona, sino sólo a un extraño ser de apariencia humana y, en conjunto, explotable.

También hay que decir que hoy ya no existen en el puerto de Santa Cruz, la degeneración y el descuido que se observaba en tiempos de Humboldt, e incluso de Mac Gregor (1831). Cualquier ciudad portuaria de Europa resulta más ofensiva que ésta a la vista, con su miseria y perversión"

El sentido de hospitalidad del tinerfeño y la detallada descripción del puerto y sus alrededores, que constituía en aquel tiempo un verdadero lugar de reunión social y comercial, aparte de pulmón económico de la ciudad, están reflejados en el pasaje que sigue:

"Gracias a todas las amables ayudas y a los buenos consejos de los habitantes del puerto, encontré el camino hasta el hotel inglés de Camacho (...). El señor Camacho era, por lo demás, un portugués elegante y mañoso, natural de Madeira; su mujer era irlandesa. Cobraba dos duros al día, lo que resulta caro para Tenerife, pero no para los europeos, ya que las comidas eran abundantes y, además, había un camarero alemán. Quien prefiriera una de las mejores habitaciones, con balcón, tendría que pagar tres duros. Había, además, una cercana fonda española con fama de ser más agradable.

"El lugar (el puerto y su entorno) que ya en 1860 contaba con 14.000 habitantes, y hoy seguramente tendrá más, era muy limpio; las calles ascendían hacia la montaña. Numerosas tiendas servían al vivo tráfico de marineros. En aquellas tiendas, que se parecían muchísimo entre sí, y que se repiten en todos los puertos del mundo, todo es desorden y colorido; desde anclas y cubas de madera hasta termómetros y gemelos; desde velas hasta encajes y abanicos; desde hachas hasta cortaplumas y lápices; desde jamón hasta condensed milk (leche condensada) y dulces en conserva de La Habana, todo se puede comprar y, normalmente, de una calidad aceptable. El dueño suele ser, a la vez, banquero, consignatario de buques, agente de seguros, mayorista en cereales y géneros ultramarinos...(..). El lugar era serio, la gente de confianza y responsable, y al extranjero que llegaba con una recomendación se le ayudaba de hecho y no sólo con palabras, como se dice que hacen los españoles criollos. El negocio estaba, en parte, en manos de familias inglesas que se han establecido allí desde hace generaciones y se han mezclado con familias canarias tales como los Hamilton en Santa Cruz, los Smith y Miller en Las Palmas, y los Reed en La Orotava".

En relación a los aspectos negativos que encontró en la población, Hermann Christ no se anduvo con rodeos. Los señala directamente. Describe un cuadro real de la situación socioeconómica típica de la colonia de ultramar, dejada como siempre de la mano de la metrópoli en una época, el siglo XIX, en la que no existía (como en la actualidad) el recurso turístico masivo y por tanto nada que rascar por parte del gobierno español de aquel entonces. No abundaban pues las migajas de la gran tarta a repartir entre el pueblo, ni existían las "propinas" de Europa:

"La población del puerto de Santa Cruz daba una sensación tropical, criolla, no precisamente floreciente. De tez ligeramente cobriza y anémica, la gente de la calle tenía un aspecto miserable. Sólo entre las clases burguesas se ven muchas facciones atractivas y nobles, de ojos brillantes; y los que les destaca, de alguna manera, de la población portuaria, es su finura, amabilidad y tacto (...). Lo triste es que el pedir limosna, sobre todo en los niños, es frecuente y resulta desagradable y, lo que es peor, se ha extendido por toda la isla.

"Hasta en los pueblos de las altas montañas próximas al Pico, los niños de la capa más pobre de la población piden al inglés "un cuartito". Inglés y cuartito son conceptos que allí significan lo mismo (..) , por lo demás es impecable la honradez del pueblo canario.

Sin embargo, la Botánica fue, sin lugar a dudas, la principal justificación del viaje del erudito alemán a Canarias. Con verdadera pasión y un bello estilo literario dibuja en las páginas de su libro los paisajes de Tenerife, ilustradas aquellas con varias imágenes hechas a lápiz y en las cuales conjuga la sensibilidad artística y la observación científica y objetiva. En relación a su visita al Macizo de Anaga, escribe:

"Salí con prisa e impaciencia a conocer, por fin, directamente la vegetación canaria, por la que sentía gran atracción desde hacía años. Mi delgado guía, de aspecto enfermizo, apenas podía seguirme. Incómodo por el calor sofocante, que es un elemento constante de Santa Cruz durante todo el año, me dirigí hacia los primeros pliegues de la cordillera de Anaga, cuyos barrancos y rocas tienen el grandioso aspecto de calles. Donde terminaban las casas, hacia la playa, entre murallas de fortificaciones, lo primero que atrajo mi vista fue el elevado número malas hierbas tropicales y subtropicales, la mayoría de ellas rastreras (..); al mismo tiempo surgió delante de mí una fila de camellos cargados de piedras. No hacía falta más para ver con qué acierto L. von Buch denominó "la africana" a esta zona costera de la isla. El suelo es de oscura carbonilla, producto de traquita triturada (..) ; plataneras con hojas hechas trizas como consecuencia de los fuertes y largos aguaceros, pero con exuberantes racimos de frutos curvados hacia arriba. Allí vi también la orgullosa palmera canaria, el más bello adorno de las islas".

