Exportando Democracia

Emilio del Barco

La política se debería mover en el mundo de la lógica, para ser efectiva. Cuando sigue el camino de las creencias, pasa a la esfera de las fantasías. No podemos confundir las previsiones con las profecías. Aún cuando, para avanzar en ciencias políticas, se haga necesario acudir a la imaginación, cuando se mezclan términos políticos con religiosos, se está jugando sucio. Nadie, en política, es portavoz del Altísimo. No conozco a ningún ángel metido a político.

Quienes pretenden hacer política evocando el nombre de Dios, engañan. Sobre todo, porque el concepto de Dios que cada uno tiene, no es idéntico en todas las mentes. No nos fiemos de políticos que pretendan hablar en el nombre del Señor. El Señor del Universo, de la Eternidad, no puede tomar partido temporal por una sola opción que se escude tras su nombre. Si así lo hiciese, perdería la universalidad y la atemporalidad. Sería parcial. Quien eso pretenda, juega con lo sagrado, haciendo trampas. Empequeñece a la divinidad, al transformarla en confidente partidaria de quien pretende una preeminencia innoble, sobre todos los demás seres humanos.

Estos gobernantes, sitúan las creencias por encima y por delante de la ciencia. No están interesados en que sus gobernados sean sujetos pensantes, racionales, críticos. Prefieren tener meros comparsas vociferantes a su alrededor, que reverberen como letanías las palabras del jefe endiosado.

La proliferación actual de líderes mundiales que basan sus doctrinas políticas en ideas religiosas manipuladas, para reconvertirlas en credos fanatizados, es asombrosa. Pretenden un regreso a la Edad Media, al tratar de invalidar los progresos de la razón. Pues, la gente que razona representa el mayor peligro para quienes se glorifican cultivando la ignorancia.

Si apoyamos soluciones parciales, no contribuimos a la solución total, sólo alejamos su consecución. A mayores problemas, apliquemos mayor ingenio. La superación de las dificultades es un reto humano. La clave del progreso.

Las ayudas a pueblos con problemas, deben ser puntuales, lo indispensable para superar con menos desventajas los momentos difíciles, pero nunca se pueden constituir en soluciones ortopédicas que, una vez instaladas, les impidan marchar por sí mismos, a iniciativa propia. Cada pueblo debe decidir qué camino seguir en la encrucijada. Si cercenamos iniciativas autóctonas, queriendo implantar nuestras propias ideas, los colocaríamos al albur de ‘salvadores’, dictadores, explotadores, y sus equivalentes actuales.: Gente que sabe usar en beneficio propio los problemas ajenos.

El desplazamiento de los pueblos conduce a su derrota y desaparición. No se puede basar una política de protección a un pueblo en el desarraigo de su medio natural. Eso, en vez de protegerlo, contribuye a su exterminio.

Ni Europa, en concreto, ni la ONU en general, están siendo efectivas en la salvaguardia de los derechos de las etnias balcánicas. Por no hablar del pueblo palestino, desposeído de sus tierras. De los saharauis, condenados a ser nómadas, por toda la eternidad. O de los numerosos pueblos africanos que, una vez desplazados, son rechazados, sucesivamente, en todos los sitios donde llegan. ¿Con qué dios los podemos consolar?, ¿con qué democracia los podemos dotar? De poco sirve alimentar y curar hoy a quien ha de ser perseguido y bombardeado mañana. La ONU debería reorganizarse de forma realmente democrática, sin vetos, siempre interesados. Así es posible que podamos acercarnos a poder ofrecer algo de justicia a los pueblos oprimidos, que son muchos. No podemos dejar la política internacional en manos de unos pocos iluminados, que dicen ser confidentes divinos y resultan megalómanos ególatras.

Agüimes, 25/08/2005