El Día, 19-04-2005

Desde Dentro

El fin de las estrellas

Ricardo Peytaví

Suele comentarse, en tono jocoso, naturalmente, que más allá de sus múltiples facetas, los norteamericanos sólo tienen una religión y una profesión: el sexo y las ventas. En lo primero no entro, al menos hoy. Respecto a lo segundo, si es cierto -y pienso que en gran parte lo es-, parece que por estos alrededores algunos están empeñados en imitarlos. Esencialmente para no perder el tren de la modernidad, debe ser. El caso es que proliferan minoristas de cualquier tipo dispuestos a endosar cualquier cosa. Desde retratos al óleo hasta motos sin ruedas. O consejos políticos.

Desconozco con certeza -nada más lejos de mi intención- quién llama por las noches a Paulino Rivero, o a cualquier líder de CC, para venderle ideas. Aunque me lo imagino. Quizá el mismo que le aconsejó a Ricardo Melchior, y compañía, acudir a la manifestación contra la línea de Vilaflor, con los brillantes resultados de la comparecencia. A vista de lo ocurrido en el País Vasco, parece que la recomendación de arroparse con la bandera de las siete estrellas está condenada a la misma gloria. Se trata, en cualquier caso, de un rudimento fácil de colocar porque los nacionalistas están dispuestos a comprarlo: ante el desastre que supone la división interna, la falta de gestión competente por parte del Gobierno autónomo y la ausencia de cualquier perspectiva sobre un futuro no necesariamente mejor, nada más eficaz que subirse al monte del soberanismo. Después de todo, ni a los vascos ni a los catalanes les va del todo mal. O al menos no les iba hasta el pasado domingo.

El caso es que la moto de la bandera, no ya sin ruedas sino meramente reducida al manillar y espejo retrovisor, la ha comprado CC. O por lo menos la tiene reservada en el concesionario para matricularla en el congreso de fin de mes. No obstante, en estos momentos conviene pensárselo. Si después de tanta bravata Ibarreche y su plan han conseguido cuatro diputados y 141.000 votos menos que en 2001, no le veo demasiado futuro a los radicalismos vernáculos. Sobre todo en las Islas, donde la exaltación patriótica no alcanza los niveles de otros parajes.

Durante meses me he preguntado cuánto tardaría el nacionalismo canario en dar el salto desde el marco constitucional, que hoy defienden sus principales líderes, a la reivindicación de la soberanía. Pensaba que tal mutación ocurriría apenas se agotara el discurso actual. Cuando ya no haya más que ofrecer en los mítines, en las declaraciones a la prensa o en las entrevistas televisadas -eso suponía-, CC seguirá a vascos y catalanes en la senda de la autodeterminación, sin que tal paso sea consecuencia necesaria de un planteamiento ideológico. Simplemente responderá a necesidades menos confesables, que en el fondo sólo buscan encender a las masas para perpetuar la cuota electoral y mantenerse en el Poder. No obstante, a la vista de lo ocurrido el domingo en las Vascongadas, parece que la gente empieza a estar cansada de tanta reclamación sin más contenido que un simbolismo trasnochado. Lo que quiere todo el mundo es cobrar la pensión, ser atendido en los hospitales y andar por la calle sin miedo a la delincuencia. Con independencia de quién administre la Seguridad Social, gestione la sanidad o uniforme a la policía.

rpeyt@yahoo.es