Al ir adentrándose por la ladera del barranco y contemplar las terrazas cultivadas, señala:

"Los campos estaban divididos en arriates, como un jardín, labrados en terrazas, que escalaban hasta lo alto de las laderas, donde se cultivaban cebollas, papas, tomates y millo. Pisamos finalmente la parte baja del primer barranco del macizo de Anaga: el Valleseco. Es un panorama sorprendente. Entre el callao jaspeado rojo, violeta y verde, de varios tamaños, de lava traquítica y basáltica, se elevan campos de cactus actualmente descuidados, residuos del cultivo de la cochinilla que estuvo en auge hasta el descubrimiento de la anilina (...). En aquel momento, y como rara excepción, el barranco llevaba un poquito de agua. Desperdigadas, crecen plantas de tabaco argentino de la altura de un hombre, con largas flores de color verde-amarillo, plantas perfectamente aclimatadas en Tenerife.

"Subimos por la empinada ladera oriental. Allí estaba la especie árborea de la hermosa margarita, como nosotros no logramos cultivarla en nuestros viveros, ni en la Riviera; también encontramos el grácil "Balo" (Plocama), alto como un hombre, ondeando al viento con infinitas ramas de color verde claro de las que colgaban blancas campanillas o bayas como de cera. Cuando llegamos a la zona de los arbustos más altos, en la parte superior de la pendiente, encontramos el milagro de la flora canaria, el "cardón" o "Euphorbia canariensis"(...). De cualquier rasguño, incluso por una flexión algo forzada brota la leche venenosa, muy agria, que llena todo el tejido de la planta. Mezclado con el cardón crece un grácil arbusto de ramificaciones regulares, con una corona plana, lleno de hojas lanceoladas de un claro gris-verdoso: la "tabaiba"(...)Puede llegar a tener el grosor de un muslo y una altura de 20 pies y también produce una leche venenosa".

"En aquel barranco recogí más tarde la gran escolopendra africana y una tarántula de gruesas patas. Dicen que allí también hay escorpiones. Existen, pues, tres excepciones a la frase que dice que en las Islas Afortunadas no hay ningún animal dañino".

Pero, desde nuestro punto de vista, es de la observación directa de la población isleña y de sus costumbres de donde se pueden extraer los aspectos más interesantes de la obra de H. Christ, en los cuales se constata claramente un escaso aprecio e interés por los conquistadores españoles. Así, al recalar en la isla de La Palma la descripción contiene, además de la llegada a la isla, diversos datos etnográficos y antropológicos de los que entresacamos los siguientes:

"La salida del sol del once de marzo fue un momento inolvidable. Oscuras masas de nubes lo dominaban todo y, debajo de ellas, a la izquierda se perfilaba El Hierro, ancho y lejano; luego, apareció una mancha roja como sangre que, poco a poco, cambiaba a un etéreo púrpura claro y azul-verdoso: la fabulosa isla de La Palma estaba ante nosotros, enmarcada por nubes; y, atractiva y bella, apareció Santa Cruz de La Palma, una ciudad luminosa que se eleva justo en la parte en donde varios profundos barrancos se unen entrando en el mar. Por encima, a gran altura, se veían las crestas de la cumbre. Todo cubierto de una oscura vegetación, casi tropical, las montañas se engalanan con bosques de pino canario. Desde aquellas crestas descienden innumerables barrancos como estrechos y afilados pliegues de un vestido.

"De repente, el sol inundó aquella maravillosa visión; la ciudad brillaba de puro blanco(..). Bruscamente, la isla se ocultó a nuestra vista en una gran curva, mientras su fachada más larga se extendía hacia el sur. Allí había centenares de casas dispersas en el oscuro verde, como perlas blancas en la más absoluta libertad. Las cimas de las palmeras, redondas y oscuras, destacaban sobre los cultivos más claros".

