Existencia de las Islas Canarias e iniciación al desarrollo turístico

 

Juan Dávila

 

El Archipiélago canario está situado en la parte oriental del Océano Atlántico, al costado occidental del continente africano. Está formado por siete islas mayores (La Palma, El Hierro, La Gomera, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote), dos de menos dimensiones (Lobos y La Graciosa), y por una serie de atolones o islotes (Alegranza, Montaña Clara, Roque del Este y del Oeste). Estas pequeñas islas e islotes confor­man el denominado Archipiélago Chinijo.

 

Canarias, conjuntamente con Azores, Madeira, Cabo Verde y la parte noroccidental media del África sahariana, constituyen el en­clave atlántico conocido por la Macaronesia. El nacimiento o aparición de las Islas Cana­rias está basado en diferentes teorías (la más creíble, sin lugar a dudas, es la que manifiesta que su emergimiento se produjo como conse­cuencia de una erupción volcánica submari­na, cuyos residuos de lava esparcidos por el mar dieron origen a la formación de las mis­mas. Su composición geológica al menos así lo acredita. Otras la relacionan con los restos del desaparecido pequeño continente conoci­do por La Atlántida, de cuya capital, Poseidonia, se decía estaba formada por hermosos jardines y portentosos palacios donde existía, además, una civilización de connotaciones ultramodernistas (término éste de dudosa cre­dibilidad). Pero esta teoría no tiene ningún ri­gor científico desde el punto de vista geológi­co, ya que las investigaciones llevadas a cabo por insignes geólogos y geógrafos la sitúan hundida en la zona atlántica denominada triángulo de las Bermudas, donde según algu­nos escritores, caso del español J. J. Benítez, han ocurrido verdaderos desastres marinos y aéreos a lo largo de la historia, al parecer pro­ducidos por una inducción magnética que de­sactiva los sistemas de a bordo de radiolocali­zación y navegación, que procede del fondo del mar.

 

Expertos pilotos de las Fuerzas Aéreas es­tadounidenses y de Aviación Civil e insignes oficiales de la Marina han manifestado en diferentes ocasiones que en los fondos profun­dos de esa zona del Atlántico se detectan señales de radiofrecuencia; incluso utilizando potentes prismáticos se observan edificacio­nes muy bien alineadas. Los primeros conoci­mientos que se tienen de las Islas Canarias fueron los que manifestaron muchos años an­tes de la era cristiana eminentes filósofos, ca­so de Plinio, Hornero, Virgilio, etcétera, los cuales las denominaron como Islas Afortuna­das, Las Hespérides y otros apelativos de gran elocuencia. No obstante, existen indicios de que las mismas fueran visitadas por los osa­dos navegantes del norte de Europa (daneses, finlandeses, noruegos, y otros pueblos origi­narios de esas zonas). De ser así, los turistas que arriban a nuestras Islas procedentes de estos países citados tal vez conocieran (es una hipótesis quizás creíble), por vía oral o escrita, las bonanzas de nuestras estimadas Islas, observadas por sus antepasados.

 

Ya en el siglo XVIII, naturalistas y científicos europeos que visitaban Canarias, como es el caso de Aleander von Humbold (1769-1859), insigne geógrafo e investigador ale­mán, que arribaban a nuestro Archi­piélago a estudiar sus endemismos, especialmente en lo relativo a su flo­ra y fauna, y en el caso del citado Humbold hasta sus corrientes marinas, ya dan fe de las bellezas y de las condiciones climáticas que poseían las Islas, haciendo hincapié con total relevancia de lo beneficioso de su clima para curar patologías bronco-pulmonares.

 

En 1880, dada la crisis que vivía Canarias, se empezó a considerar al turismo como alter­nativa económica. Las infraestructuras eran poco relevantes y sólo existían seis estableci­mientos hoteleros en Gran Canaria y ocho en Tenerife. En 1890 se construyeron los dos pri­meros grandes hoteles: El Taoro en el Valle de La Orotava y el Santa Catalina en Las Palmas. La mayor parte del capital invertido a tal efec­to, procedía de empresas inglesas. A partir de estos momentos, las inversiones e iniciativas, cara al turismo, empiezan a multiplicarse.

