Federalismo y Estado plurinacional

Juan Jesús Ayala

Sería interesante señalizar las relaciones existentes entre estas dos categorías socio-políticas, porque daría respuesta al debate que existe en la sociedad española y en el Estado español. Desde posiciones mediatizadas y de marcado tinte político, y por lo tanto sesgadas, se mantiene que el debate sobre el federalismo no cabe en la España de hoy, porque el modelo de Estado de las Autonomías cumple con esta concepción y que por lo tanto no hay lugar a dudas que España es un Estado federal. Exultante falacia porque las diferencias son ostensibles y quizás la fundamental sea que las comunidades autónomas nunca han funcionado ni podrán hacerlo como unidades constituyentes. Y, además, mantienen, que España es lo que es una nación y no cabe dentro de su tripa ninguna otra nación.

Sin embargo, la sociología y la realidad cultural no van por ese camino y las diferencias culturales orientan que el Estado español es plurinacional. Cuestiones éstas que deberían estar claras para los que se empeñan en ir por otros caminos, ahondando conflictos entre unos y otros y entorpeciendo que se vaya hacia los estadios favorecedores de un verdadero entendimiento y concordia nacional.

El federalismo, y así lo manifiestan aquellos que se dedican a su estudio desde el más puro academicismo, sólo puede ambicionar ser una vía para resolver y superar la confrontación nacionalista. La cultura nacionalista defiende el nosotros y la cultura federal es imposible sin el otro. De ahí que los primeros que deben dar un paso hacia una cultura federal deben ser los que están ubicados en posiciones nacionalistas. Pero, dejando atrás los llamados nacionalismos dominantes, ya que sí es así las diferencias y las pretensiones de unos y otros serían diferentes y emergerían agravios comparativos desagradables que enllentecerían el proceso.

¿Qué impide que dentro de un mismo territorio y bajo un ordenamiento jurídico compartido puedan convivir las naciones que conforman el Estado plurinacional? En principio nada debe oponerse a esta propuesta. Lo que se debe comprender es que modelos que en su día amparados en la Constitución de 1978 fueron necesarios para desarrollar una manera de ser, de pensar y de hacer política para situarse dentro del paradigma de la democracia hoy, hay que decirlo, están obsoletos e inoperativos. Y por más que muchos se afanen en decir todo lo contrario, no se avanzará si desde dentro no se movilizan las ideas para transitar por el federalismo, arrastrando consigo la relación entre el nacionalismo y estado plurinacional. Con ello, al no ser así en estos momentos estupurosos de la historia estamos en un impasse y un estancado padecimiento socio-político.

Y digo padecimiento porque es la evidencia; y cuando existen enfrentamientos dialécticos de virulencia extrema entre los poderes que representan al Estado, la oposición y los distintos nacionalismos, lo que se logra es huir del epicentro de cada uno por lo que cuando se intenta poner un nuevo modelo en la mesa del debate se le entorpece, torpedea y hasta se aplauden manifestaciones militaristas que parece dan amparo y cobertura a ciertas ideas ancladas en el pasado.

El federalismo será capaz si de una vez se entiende su hechura política para transitar por una vía real, la única, para resolver y superar la confrontación nacionalista; si no se hace así pasará que unos nacionalismos, bien el centralista o el periférico, quedarán como un pero del que piensa que tiene derecho a más y un recelo de quien piensa que ha cedido de más. Y ahí está el error.

Y por ese error se transita, unos, llámense catalanes, vascos y gallegos que piden blindajes aquí y allí y otros que se oponen a ellos y piden más de aquí y de allí por lo que metidos en el cogollo de esa confrontación sólo se conseguirá se pare o retrase el nuevo modelo. Lo que motivará si no impregnamos la cultura nacional y nacionalista de cultura y política federal que continuemos en una manifiesta contradicción entre las diferentes partes de un todo insertadas en el Estado plurinacional y entraremos en una época de despiste político. Y a pesar de que nos miremos en Europa como el mejor espejo para dar brillo a nuestra imagen, ésta se difuminará por posicionamientos unas veces erróneos y otros, la mayoría, perfectamente calculados para quedarnos en el sitio de siempre.