"Nuestro barco recaló en un corto muelle que, aunque sin terminar, ya estaba roto. Era un lugar siniestro. En momentos de marea alta, uno se sentía impulsado hacia arriba y había que estar atentos para poder saltar a tierra. Las casas habitadas por los comerciantes de Santa Cruz de La Palma son altas, representativas y bien amuebladas: en vez de pobreza o dejadez que esperábamos en una isla tan apartada, encontramos tanta comodidad, limpieza, aire y luz como casi no se encuentran en las zonas privilegiadas de algunos países europeos. Y ¡qué bonita era aquella calle!.(...); en estas contraventanas verdes de madera se encuentra, como en casi todas partes de Canarias, una pequeña trampilla que se abre desde abajo y permite a los moradores echar en cualquier momento un vistazo a la calle. Estas trampillas se movían sobre todo cuando algún inglés paseaba por las losas de lava llevando el salacot, que allí es totalmente desconocido. Todas eran caras alegres y bonitas, de dientes muy blancos y ojos muy brillantes, que se reían abiertamente del estirado extranjero"

"Un rebaño de cabras iba de casa en casa: era una raza muy especial, de color marrón amarillento con listas negras, patas cortas, cuernos planos y retorcidos hacia fuera, y de carácter afectuoso y obediente(...). En las islas se toma casi exclusivamente leche de cabra y, normalmente, delante de la casa se ordeña en un vaso la cantidad deseada. El pastor llevaba camisa blanca y pantalones cortos bien blancos y se tocaba con la típica montera palmera, un gorro con un gran agujero ribeteado, del que sobresale un mechón de pelo. El abrigo, una manta blanca de lana con dobladillo oscuro para proteger a los hombres de la lluvia; un cuchillo ancho, en una funda, completa la vestimenta; este cuchillo casi nunca se emplea para cometer delitos sino, simplemente, para el trabajo pacífico en el bosque o campo. La población canaria es, todavía hoy, tan pacífica y suave como antes, cuando su bondad inspiró admiración incluso en sus verdugos españoles. El carácter del pueblo aborígen ha ennoblecido notablemente el del pueblo ya civilizado"

"Manuel, un viejecito apergaminado, se presentó como mi guía y me fui con él hacia las alturas (..). El cultivo del plátano ocupa una parte importante de las fincas. El plátano de La Palma es delicioso, sabroso y exhala el más delicado aroma. Los productos más importantes son las cebollas y las papas, cuyas plantas estaban entonces en flor".

"Por el camino encontramos largas filas de mujeres y muchachas descalzas y con ropas ligeras, pero impecablemente limpias. Llevaban a la ciudad cestas llenas de huevos, leche, manteca, pollos, verduras y frutas.¡Qué escena tan agradable, qué alivio poder saludar a una población que no sabe nada de la misera social! No me refiero a la pobreza, el dolor y las penas de la vida, que de esto también en La Palma cada uno tiene que llevar lo suyo. Me refiero más bien a las desgracias que el hombre se crea con la gran industria, con la eliminación de la mano del hombre con sus sentimientos, frente a la máquina insensible, el vapor y las artes endemoniadas con las que nos envenenamos en Europa, creyendo que nos benefician".

"Estas mujeres y muchachas palmeras tienen una salud, una tranquilidad y una alegría envidiables, por su pacífica y modesta vida en el campo, durante generaciones. Su tez es ligeramente tostada, pelo y ojos de un negro profundo, los rasgos de sus caras normalmente bonitos, muy alargados y, por ello, sin influencia española. Sobre todo, sus mejillas sonrosadas muestran otra sangre y resultan algo impensable en los cetrinos semblantes del puerto de Santa Cruz. Había que ver la figura elástica y el andar majestuoso con el que aquellas mujeres caminaban por la senda rocosa. Una pieza típica de su atuendo consiste en el sobretodo, un pañalón oscuro bordado con hilos de oro o de seda roja que frecuentemente cruzan alrededor del busto a modo de corpiño, y cubren cabeza y cuello con un pañuelo blanco que sólo deja ver el rostro. En la coronilla se colocan un diminuto sombrerito de paja".

La comparación antropológica y caracterológica con los españoles se puede apreciar en las siguientes líneas, en las que abarca todas las islas, excepto Lanzarote y Fuerteventura:

"Es indudable que, en las islas, especialmente en La Palma, La Gomera y El Hierro, pero también en los montes de Tenerife y en los valles de Gran Canaria, el pueblo aborigen ha perdurado en una proporción bastante más elevada de lo que normalmente se cree. La comparación con el español de la Península lo demuestra claramente. La forma alargada de la cabeza y la cara, el color del pelo, frecuentemente castaño y rubio, las largas extremidades y una fisonomía familiar, son indicios de ello. El canario es sensible y lleno de comprensión hacia los deseos ajenos, servicial, extravertido, charlatán, pacífico; libre de cualquier exageración, en cuanto al sentido del honor y de toda tendencia bélica; en cambio, prefiere la vida natural, es amigo de las plantas, las conoce a todas por sus nombres y, donde puede, se rodea de ellas; es casero, con muchos hijos, nada arrogante ni orgulloso. El isleño reúne una serie de características que faltan en los españoles, que se singularizan por tener las contrarias."

"El isleño ha conservado determinadas habilidades físicas que proceden de tiempos inmemoriales. Es un caminante y un escalador cuyo igual sería difícil de encontrar en otras latitudes; arroja objetos con gran seguridad y utiliza con tanta pericia su lanza, un largo palo afilado, para saltar o impulsarse de roca en roca (..). Finalmente, el isleño es también un virtuoso silbando, lo que sólo se puede comprender como reminiscencia de tiempos primitivos".

