Exactamente
83.500 palabras
Juan Manuel García Ramos
Exactamente 83.500 palabras sin
prefijos ni derivados constituyen el patrimonio de la lengua española; con esas
miles de palabras hemos de arreglarnos a la hora de enamorar a nuestras novias,
buscarnos un empleo, insultar a quien nos ofende, ir a comprar el pan y el
periódico el domingo o narrar nuestros sueños.
La lengua española, de fiesta durante toda esta última semana, se ha
constituido en una suerte de Commonwealth del idioma
en Cartagena de Indias para declarar su unidad diversa y para homenajear a uno
de sus más lúcidos y divertidos cultivadores: Gabriel García Márquez.
La cooperación política de los estados y territorios que se reúnen en torno a
Ha sido un acto, este IV Congreso de
Y al calor de esa celebración cabe hacerse algunas preguntas: ¿Qué pasará el
día en que todo lo dicho y escrito por la humanidad en las lenguas vivas del
planeta se encuentre registrado en un solo banco de datos cibernético?
¿Descubriremos acaso que el hombre, a lo largo de su ya larga historia, sólo ha
perseguido muy pocas metas: amar y ser amado y sentirse útil dentro de la
comunidad a la que pertenece?
Se pregunta el profesor y crítico George Steiner, en su pequeña obra Diez (posibles) razones para
la tristeza del pensamiento, que si cuestiones primordiales para la
humanidad, como ¿cuál es el origen del cosmos, tiene sentido nuestra vida o si
existe Dios?, siguen hoy tan incontestadas como al principio de todas las
civilizaciones del hombre sobre
Se lo pregunta él y nos obliga a nosotros a interrogarnos también sin
contemplaciones sobre esos mismos asuntos.
Para Steiner no estamos más cerca que los clásicos
griegos de cualquier solución verificable del enigma de la naturaleza y de la
finalidad de nuestra existencia en este universo tan complejo; no estamos más
cerca de determinar si la muerte es o no el final de todo, o si Dios nos acompaña
o sólo es una abstracción más de nuestra inquieta mente. Todo ello a pesar de la dilatada historia religiosa, filosófica, literaria, artística y
científica empeñadas en resolver aquellas cuestiones y de encontrarles
una solución menos desesperanzadora de la que hasta aquí hemos obtenido.
Y llega uno a pensar que es la incapacidad del espíritu humano en su conjunto
para responder a tan esenciales preguntas la única que otorga todavía algún
prestigio a las llamadas Humanidades en un mundo tan tecnificado y científico
como el que vivimos en este comienzo vertiginoso del siglo XXI.
La derrota de la religión, de la filosofía y de la palabra creadora en general
en esa empresa de desciframiento de nuestro verdadero papel en esta obra
dramática que es la vida, va de la mano de la derrota de la ciencia en esa
misma búsqueda de sentido para nuestras existencias, pese a los dos últimos
siglos disfrutados de imparable auge científico y tecnológico. Casi de
jactancia científica y tecnológica.
Todas estas dudas se las formula cualquier profesor de Humanidades antes y
después de intentar que sus alumnos aprecien su materia y sigan confiando en la
utilidad de saberes que, a primera vista y en un
mundo tan acelerado como el nuestro, pueden llegar a considerarse más que
prescindibles.
Un momento decisivo de la vida de toda persona es aquel en el que descubre que
las palabras sirven para acercarnos al mundo de distintas maneras. Cuando
descubre que las palabras pueden angustiarnos y coaccionarnos, pero también
pueden divertirnos y reconciliarnos con el mundo que nos ha tocado en suerte.
Ya lo hemos dicho antes y volvemos a recordarlo: Pasamos los días en
convivencia con nuestras palabras y nuestros silencios, y muchas veces no
sabemos quién influye más en nosotros, aquel que sabe verbalizar lo que vive o
el que mira a su interior y no encuentra vocablos para iluminar lo que pasa
dentro de él.
Cada hombre es muchos hombres: el que él cree que es, el que los demás creen
que es y el que es al margen de él y de los demás. Pero también es sus
silencios, sus inalcanzables definiciones de sí mismo, el que huye de su propia
personalidad.
Vivimos con la certeza de que dentro de nosotros cohabitan muchos otros de los
que jamás echaremos mano; son las vidas de todos los que nos precedieron en el
oficio de pasar por este mundo; un patrimonio sordo al que no acceden las
palabras; una prehistoria muda que parece saber mucho más de nosotros que
nosotros mismos. ¿Quién colocó dentro de nosotros esa caja de resonancias, esos
espejos envejecidos?
¿Tenía razón el siquiatra suizo Carl G. Jung cuando dijo que determinados arquetipos de
pensamiento, sueños, recuerdos, imágenes seminales, nos son transmitidos sin
nuestro consentimiento de unas generaciones a otras?
El hombre es más viejo que los documentos que hablan del hombre. Por eso el
lenguaje y la escritura, por mucho que los sacralicemos, son instrumentos
transitorios y secundarios, meras aproximaciones a una realidad que los
desborda, que los desbordó desde el principio y que se ríe de ellos y de su
soberbia.
Nosotros somos mucho más que los lenguajes que hablan de nosotros, mucho más
que las palabras que nos hemos otorgado.
83.500 palabras pueden parecer muchas palabras, suficientes para llegar al
fondo de nuestras conciencias.
¿No es eso lo que intentaron Cervantes en su Quijote y Gabriel García
Márquez con su biblia caribe Cien años de soledad?
Como no hay una razón
suficiente del sentido de nuestra existencia, no bastan todos los lenguajes del
mundo para definir ese sentido inexpresable.
Las lenguas, como todos nosotros, nacen, se desarrollan y terminan
extinguiéndose. Son muchas más las que han dejado de existir que las que
existen.
Por esa regla de tres de las naturales desapariciones, es todo un
acontecimiento el que veintidós estados celebren un instrumento de comunicación
común como es el español de nuestros días.
Donde la política, la economía, la diplomacia, la educación y tantas otras
esferas de la convivencia han fallado, prevalece la palabra compartida que hace
posible todo lo que no fue posible.
Quizá una unidad más fluida de los pueblos que se expresan en español no sea
aún una batalla perdida, como algunos pensaron.
Si todos esos pueblos leen con el mismo fervor el Quijote y Cien años
de soledad urdirán una conciencia colectiva donde la risa y la sabiduría
vayan de la mano. Una y otra son suficiente bagaje para seguir entendiéndonos
por encima de tantas incomprensiones como nos empeñamos en generar entre
pueblos que podrían ser realmente hermanos. Quizás, para empezar, nos
arreglemos con esas 83.500 voces.