Extinciones

Emilio del Barco

Las religiones han seguido siempre a los imperios. El Catolicismo llegó a América como compañero de viaje de los conquistadores. Igual que la Iglesia Anglicana se extendió siguiendo las huellas de las tropas inglesas. Las creencias han sido siempre utilizadas como un arma más de sumisión y conquista. Toma y daca clásico. Apoyo mutuo. Siempre que se trate de anular la civilización instalada en el territorio conquistado. Donde llega un ejército más destructor que el local. Las civilizaciones, más que extinguirse son aniquiladas. Aunque también es verdad que, al perder el poder político, la fe en los dioses perdedores se va apagando. Las creencias religiosas ayudan a gobernar imperios, poniéndose al servicio del poder establecido.

Haciendo cumplir sus reglas, ponen límites a la expansión del espíritu, a la rebeldía social y a la proliferación de conocimientos, que puedan poner en peligro la doctrina oficial. "No seréis como dioses", dice la Biblia. Querer saber algo más siempre, es considerado, religiosamente, pecado de soberbia y vanidad, la tentación de Belfegor, demonio del orgullo. La cúpula del poder monopoliza la potestad de tener iniciativas y pensamientos innovadores. Derechos que se niegan al resto. Con lo que se llega a la masificación del ‘no-pensar’, para no pecar. En ese sistema, el mayor mérito es la obediencia.

El camino a seguir, siempre nos viene marcado por quienes nos precedieron. No podemos partir de cero, pero sí deberíamos poder dudar de todo cuanto nos han enseñado a creer, para afianzar nuestros conocimientos. Sin cuestionamientos y riesgos, no hay avances. A veces, la historia de los conocimientos ha sido un continuo retornar a épocas anteriores. Debido a condicionamientos ideológicos impuestos desde el poder político o religioso, tanto monta, se han coartado los avances de la ciencia y de los conocimientos en general. Ejemplos hay muchos. La misma existencia histórica del Índice vaticano, muestra que en él han estado incluidos gran parte de los libros que osaron ir algo más allá de los límites fijados. Hablasen de filosofía, literatura, derechos, o ciencia. Daba igual. O se adaptaban, o desaparecían. La realidad habla por sí sola. La censura estatal no ha sido menos eficaz en el pasado. Decir en público que Josué no pudo parar el Sol, para un asunto tan nimio como ganar la insignificante batalla de Jericó, como se asegura en la Biblia, era considerado blasfemo. Lo que podía pagarse con la cárcel, o algo peor. Tales dudas no eran admitidas como una simple disensión científica.

Tales de Mileto predecía eclipses, seis siglos antes de Cristo. Y los sacerdotes egipcios calculaban exactamente, antes de Moisés, qué día comenzaría el desbordamiento del Nilo, para poder fijar el calendario religioso. Pero, la llegada del Cristianismo supuso una vuelta atrás en el tiempo para todos los campos de la ciencia. Ya san Pablo comenzó poniendo broche de oro a sus prédicas, pidiendo a los fieles que le aportaran los libros que pudiesen tener en sus casas. No para ilustrarse, sino para quemarlos en público, como si de un rito de purificación se tratase. Lean los Hechos de los Apóstoles. El saber acumulado en la antigüedad fue calificado como ‘artes mágicas’, inspiradas por Satanás. Había que destruirlo. Con tales comienzos, se comprende el agujero negro en que cayó la sociedad medieval europea, donde triunfó el Cristianismo de los primeros tiempos. El fuego purificador continuó ardiendo durante siglos. Con él desaparecieron todas las civilizaciones clásicas de su tiempo. El misticismo militante se impuso a golpe de espada. Tal como se quiere reintroducir, actualmente, en el Oriente Medio. Precedido de mentiras y obuses. Las prisas por llegar, conducen por atajos con pasado, pero sin futuro. La energía no puede ser destruida, sólo transformada. La creencia mística es la antítesis de la razón y la ciencia.

delbarco23@hotmail.com

Agüimes, 19/03/2005

**Redacción: primero a Canarias y luego a América