"Aparte de los individuos de la preponderante raza autóctona se encuentran isleños nobles que viven todavía en Tenerife, descendientes, con mayor o menor certeza, de conquistadores españoles y que en parte llevan sus apellidos. Sólo superficialmente, y en pocos casos, tuve oportunidad de conocer gente de esta clase, pero los que ví me dieron la impresión de pertenecer a un tipo diferente, incluso por su aspecto físico. Parecían realmente españoles".

"Mi viejo guía intercambiaba sin parar elocuentes y extensos saludos con los que se cruzaban en nuestro camino e, incluso, comentarios irónicos a media voz sobre el "inglés". "¡Vaya con Dios, caballero! ¿Qué tal? ¿Cómo está su familia?, es el saludo común. La contestación es: ¡Nada mal, señora, gracias a Dios! ( en este último saludo se aprecia la versión isleña del "ur malad"="no mal", con el que los tuaregs del Ahaggar contestan a la pregunta ¿cómo estás? o ¿qué tal estás?), y otras veces:" me alegro mucho o me alegro verte. Vaya con Dios. Adiós" (en este otro saludo constatamos la versión palmera del "tamaragua" canario, que en nuestra opinión procedería de la voz femenina amazigh " tammar-wa"= este (encuentro) (es) de alegría").

"Se cruzaron en nuestro camino unos hombres que llevaban a hombros grandes haces de leña envueltos en ramas verdes y frescas. Siguiendo una costumbre habían adornado sus cargas con flores halladas allá arriba. Un isleño nunca vuelve con ellas sin adornarlas. Incluso he visto en Tenerife a los chicos más pobres al borde de Las Cañadas, cumpliendo con este rito y la gente conoce siempre los bonitos nombres, poco españoles, más bien canarios, de las flores".

La estancia del Dr. Christ en la isla de Gran Canaria ofrece una serie de datos inéditos, que difícilmente se pueden encontrar en otras fuentes documentales de la época:

"A la ciudad de Las Palmas le falta una bahía abrigada. Cuando, como aquel día, sopla viento del noroeste, resulta inaccesible por mar. Por eso anclamos a las once en el Puerto de la Luz, en un recodo que forman las rocas de la Isleta con la duna, el istmo de Guanarteme, como se le denomina aún hoy, en honor de un guanarteme o rey canario de la época de la conquista".

"Nos desembarcan felizmente unos canarios a los que apresura su patrón con rudos gestos, induciéndoles a maniobrar con exacta precisión. Nos recoge un coche tirado por tres mulas montaraces. Corremos a toda velocidad doblando las esquinas de viejos e interesantes edificios y bastiones del puerto, y volamos luego, sin obstáculos, a lo largo del istmo hacia la ciudad, situada a unos seis kilómetros. Inmediatamente nos dimos cuenta de que allí lucía un sol distinto del de La Palma, acariciada por un frescor delicioso procedente de la corriente del golfo. Ardía la arena de la duna. Sólo se veían escuálidos tarajales de altos troncos y por ambos lados las olas llegaban casi hasta el coche. Por fuera, a la izquierda, estaba el mar azul oscuro y a la derecha se agolpaban las montañas, unas sobre otras, vislumbrándose unos blancos pueblecitos asomándose por encima de las copas de las palmeras. No en vano se llama Las Palmas de Gran Canaria, pues aquí se ven, como en ninguna otra parte del Archipiélago, numerosos agrupamientos de palmeras de troncos perfectos. Aparte de la palmera canaria ("Phoenix canariensis") está la datilera ("Phoenix dactylifera") que crece aquí dando abundantes frutos" (el topónimo "Tamaraceite", lugar antaño abundante en palmeras, procede del primario amazigh "ttemra n tzzait"= lit:" la producción abundante de datilera" o también "la datilera que da abundantes frutos", en donde la voz "ttemra"= "producción abundante, cosecha de frutos" y la voz "tazzait" =" palmera datilera").

"El barranco de Guiniguada parte la ciudad exactamente por la mitad y la abre bellamente al mar. El centro de la población es elegante y de aspecto oriental, debido a que la mayoría de las casas tienen techumbres planas, con pintorescas azoteas".

En relación al paisaje humano de la sociedad grancanaria de la época, el Dr. Christ nos ofrece datos interesantes y algunas veces inéditos en la descripción que hace de aquella:

"Cerca de la catedral encontré un excelente alojamiento en la Fonda de Europa, de don Ramón López. Allí tuve mosquiteros que protegían mi cama impecablemente limpia, agua fresca en abundancia, excelentes habitaciones altas y amplias en las que reina Mariquita, una vieja negra, como ama de llaves. En el amo de la casa hallé una cortesía y una bondad como no suelen encontrar los extranjeros en nuestros mejores hoteles. A la hora de comer se bebe, además de un dulce y oscuro vino tinto, otro joven y muy apreciable del valle de Teror, abundante en fuentes de aguas minerales".

