El fantasma del insularismo
Juan Manuel García Ramos
El pasado día 18 del mes en curso, avanzada la noche, recibí una llamada telefónica de Lorenzo Olarte. El ex presidente del Gobierno de Canarias y amigo me daba cuenta de su preocupación por cómo se estaban poniendo las cosas en Gran Canaria, pues su olfato de león veterano le decía que la temperatura insularista se disparaba en su isla y que los viejos oficios de tinieblas del pleito entre Gran Canaria y Tenerife volvían a tiempos ya casi desterrados.
Olarte, conocedor de tantas cocinas políticas, aparte de sus respetables caldos de pescado y de sus otras virtudes de fogón, me preguntaba cómo veía yo la idea de impulsar una suerte de "Pactos de la Moncloa", un consenso general de las fuerzas políticas canarias con el objeto de poner término a los emergentes discursos insularistas -no hablemos de los dobleautonómicos-, y de regresar a los entendimientos siempre posibles, a pesar de las naturales discrepancias, entre partidos que defienden ideas, valores y principios diferentes.
La advertencia me pareció lógica y los caminos para superar la situación, oportunos.
Después de muchos años de matrimonio feliz, la ruptura de José Manuel Soria y ATI ha desencadenado la caja de los truenos de la guerra entre las islas capitalinas. Pero, a mi entender, se parte de un error crucial: cierta opinión mediática, y hasta política, tiende a identificar a Soria con toda Gran Canaria y a ATI con todo Tenerife. Y digo Soria y no el PP de Gran Canaria porque, como todo el mundo sabe, el liderazgo personal del presidente del Cabildo de Gran Canaria no tiene parangón, como tal liderazgo personal e intransferible, con sus adversarios de Tenerife: ATI es una camarilla, no una persona.
Y ni Soria es toda Gran Canaria, gracias a Dios, ni ATI es toda Tenerife, gracias de nuevo al Altísimo, porque, si así fuera, no tendríamos más remedio que aceptar que nuestro pueblo avanza en la historia como los cangrejos, es decir, para atrás.
Siempre le he oído decir a mi admirada María Rosa Alonso que el pleito es nuestra tradición, desde el siglo XVI de Viana y Cairasco, en poesía, desde los siglos XVII-XVIII de Núñez de la Peña y Pedro Agustín del Castillo, en materia histórica, desde el XVIII mismo de los dominicos y agustinos rivalizando con el asunto universitario de fondo, desde el siglo XIX de la Junta Suprema de La Laguna y el Cabildo de Gran Canaria, en lucha por la monocapitalidad, y desde el siglo XX con la división provincial. En definitiva, el pleito es el error del pasado a corregir. Ni más ni menos.
Acaso para animarnos a superar esos desencuentros, Marcos Guimerá Peraza, no sospechoso de casi nada, nos ha dejado su magnífico libro, donde queda de manifiesto que las luchas intestinas del Archipiélago no han hecho sino socavar una identidad fugitiva e impedir una vida en común donde prevalezca la necesaria cooperación y el fecundo entendimiento entre las islas. Una tristeza.
Años y años declarándonos guerras civiles entre insulares con los mismos orígenes, la misma historia, las mismas instituciones, la misma sociedad, mientras otros comerciaban, a nuestras espaldas, con nuestros recursos y nuestro mismo futuro.
Todo eso hasta el día de hoy, en el que podemos leer cómo empiezan a cambiar las fichas de la partida del Magreb con unos Estados Unidos cada vez más cercanos a Argelia, donde invierte y establece lazos comerciales, gestos que bien podrían contribuir a resolver el problema saharaui y a despejar las muchas incógnitas que gravitan sobre lo que sucederá en el área geoestratégica donde Canarias está situada. O con la que está cayendo en la Unión Europea desde el fracaso constitucionalista.
Ocurren muchas cosas trascendentales a nuestro alrededor en estos momentos y a nosotros no se nos ocurre nada mejor que echarnos al monte del insularismo para repetir afrentas y dispensarnos los mejores insultos.
Hace unas semanas en Gran Canaria, en el Congreso Constituyente de Nueva Canarias-Nueva Gran Canaria, dije en alta voz que todos teníamos que cuidarnos de caer en la tentación del insularismo, porque el insularismo es el enemigo público número uno del nacionalismo canario desde hace quinientos años. Y, si quieren ustedes también, de cualquier movimiento regionalista serio, como el impulsado a principios del siglo XX por un hombre tan poco estudiado como Manuel Ossuna van den Heede.
Ya que el insularismo de ATI ha retrasado el proceso de confluencia nacionalista en las Islas desde 1993, al menos, y sigue inspirando a otros con sus decisiones gubernamentales caprichosas e innecesarias (Saturno, Hecansa, Socaem, negativa a aprobar una Proposición no de Ley para las carreteras del norte de Gran Canaria), no caigamos en ese juego, a pesar de las provocaciones.
El Archipiélago es la Casa de todos los canarios y estamos escasos de mentalidades políticas que sepan adecentar esa Casa y cuidar de su supervivencia en libertad y del bienestar de sus moradores. Por eso, y siguiendo con la metáfora arquitectónica fácil, necesitamos saber qué dimensiones tiene la Casa, dónde están sus lindes; cuántos cabemos en ella; procurar que sea una vivienda segura donde no reine el desorden; debemos saber cómo sacarla adelante, con qué imaginación económica; cuáles son nuestros ingresos y nuestros gastos; cuidar sus jardines y sus rincones históricos; y saber, además, con qué vecinos nos interesa llevarnos mejor.
El que adecentemos y cuidemos la Casa, la nación canaria, como ya la llamó Viera y Clavijo en el siglo XVIII, sin los complejos que algunos sienten todavía, tres siglos más tarde; el que adecentemos nuestro domicilio colectivo no quiere decir, por supuesto, que obviemos y desatendamos cada una de sus habitaciones insulares.
Pero ha de prevalecer el conjunto por encima de sus partes si queremos estar con los tiempos de un mundo tan interconectado tecnológica, económica y políticamente como el que nos ha tocado vivir.
El Estatuto de Autonomía de 1982 ha sido el primer documento jurídico-político que nos ha permitido vernos de verdad como un solo pueblo en marcha y con posibilidades de situarnos con dignidad y esperanza en el contexto del espacio europeo e internacional sin dejar de saber dónde nos situó la geología en su momento.
No echemos por la borda todo lo elaborado hasta aquí porque algunos de nuestros representantes políticos hayan decidido abrevar coyunturalmente en el charco pútrido del enfrentamiento por el enfrentamiento, del oportunismo pleitista.
Se impone en todas las fuerzas políticas un discurso por encima de las islas, sin menoscabo de ninguna de ellas, sólo eso faltaría, pero también sin caer en la demagogia fácil que tanto daño le hace a nuestra gente, esa gente que no distingue entre chicharreros y canariones, que viaja hoy cada vez más entre islas y que anhela líderes políticos que no los hagan regresar al pasado, sino que los ayuden a construir el futuro de sus hijos, tan precario, por otra parte.
Tenía razón el amigo Olarte: todos hemos de poner de nuestro lado el esfuerzo suficiente para frenar la fiebre insularista que nos amenaza y nos empobrece.
Aquí está mi cuota.