EL
ROCAMBOLESCO RAPTO DEL VIEJO CASALE
Roberto
Fernández
Los
ecos por el fallecimiento del humorista, escritor y creador FONTANARROSA
traen un cuento del que extraje la
parte esencial, debido a la argot extremadamente popular que empleaba el autor,
en estos casos, y lo inmensamente extenso del mismo.
- Se trata de un grupo de amigos que se
conocen por largas reuniones de ocio en algún bar o club del barrio. Todos fanáticos y
asistentes (hinchas) a partidos de fútbol de un club de Rosario- ciudad a
Estaba programado un encuentro entre estos dos
equipos en el estadio monumental de River en Bs As. Supersticiosos y por algunas fantasías arraigadas, temían perder el partido y buscaron
un amuleto o talismán que los protegiera. Convencidos que un viejo llamado
Casale era una
garantía para el éxito, porque cada vez que asistía, el
equipo ganaba, deciden visitarlo e invitarlo a viajar. Lo cual éste rechaza por
la prohibición del médico "preocuparse por el fútbol" a causa de
un infarto reciente. “Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al
viejo Casale, o si no aguantarse que quince o veinte
años después, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de Lepra los nacidos
después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que
sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano, te juro.
“El que organizó la “Operación Eichmann”,
como lo llamamos, fue el Colorado. Lo llamamos así por ese general alemán, el
torturador, que se chorearon de acá una vez los
judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo
muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado
ya no estaba para ese entonces en
“Y te la cuento porque es linda, no sé si un día de
estos no aparece en el “Selecciones” y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para
Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale.
Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatrocientos, lo único que
lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la
calle San Luis. O sea, que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o
San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño,
que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la duda era si el viejo se
iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba,
pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus, porque auto no tenía y seguro
que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él,
seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había
dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas, o sea
que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el
partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa
Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del
partido con el quilombo que era la ruta y en un
ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por
ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para
Buenos Aires, o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.
“Después hubo que hablar con los otros muchachos,
porque convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le
contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colora manejó la cosa como
un capo, un maestro. El asunto era así: el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus,
está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305.
Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que
conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el
número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305
y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el monumental el día del
partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo
sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima
madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.
“Entonces, el Rulo, con los monos arriba y nosotros, tenía
que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España,
estacionado. Y el miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un
boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el miguelito apostado en el boliche
haciéndose el boludo y junando
para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros
hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.
“Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde
seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso,
el pobre viejo, el Miguelito cazó una vespa que tenía en ese entonces, dio la
vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de
atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha. Ya les habíamos
dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas,
que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros
también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos
traseros, haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulover, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto. Te
digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el
25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y
esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los
termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que
medía
“Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie
quería darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos
todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus
hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el
auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno,
así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero,
cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo
“en la esquina, jefe.”. Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se
podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más
adelante y el viejo se la comió, pero se quedó
paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, “en la
esquina”. Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y
ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! fue
como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo
habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las
cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, “¡soy Canalla, soy Canalla!” por las
ventanas.
“Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que
la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera,
porque los grones, con lo quilomberos
que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando
llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear
las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo
con la bocina.
“¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay
nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos
y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a
tiros? ¿que levantan la lona y estaban todos adentro
haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se
transformó en un quilombo, un escándalo, una de
gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta!
porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando
que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te
saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún Lepra, a las perdidas,
te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso.
Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento
crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía
adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban
y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió
a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de
“Mirá hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener
en mentirte, hoy por hoy? Mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo
era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de
mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por
la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la
hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu
y se bancó toda la espera del partido, que fue más
larga que la puta que lo parió y después se bancó el
partido. Estaba verde, eso si, y había momentos en que parecía que vos lo
pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo reojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo
busqué, lo busqué porque fue tal el quilombo y el
desparramo cuando el Aldo la mandó adentro, que yo ni sé por dónde fuimos a
caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero
después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado
a un grandote en musculoso casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me
dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me
acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el Upite,
hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos,
nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a
pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡qué
si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡nos ganaban esos hijos de puta! ¡nos
empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refocilar el orto
porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡qué manera de alambrar!
Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el
Flaco Menuttl que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos
no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se
rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva
que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y
besarle el culo al flaco ése ¡Qué pelota le sacó a Silva! ahí nos infartamos
todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en
el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco,
pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te digo, te
digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale
ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de
ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido,
hermano.
Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al
viejo Casale como lo vi yo
cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que
no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga
si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de
felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo!
¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día
fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos
el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo
era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al
suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que
todos pensamos; “¡qué importa!” ¡qué más quería que
morir así ese hombre! ¡esa es la manera de morir para
un Canalla! ¿iba a seguir
viviendo? ¿para qué? ¿para
vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un
ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así,
hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con
la alegría de haberle roto el orto a