"Una pequeña plaza próxima a la fonda se caracteriza por una bonita fuente, de cuyos demasiado elevados caños se proveen los aguadores valiéndose de largas cañas".

"Por sus rasgos, la población concuerda sorprendentemente con el cielo oriental, las palmeras y el estilo arquitectónico de las viviendas. La tez es decididamente más cetrina que en La Palma; no son tan abundantes las mejillas sonrosadas; las de aquí presentan un ligero toque moruno; no puede negarse la mezcla de sangre mulata; los labios son gruesos, los pómulos más salientes, y los globos oculares más blancos y profundos, resaltando de la zona oscura que rodea al ojo. Por otra parte, llama la atención la vestimenta de las mujeres: tupidos pañuelos blancos o de un amarillo claro que caen directamente desde la cabeza hasta más debajo de la cintura, que recuerdan el atuendo de las mujeres de Oriente. Estas reminiscencias orientales tienen su origen en la repetida inmigración de moros, promovida a finales del siglo XV por los conquistadores españoles para dominar a los canarios".

Respecto a la historia, las costumbres y los rasgos antropológicos del pueblo guanche y canario en general, el científico alemán se documentó ampliamente en el Museo Canario de Las Palmas, fundado por el Dr. Chil y Naranjo:

"El Dr. Chil me llevó al Museo, cuyos tesoros se conservan en buenas estanterías, con puertas de cristal, instaladas en el piso superior de un hermoso edificio público situado en la plaza de la catedral, justo frente a ésta. Me agradó mucho la presencia de varias personas seriamente dedicadas al cultivo de sus especialidades científicas, lo que constituye un buen ejemplo para España"

"Cientos de esqueletos, momias y enseres de los antiguos canarios, que en Tenerife se llamaron a sí mismos "guanchinerfes" (esta denominación, vigente en aquella época entre los científicos para los primeros tinerfeños y recogida de la tradición oral, constituye una interesante aportación que corrobora la traducción que le damos de "wa n ti n irfen"= "el de la (tierra) de los tuestes o tostamientos", en relación a la naturaleza volcánica de la isla), permiten conocer diversos aspectos de la cultura de este pueblo". Los objetos proceden, sobre todo, de sepulturas halladas en la Isleta. Mi impresión predominante fue de asombro ante la grandeza moral mostrada por los canarios frente a sus enemigos los españoles. Todos los objetos han sido realizados en madera, piedra, conchas, barro y pieles finas o fibras vegetales. No hay rastro de metales. Queden para otro los comentarios sobre las calaveras y los esqueletos. Yo sólo diré que las primeras me parecieron más bien alargadas, y que los últimos me resultaron sobre todo grandes, sugiriéndome la idea de una raza de individuos delgados, altos y flexibles (apreciamos en esta certera descripción los ascendientes líbico-garamánticos de los actuales tuaregs).

"El Sr. Kollmann, un prestigioso especialista, me hizo ver la sorprendente suavidad y delicadeza de las formas, clara característica del tipo autóctono, lo que, a su vez, sugiere la suavidad de su carácter. Entre los objetos más pequeños llaman la atención los higos, perfectamente conservados. Sus reducidas dimensiones indican que antes de la llegada de los españoles ya existía la higuera en la isla en su estado más silvestre (topónimo "Tasar", montaña en El Rosario, Tenerife, B. Alfonso I, en testamento de 1623, = "tazart" = colectivo sing.,"higos, higueras", en los dialectos imazighen del Marruecos Central)

Procede H. Christ con justicia, equidad y buen sentido a la hora de describir el carácter del isleño y los avatares históricos de la conquista:

"La ingenuidad y la hospitalidad son virtudes características de los habitantes de las islas pequeñas, incluso de los más primitivos, porque la estricta limitación de espacio les impone la moderación y el respeto al prójimo. Pero el pueblo canario se distingue entre todos los otros antiguos pueblos isleños por su firme lealtad, por su perseverancia en la palabra dada, que lo hizo prácticamente incapaz de pagar traición con traición, ni engaño con engaño, ofreciéndose a los españoles como fácil víctima; estos ultimos no se consideraron obligados a ser leales con aquellos paganos que, aunque no habían sido bautizados, sabían que el mantenimiento de la palabra dada era un acto de fe y honor. Tan nítido como en los pueblos civilizados de Europa en sus mejores momentos, se manifestó en los canarios el concepto de patria y el amor hacia ella. Estas cualidades demuestran que lo mejor del ser humano, la nobleza de espíritu y la fortaleza de carácter, son mucho más independientes de la civilización de lo que hoy en día se cree"

"Humboldt no acierta cuando supone que las virtudes de los canarios eran negativas, y que han sido idealizadas por la posteridad romántica. Bontier y Leverrier, los enérgicos sacerdotes normandos y los cronistas españoles eran bien ajenos a toda sensibilidad y describieron con bastante desgana las virtudes de los isleños que contrastaban con la crueldad de sus compatriotas. Lo más lamentable es que el europeo cristiano, que encontró aquí un campo plenamente abierto para la dorada ética cristiana, no supo hacer nada mejor que convertirlo en un paraje de calaveras, de sangre y de lágrimas. Los amigos de las plantas rindieron un póstumo homenaje a los grandes menceyes dando sus nombres a las flores: Bencomia, Astydamia, Tinguara".

