Exactamente 83.500 palabras

 

Juan Manuel García Ramos

 

Exactamente 83.500 palabras sin prefijos ni derivados constituyen el patrimonio de la lengua española; con esas miles de palabras hemos de arreglarnos a la hora de enamorar a nuestras novias, buscarnos un empleo, insultar a quien nos ofende, ir a comprar el pan y el periódico el domingo o narrar nuestros sueños.


La lengua española, de fiesta durante toda esta última semana, se ha constituido en una suerte de Commonwealth del idioma en Cartagena de Indias para declarar su unidad diversa y para homenajear a uno de sus más lúcidos y divertidos cultivadores: Gabriel García Márquez.


La cooperación política de los estados y territorios que se reúnen en torno a la Corona británica, son aquí las academias de la lengua de los veintidós países que se entienden en la lengua de Cervantes.


Ha sido un acto, este IV Congreso de la Lengua Española, de fortaleza y de entendimiento que prepara al español hablado y escrito para convertirse en la tercera lengua del mundo dentro de unos decenios, en rivalidad saludable con el inglés y detrás del chino y del hindi.


Y al calor de esa celebración cabe hacerse algunas preguntas: ¿Qué pasará el día en que todo lo dicho y escrito por la humanidad en las lenguas vivas del planeta se encuentre registrado en un solo banco de datos cibernético?


¿Descubriremos acaso que el hombre, a lo largo de su ya larga historia, sólo ha perseguido muy pocas metas: amar y ser amado y sentirse útil dentro de la comunidad a la que pertenece?


Se pregunta el profesor y crítico George Steiner, en su pequeña obra Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, que si cuestiones primordiales para la humanidad, como ¿cuál es el origen del cosmos, tiene sentido nuestra vida o si existe Dios?, siguen hoy tan incontestadas como al principio de todas las civilizaciones del hombre sobre la Tierra.


Se lo pregunta él y nos obliga a nosotros a interrogarnos también sin contemplaciones sobre esos mismos asuntos.


Para Steiner no estamos más cerca que los clásicos griegos de cualquier solución verificable del enigma de la naturaleza y de la finalidad de nuestra existencia en este universo tan complejo; no estamos más cerca de determinar si la muerte es o no el final de todo, o si Dios nos acompaña o sólo es una abstracción más de nuestra inquieta mente. Todo ello a pesar de la dilatada historia religiosa, filosófica, literaria, artística y científica empeñadas en resolver aquellas cuestiones y de encontrarles una solución menos desesperanzadora de la que hasta aquí hemos obtenido.


Y llega uno a pensar que es la incapacidad del espíritu humano en su conjunto para responder a tan esenciales preguntas la única que otorga todavía algún prestigio a las llamadas Humanidades en un mundo tan tecnificado y científico como el que vivimos en este comienzo vertiginoso del siglo XXI.


La derrota de la religión, de la filosofía y de la palabra creadora en general en esa empresa de desciframiento de nuestro verdadero papel en esta obra dramática que es la vida, va de la mano de la derrota de la ciencia en esa misma búsqueda de sentido para nuestras existencias, pese a los dos últimos siglos disfrutados de imparable auge científico y tecnológico. Casi de jactancia científica y tecnológica.


Todas estas dudas se las formula cualquier profesor de Humanidades antes y después de intentar que sus alumnos aprecien su materia y sigan confiando en la utilidad de saberes que, a primera vista y en un mundo tan acelerado como el nuestro, pueden llegar a considerarse más que prescindibles.


Un momento decisivo de la vida de toda persona es aquel en el que descubre que las palabras sirven para acercarnos al mundo de distintas maneras. Cuando descubre que las palabras pueden angustiarnos y coaccionarnos, pero también pueden divertirnos y reconciliarnos con el mundo que nos ha tocado en suerte.


Ya lo hemos dicho antes y volvemos a recordarlo: Pasamos los días en convivencia con nuestras palabras y nuestros silencios, y muchas veces no sabemos quién influye más en nosotros, aquel que sabe verbalizar lo que vive o el que mira a su interior y no encuentra vocablos para iluminar lo que pasa dentro de él.


Cada hombre es muchos hombres: el que él cree que es, el que los demás creen que es y el que es al margen de él y de los demás. Pero también es sus silencios, sus inalcanzables definiciones de sí mismo, el que huye de su propia personalidad.


Vivimos con la certeza de que dentro de nosotros cohabitan muchos otros de los que jamás echaremos mano; son las vidas de todos los que nos precedieron en el oficio de pasar por este mundo; un patrimonio sordo al que no acceden las palabras; una prehistoria muda que parece saber mucho más de nosotros que nosotros mismos. ¿Quién colocó dentro de nosotros esa caja de resonancias, esos espejos envejecidos?


¿Tenía razón el siquiatra suizo Carl G. Jung cuando dijo que determinados arquetipos de pensamiento, sueños, recuerdos, imágenes seminales, nos son transmitidos sin nuestro consentimiento de unas generaciones a otras?


El hombre es más viejo que los documentos que hablan del hombre. Por eso el lenguaje y la escritura, por mucho que los sacralicemos, son instrumentos transitorios y secundarios, meras aproximaciones a una realidad que los desborda, que los desbordó desde el principio y que se ríe de ellos y de su soberbia.


Nosotros somos mucho más que los lenguajes que hablan de nosotros, mucho más que las palabras que nos hemos otorgado.


83.500 palabras pueden parecer muchas palabras, suficientes para llegar al fondo de nuestras conciencias.


¿No es eso lo que intentaron Cervantes en su Quijote y Gabriel García Márquez con su biblia caribe Cien años de soledad?


Como no hay una razón suficiente del sentido de nuestra existencia, no bastan todos los lenguajes del mundo para definir ese sentido inexpresable.


Las lenguas, como todos nosotros, nacen, se desarrollan y terminan extinguiéndose. Son muchas más las que han dejado de existir que las que existen.


Por esa regla de tres de las naturales desapariciones, es todo un acontecimiento el que veintidós estados celebren un instrumento de comunicación común como es el español de nuestros días.


Donde la política, la economía, la diplomacia, la educación y tantas otras esferas de la convivencia han fallado, prevalece la palabra compartida que hace posible todo lo que no fue posible.


Quizá una unidad más fluida de los pueblos que se expresan en español no sea aún una batalla perdida, como algunos pensaron.


Si todos esos pueblos leen con el mismo fervor el Quijote y Cien años de soledad urdirán una conciencia colectiva donde la risa y la sabiduría vayan de la mano. Una y otra son suficiente bagaje para seguir entendiéndonos por encima de tantas incomprensiones como nos empeñamos en generar entre pueblos que podrían ser realmente hermanos. Quizás, para empezar, nos arreglemos con esas 83.500 voces.