 

Entre los años 1900 y 1914, el turis­mo alcanza cierto desarrollo, con la creación de varios círculos de prooción: el Real Club Tinerfeño, La Sociedad de Fomento de Gran Cana­ria y Junta de Turismo, el Centro de Propaganda y Fomento de Tenerife, el Strangers Club de Gran Canaria, el Comité de Turismo del Valle de la Orotava, etc. Es notorio resaltar que la regularización de los servicios ma­rítimos internacionales, así como los de cabotaje interinsular, iban a facilitar la lle­gada de un turismo selecto que dejaba en las Islas un importante flujo de divisas. Estimo pertinente recordar que el tráfico marítimo in­ternacional adquirió una gran relevancia con las instalaciones en Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife de importantes empresas consignatarias de origen inglés (Hamilton y Cía, Petersón y Duque, Yeoward, Miller y Cía, Castle y Cía), también trajo grandes beneficios la ubicación en el edificio Miller a la entrada del Muelle de Santa Catalina, de una oficina de la Lloyd Británica que además de ser una rele­vante consignataria, gestionaba a nivel mun­dial los seguros de los fletamientos navieros más importantes. En esos primeros años reca­laban los primeros buques a vapor, de gran to­nelaje, especialmente al de Las Palmas, ya que la infraestructura era con diferencia supe­rior a la de Santa Cruz, sobre todo en lo relati­vo a la profundidad de los muelles que hacían mas factible el atracamiento, sin que existiera el peligro de encallamiento, ya que los buques de gran porte tenían una obra viva de gran en­vergadura, donde sobresalía la quilla que se ubicaba a gran profundidad. La mayor parte de los barcos que hacían rutas internaciona­les, (Souhtampton-Ciudad del Cabo en Sudá-frica) hacían escala en el Puerto de la Luz, cu­yos pasajeros eran en su gran mayoría britá­nicos los cuales subidos en las típicas tartanas recorrían la ciudad, donde hacían compras es­pecialmente en la calle Triana, por aquellos tiempos el centro comercial por excelencia de Las Palmas.

 

Los más significativos eran los Castles, los Yeoward, y en raras ocasiones algunos de la Cunard (armadores y consignatarios entre otros del Queen Mary y del Queen Elisabeth. Hasta hace unos cuarenta años los mayores barcos del mundo y ganadores sempiternos de la travesía del Atlántico, hasta que fueron destronados por el estadounidense United States, que les arrebato la cinta azul trofeo simbólico que se le entregaba al buque gana­dor con un diploma).

Superada la crisis de 1929, comienza a reac­tivarse la presencia de extranjeros y la afluen­cia turística que tendrá una dinámica fluctuante, debido a las coyunturas belicistas propicia­das por la Guerra Civil española (1936-1939) y de la II Guerra Mundial (1941-1945). El gran despegue turístico en las Islas comenzó en los años sesenta del pasado siglo, convirtiéndose en un fenómeno de masas y en el capítulo esencial de riqueza de Canarias (los ministros de Información y Turismo que más incidieron en la creación de la industria turística fueron Arias Salgado y especialmente Fraga Iribarne, a partir del año 1962, este ultimo fue el ver­dadero impulsor del boom turístico). A partir de esas fechas el turismo adquiere unas con­notaciones extraordinarias, con unas cíclicas crisis, como la que en la actualidad estamos sufriendo. El turismo es la industria más pun­tera de la economía española. Ha generado ri­queza y bienestar en el Archipiélago y a su am­paro han surgido con gran generosidad, im­presionantes núcleos urbanos, donde concurren centros hoteleros, extrahoteleros y establecimientos especializados en gastronomía internacional, nacio­nal y local, que le dan una impresio­nante relevancia a nivel mundial. Re­saltar que las concentraciones más relevantes en este aspecto, radican en las zonas sur de las Islas, así Maspalomas y Mogán sobresalen en Gran Canaria, Los Cristianos, Las Américas, Tenbel y El Médano en Te­nerife, y excepcionalmente el Puerto de la Cruz en el norte de la citada isla, al cual le revisten unas características dignas de resaltar dada las muchas edificaciones que todavía le dan a su parte antigua un contraste de simbología colonial, con relación a las modernas edi­ficaciones. Las Palmas y Santa Cruz también tienen en este contexto relucientes estableci­mientos de connotaciones turísticas de alto standing, y playas como Las Canteras y Las Alcaravaneras, en Gran Canaria y la de Las Teresitas en Tenerife, rematado todo ello con sus puertos y aeropuertos de prestigio internacio­nal.

 

Es interesante reseñar a modo informativo especialmente para los estudiosos del turismo en la isla de Gran Canaria, que a principios de; la década de los 60, Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo por aquel tiempo, inauguró el Hotel Folias, circunstancia que aprovechó para imponerle al Excmo. Sr. Don Alejandro del Castillo, Conde de la Vega Grande y de Guadalupe la Medalla al Mérito Turístico de Primera Clase.