En relación a la disparatada teoría de J. von Löher, el científico alemán la desmonta con contundentes argumentos:

"Es psicológicamente explicable y disculpable como "fantasia patriótica", el que Löher, en su entusiasmo por los antiguos canarios, haya llegado a declararlos descendientes de los vándalos expulsados de África por los sarracenos. Se le nota el afán de atribuir las nobles virtudes de los isleños a la noble tribu germánica. Para no tomar en serio estas ideas de Löher, concediéndoles algo más que un mero interés poético, basta tener en cuenta la fisonomía, el lenguaje, las costumbres, la historia, que convencen de la imposibilidad de tal hipótesis. En sólo seis siglos ¿cómo podían haber olvidado los vándalos cristianos, pertenecientes a la civilización romana, conocedores del hierro, hasta las raíces de su cultura, cayendo en otra tan ancestral?"

La descripción del paisaje grancanario nos ofrece datos muy significativos y particulares, que llegan algunas veces a sorprendernos:

"Un paseo al aire libre, hacia arriba, por el barranco del Guiniguada me llevó rápidamente a la extraña naturaleza de la región montañosa. Se merece, de una manera especial, la denominación de región africana". Caravanas enteras de camellos de carga más altos y aislados olivos completan la imagen oriental. El día 14 de marzo hice una excursión en burro a Tafira, en compañía de un peón descalzo, de catorce años. Fuimos por la nueva carretera, en buen estado, que serpentea y sube rápidamente al principio por el valle del Guiniguada y luego por la ladera de la altiplanicie. Pasamos por una zona, cultivada a veces, de cereales verdes, aunque también frecuentemente yerma con tabaibas y tamarindos. Aislados, se ven campos cubiertos de cactus y cuajados de trapos blancos, porque los pobres campesinos no pueden dejar de "sembrar" la cochinilla en las tuneras. Para ello la "semilla", el animal hembra, tiene que estar tapada y sujeta con trozos de tela"

"Por todas partes se alzaban palmeras cubiertas en aquel momento de flores rojas, de un brillo ideal. En lo alto de la estéril pendiente, compuesta de toba y lava, se han formado corrientes de agua, pequeñas y solitarias y arriba, donde empieza el pueblo de Tafira, se ven al otro lado del barranco, hacia el norte, cráteres profundos sin márgenes montañosos. Las vistas al mar y a la Isleta, a unos 300 metros por debajo de nosotros, son extraordinariamente atractivas. Las casas planas y de un solo piso de Tafira se enhebran a lo largo de la calle. Desde el colegio suenan las rítmicas respuestas de los niños a las preguntas de la maestra"

"En un segundo pueblo, Casillas, pasamos de la carretera a un camino rural que nos llevó pronto a la Caldera de Bandama. Allí, la ladera que desciende desde la altiplanicie hacia Las Palmas está cubierta de viñedos. Al cráter de la caldera que mide cerca de dos kilómetros de diámetro, entramos por una estrecha grieta (...). Una granja plantada de árboles frutales se encuentra en el centro del cráter. En las terrazas hay también algunas viviendas. Nada hay de aspecto salvaje, sino muy rural aunque extraño, yo diría artificial".

Desde allí seguimos múltiples caminos vecinales en dirección al este, para llegar a la carretera que lleva, a lo largo de la salvaje costa oriental de Gran Canaria, a la pequeña ciudad de Telde. Pronto pasamos por magníficos olivares que no sólo llaman la atención por su tamaño y belleza, al ser una vegetación libre y de poca altura, sino también por sus largas hojas. No se diferencian mucho de los europeos, aunque la flor recién abierta no variaba lo más mínimo. Berthelot asegura que de estos árboles no se extrae aceite, sino que todo se importa de España. Es curioso, ya que quien haya probado el aceite andaluz seguramente preferiría conseguir de sus propios olivos un producto de mejor calidad".

