Extranjera en mi
tierra
M. E.
En
mi casa del sur, estoy rodeada de extranjeros que apenas respetan nuestras
costumbres y, la mayoría, desconoce el idioma oficial.
Tengo
enfrente, en un reducido habitáculo, una comuna de chinos que se reúne, pasada
la media noche, con las puertas y ventanas abiertas, mientras alegremente se
preparan la cena. Algunos utilizan la piscina de bañera y frotan su cuerpo,
como si nunca se hubieran lavado.
Al
lado de los asiáticos, unos ingleses regresan de sus juergas, poco antes del
alba, y parlotean en la avasalladora lengua del imperio, una media hora, antes
de entrar en su vivienda. De nada sirve que les llame la atención porque, como
no hablan español, ni te hacen caso, pero, si por la mañana les molesta la actividad
cotidiana del día, salen al balcón muy cabreados, con
el vecindario, por haberles despertado.
Por
la derecha, adosada a mi vivienda, cohabita una adusta alemana que cuida y da
de comer a una camada de gatos confianzudos. Hacia la izquierda, un indio musulmán
comparte su nido con una mujer gritona y adicta a todo tipo de animales.
En
mis andanzas por el litoral, me encuentro siempre con un corpulento negro, en
un local de copas, que me insulta a gritos, cuando me niego a entrar en su
tugurio. Además, en la mayoría de los bares y restaurantes regentados por
extranjeros, la carta sólo está en inglés, y muchas veces, no entienden nada de
lo que pides, porque no les da la gana de aprender nuestra lengua, aunque
llevan años viviendo aquí.
En
fin... Mi pobre tierra canaria está siendo invadida por miles de personas, que
entran impunemente por mar y aire –y no precisamente en pateras y cayucos-, y
palmo a palmo, la peculiaridad del paisaje, así como la de nuestra forma de
ser, se va difuminando entre el cemento y la variopinta multitud.