Exclusiones y Venganzas

Emilio del Barco

Quien presencia un acto contra la ley divina, sin denunciarlo, incurre en parte de la culpa. Este principio del Levítico, convierte a todos en vigilantes de sus allegados. El principio ha pasado al Corán. La responsabilidad de los hechos se reparte entre actores y observadores. Siguiendo la línea indicada, deberíamos sentirnos obligados a denunciar cuanta injusticia veamos en el mundo.

En la actualidad, estamos viviendo momentos parecidos a los que se vivieron durante la ‘revolución de las masas’ rusas o la ‘rebelión de los esclavos’ romanos. Los rebeldes están entre nosotros. Son los excluidos, o quienes se sientan como tales. Casi nunca podemos adivinar cuánto peso lleva sobre el corazón nuestro vecino. Ahora las revoluciones se dirigen, dogmáticamente, desde la distancia. Por gente que esgrime razones religiosas y ambiciones políticas. Ya ha pasado el tiempo de la inocencia. La ingenuidad brilla por su ausencia. No quedan razones planas, todas tienen recovecos, antecedentes, pasado, rencores guardados. Teñidos de rojo, por la sangre vertida durante siglos.

Siempre los perdedores han sido los mismos. Y los ganadores también. Esto deja un poso de amargura insondable. En muchas partes del mundo se respira el ‘síndrome de los despreciados’. Gente con la que no se cuenta para regir el mundo. Cada vez son más. No pueden estar contentos. Las riquezas del mundo las controlan muy pocas manos. Es difícil que los países pobres levanten cabeza, porque fueron enseñados a ser pobres y aguantarse.

Los buenos sentimientos existen en la persona con independencia de sus creencias. Son inherentes a nuestra misma esencia humana. No hace falta inculcarlos, se forman. La bondad de nuestros actos es fruto del amor, no del temor. Obrar como nos fue enseñado, crea la satisfacción del deber cumplido, no la felicidad que genera el acto de amor. No pretendamos ser amados por quienes nos temen.

El error básico de las guerras actuales es haberlas montado como un negocio en comandita. Donde cada socio recoge su parte de botín, interviniendo lo menos posible en el conflicto. Todo se reparte en función del capital y el esfuerzo aportados. Cuando se habla de negocios, la moralidad queda aplastada bajo el peso de las ganancias. Así, la supuesta lucha contra el fanatismo, termina siendo una disputa entre fanáticos, enfrentados por el reparto de beneficios.

Lo que no tengo claro es si los contendientes occidentales han comprendido que, donde ellos ven petróleo, los imanes interpretan los enfrentamientos, interesadamente quizá, como guerra religiosa. Así mueven con más fuerza y convicción a sus seguidores contra el enemigo cristiano o judío. El intento de ver, globalmente, enemigos en las sociedades no musulmanas, les está dando resultados. De ser un conflicto local, ha pasado a convertirse en una guerra de civilizaciones, de alcance impredecible. Las organizaciones religiosas musulmanas, están incardinadas en las estructuras de los estados donde predominan, por lo que dejan de ser independientes políticamente. Pues muchas de ellas, a través de ministerios de asuntos religiosos, se han convertido en departamentos ministeriales, con presupuestos propios en las cuentas del Estado. Al no ser ésta una guerra racional, sino trufada de ideologías, no se puede ganar conquistando territorios, sino convenciendo. Y esto es algo más difícil que disparar cañones.

Agüimes, Gran Canaria, 28/07/2005

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