De vuelta a Tenerife como etapa final de su viaje, aprovechando una nueva oportunidad de hacerlo, H. Christ recorre el norte de la isla describiendo con detalle todo lo que ve. Para concluir y en la imposibilidad de incluir la totalidad de sus observaciones, no nos resistimos a señalar varios pasajes de los más llamativos desde poco tiempo antes de zarpar del puerto de La Luz:

"...En ninguna parte es la atmósfera tan clara ni aparece la tierra con una luz tan ideal como aquí. En este ambiente oceánico no existe el contraste entre las sombras negras y un blanco tan hiriente y penetrante que todo lo mata, como ocurre bajo el sol de Africa y España". (...) Por fin, hacia las cuatro, apareció una lancha ocupada al completo: el patrón, los marineros y cinco pasajeros. Todos, tipos curiosos de Lanzarote y Fuerteventura que iban a Santa Cruz. La persona de mejor presencia era un tipo corpulento y llamativo, un señor cura, vestido de negro, que lucía un chaleco adornado con un cuello bordado con perlas de cristal azul. Los demás eran individuos más sencillos. Gesticulaban y hablaban en voz alta, todos a la vez, pero eran la personificación de la gentileza, y el patrón, un hombre guapo y joven, era francamente encantador. ¡Cómo me alegré de depender al fin exclusivamente de los auténticos canarios!"(..) La conversación a bordo entre el sacerdote y uno de sus feligreses era esencialmente viva. Se trataba de una dispensa de alguna petición poco ortodoxa que le hacía el pobre. El clérigo le contestó en tono severo, aunque formal y muy educado. El solicitante rogó y porfió sin descanso. Me sentí trasladado a la época de la Conquista, cuando el pobre canario, acosado por el sacerdote español, implora como favor lo que hasta entonces era su derecho".

"Con ayuda del cónsul alemán, conseguí un coche cómodo que me llevó al Puerto de La Orotava, a 42 kilómetros, en la zona noroeste" (..) Al llegar a La Laguna, descargaron las nubes tal chaparrón que nos obligó a buscar refugio en una casa (..) A las puertas de las casas, en espera de que escampase, aguardaban hombres embozados, señores envueltos en sus capas forradas de rojo y señoras tiritando de frío. Observaban la lluvia a pesar de que allí arriba debe ser algo muy frecuente (...) Algunas reses pacían en campos cultivados con esmero en los que verdeaba el trigo tierno, mezclado con plantas, ya marchitas, de un altramuz ("Lupinus") azul celeste, conocido aquí como "chocho". Este chocho juega un papel importante en la agricultura tinerfeña. No sólo se comen los granos amarillos sino que, además, la planta es un buen pienso para los animales y se utiliza como abono verde enterrado con el arado"

"Hicimos un alto para descansar en un lugar tradicional, en La Matanza. Allí, por cierto, los españoles fueron los derrotados, pues, en 1494, los guanches lograron en La Matanza su última victoria pasajera sobre Lugo, el conquistador de Tenerife. Hoy en día La Matanza es un lugar pacífico y agradable. Aunque el agua de lluvia corría por el piso de la venta formando un gran charco, la dueña de la casa estaba tranquilamente sentada a la vera de aquella laguna que, en mi tierra, habríamos considerado una catástrofe, y nos preguntó qué deseábamos. Era una mujer vistosa, con el típico comportamiento de Tenerife, abierta, alegre, locuaz y con una retahíla inagotable de exclamaciones y giros que expresaban admiración y sorpresa".

"La gran ventaja es que, en las islas, como en todas las colonias y países de habla española, la lengua se pronuncia clara y limpiamente, y sólo se aprecian diferencias en la pronunciación de ciertas letras. En Canarias domina la dulzura en la pronunciación de las colonias de las Indias Occidentales. La "s", en cuyo sonido silbante se esfuerza más el español de la Península, casi desaparece allí al final de la palabra y, con frecuencia, también dentro de la misma: en vez de "los ingleses" , "loh inglese". También la "z", que el español pronuncia como nosotros la "th" inglesa, la hace resaltar el isleño como una "s" débil, e incluso la omite: Santa Cruz, pronunciado por él, suena "Santa Cru". También la "jota", esa joya del castellano que el auténtico español suelta con un sonido gutural tan fuerte, suena en las islas más suave. El peninsular menosprecia la dulzura del isleño, mientras éste le reprocha una pronunciación afectada y presuntuosa".

"La moneda actual en España es el real de vellón, con un valor de 25 céntimos. Las pesetas de cuatro reales y los duros de cinco pesetas son allí las monedas corrientes, pero no en el Archipiélago, donde están más atrasados. Aquí rige aún el viejo sistema de monedas, y sigue compitiendo con éxito con el nuevo, ya que España todavía no ha considerado necesario retirar las antiguas piezas que, según parece, fueron introducidas en su mayoría desde la metrópoli, de donde hace tiempo se retiraron".

