La fin del mundo
Juan Manuel García Ramos
Cuando, en mi infancia, yo oía
hablar del fin del mundo en femenino: la fin del
mundo, pensaba que se trataba de algo mucho más terrible. Nunca supe por qué esa
alteración del género del artículo imprimía tantas dosis apocalípticas a la
expresión.
Ya de mayor, tras mis estudios filológicos correspondientes, pude enterarme de
que esas desviaciones del español normativo eran una simple cuestión dialectal.
En el capítulo veinte de la segunda parte del Quijote, Sancho habla
también de "la fin del mundo" en natural referencia al día del juicio
final de los cristianos.
Sea en masculino, sea en femenino, lo cierto es que ese clausura amenazante de
la historia de la humanidad fue algo que siempre me impresionó y me robó muchas
horas de sueño.
Esta última semana se ha vuelto a hablar del fin del mundo, aunque esta vez
vinculado a una autoridad científica que no nos deja indiferentes.
Una exposición de manuscritos del físico y matemático inglés Isaac Newton
(1643-1727), organizada por
Al parecer, y tomando como base el libro del profeta Daniel, del Antiguo
Testamento, esa desaparición de toda vida sobre
Es decir, en el año 2060 todo habrá terminado, según la descodificación que
Newton lleva a cabo de las escrituras sagradas.
El documento donde el padre de la física caligrafía este cálculo fue adquirido
por el investigador orientalista Abraham Salón Ezekiel
Yahuda, en una subasta celebrada
en Londres en 1936, y entregado al Estado de Israel en 1951, que lo depositó en
1969 en
Las aficiones teológicas y alquímicas del gran científico británico se nos
descubren ahora en todo su esplendor y exotismo para demostrarnos que la razón
científica del periodo ilustrado no estuvo reñida con la fe en otras doctrinas
y prácticas más cercanas a hechos menos comprobables.
Traigo a mi memoria ahora algunas observaciones hechas en su día por el
pensador y político italiano Claudio Martelli, quien
fuera mano derecha del depurado Bettino Craxi, en las que nos advertía que
Para Martelli, ni siquiera
Hasta el mismo Goethe, pagano e ilustrado, reconoció
el mérito fundamental del cristianismo en su capacidad de reconciliarnos con el
dolor, los dolores de la vida y de la muerte.
La personalidad de Isaac Newton nos demuestra una vez más lo unidas que
estuvieron ciencia y religión, razón y magia, en un momento determinado de la
historia con minúscula y de
Pues no sólo fue la lectura del libro de Daniel lo que preocupó a Newton;
también hemos sabido ahora que cultivó con fervor la alquimia y que persiguió
el descubrimiento de la piedra filosofal o del polvo de proyección, del
producto alquímico que transmutaba los metales groseros en oro purísimo, un oro
que serviría además como remedio universal para todos los males padecidos por
hombres, animales o plantas.
Con los manuscritos originales expuestos ahora en
El hallazgo de ese nuevo perfil de Newton no hará sino incrementar el negocio
de la astrología en nuestro planeta, un negocio que mueve en las sociedades
industriales occidentales, según cálculos bastante aproximados, unos
veinticinco millones de dólares al año, y no digamos ya lo que pueden suponer
las actividades astrológicas en otras partes del mundo no tan vinculadas a la
cultura de la razón.
Según George Steiner, el
número de astrólogos en ejercicio en Estados Unidos es el triple del número
total de hombres y mujeres inscritos en el colegio profesional de física y de
química, y la literatura astrológica inunda librerías y copa índices de venta
en sus más variadas modalidades, entre las que cabe destacar la bibliografía de
Paulo Coelho, que sabe mucho de ese filón.
Tampoco los racionalismos ilustrados de Voltaire o
decimonónicos de Carlos Marx están para presumir
mucho. Voltaire profetizó hace trescientos años que
la tortura no volvería a ser un instrumento político usado por Europa o el
mundo occidental, y Marx prometió una felicidad que
Ni la razón, ni la ciencia, ni la tecnología han contribuido como se esperaba a
la solidaridad humana. Y en los intersticios abiertos en esas esperanzas
maniobran los astrólogos de nuestros días, los ocultistas, los falsos
orientalistas.
No hemos sabido nunca qué vinimos a hacer a este mundo ni por qué nos vamos de
él sin que nadie nos dé una explicación.
A lo mejor sería menos traumático irnos todos juntos de una sola vez, como
anuncia el fin del mundo, o la fin del mundo, y así el trance sería algo más
festivo y llevadero.
Ahora sabemos que Newton no se conformó con sus inducciones y deducciones
científicas, sino que echó mano de sabidurías menos objetivas para transitar por
un mundo en el que quizá se sintió tan ajeno como nos sentimos cada uno de
nosotros.
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