"Desde Santa Úrsula bajé el camino, entre enormes grupos de palmeras y masas vegetales, hasta el fondo del valle de La Orotava. Los villorrios y caseríos eran cada vez más numerosos y los cultivos iban siendo más variados. A las puertas posaban los hombres de pie, curiosos y ociosos, ya que era domingo por la tarde, envueltos en sus blancas mantas de lana, y las mujeres, gráciles y vivaces, con sus pañuelos blancos a la cabeza y sus redondos sombreros de paja. Una gente en general hermosa y, con frecuencia, de alta estatura, que se burlaba con divertidas bromas sobre el lamentable aspecto del enchumbado extranjero. Justo al caer la noche, fuimos dando tumbos por las solitarias afueras del Puerto de La Orotava, a lo largo de casas bajas con contraventanas de madera y algunos curiosos vecinos, hasta dar con la Fonda Inglesa de Mr. Turnbull".

"El Puerto es el pueblo más bajo, a nivel del mar, de la gigantesca depresión del terreno que empieza muy arriba, en el Pico, y va en declive hasta el mar entre dos murallas rocosas: la ladera de Santa Úrsula al este, y la de Tigaiga al oeste. Esta depresión del terreno es el valle de La Orotava, al que Humboldt dedicó aquel entusiamado elogio (...). Así se expresó Humboldt: "Después de haber paseado por las orillas del Orinoco, las cordilleras del Perú y los hermosos valles de México, tengo que confesar no haber visto, en parte alguna, una imagen tan armónica, tan diversa, tan atrayente por la distribución de verdes y masas rocosas"

"Para nuestro actual concepto, tan prosaico, de la belleza paisajística, Humboldt no exageró. Claro que, hoy en día, el valle está mutilado por los feos campos de tuneras, mientras que, ante la vista del gran explorador, todavía se extendían viñedos y frutales".

"Hay en este pueblo un fondo primitivo de dulzura y de conmovedora suavidad, como lo demuestra la excelente estadística de criminalidad de la isla. El asesinato y el robo son casi desconocidos, y nada lo confirma mejor que el enorme escándalo producido por el asesinato del inglés M., hace seis años".

"Todas las cuestiones actuales que a nosotros los europeos nos interesan, todas las peleas por principios y partidos en el Estado y en la Iglesia, todos los nubarrones que amenazan nuestro futuro político y social, son ignorados por el isleño. Él, como si estuviera en otro planeta, observa sonriente, con el corazón frío y plena calma, la imagen de Europa, tan afligida por las penas y las pasiones. Una guerra en el continente europeo le deja tan fresco como a nosotros las de China y el Cabo. Incluso, sólo lo que ocurra en España parece interesarle en tanto en cuanto se refiere a sus directos intereses isleños. Ni participa ni comprende el partidismo tan fluctuante de España. Conoce las revueltas periódicas de allá cuando el correo trae un grupo de caballeros vestidos de negro, que son los nuevos funcionarios, y embarcan en el mismo correo los malhumorados funcionarios cesantes. En las elecciones a Cortes hay poca participación, y se suceden con regularidad, con su desidia habitual. Los periódicos de las islas están llenos de noticias locales y alusiones personales que el extranjero no entiende. No intervienen en la alta política, e incluso lo que ocurre en la metrópoli se expresa en un tono extrañamente rebajado, corto, seco, y como temible. Lo que está lejos no interesa. Incluso los extranjeros que se establecen en Tenerife tienen dificultad para escapar de la influencia adormecedora y tranquilizante de la atmósfera atlántica"

"Para el botánico es muy agradable el interés del isleño por las plantas y sus exactos conocimientos, incluso de las especies pequeñas y poco vistosas de la flora silvestre. Seguramente es herencia de sus antepasados guanches, que dependían, a otro nivel, del auxilio que les ofrecía la flora endémica".

"De los jardines de La Orotava, hay que mencionar el Botánico, originario del siglo pasado. Este jardín ha llegado a ser en los últimos veinte años, bajo el cuidado de su eficaz jardinero, Hermann Wildpret, un exquisito ejemplo del cultivo arbóreo subtropical. El director del Jardín es don Nicolás Benitez de Lugo, que remonta su árbol genealógico hasta el tan desacreditado Adelantado, el conquistador de Tenerife".

Hasta aquí las crónicas del viaje a Canarias de un europeo del siglo XIX, harto ya, en aquella época, de las imperfecciones y deficiencias sociales inherentes al incipiente proceso industrializador de su viejo continente. Si esto fue así, imagínense como se sentiría este caballero si levantara la cabeza y observara lo que ocurre en estas islas 121 años después. Que Achamán nos proteja.

Bibliografía:

-BETHENCOURT ALFONSO, J. "Historia del Pueblo Guanche" I, Ed. Lemus, 1991.
-CHRIST, H., "Un viaje a Canarias en primavera", Las Palmas de Gran Canaria, 1998.
-DE LUCA LÓPEZ, F. P., "Notas de Etnolingüística canaria", Ed.Tamusni, Tfe, 2004.
-FOUCAULD CH. E. de, "Dictionnaire Touareg-Français", I a IV, Paris, 1951.
-TAÏFI, M. "Dictionnaire tamazight-français" (Parlers du Maroc Central), Paris, 1991.
(11-12-2005)