España
me tiene fóbico
*David
A. Fajardo Rodríguez
La única manera de salvarnos es levantarnos, unirnos y
reclamar nuestra soberanía, si no, seguiremos vagando en la oscuridad, pues,
como dijo en su día Benedetti: el enemigo seguirá siendo siempre el mismo cráter, todavía no existen
volcanes apagados […]
Noche de sábado; las ululantes masas juveniles
proceden y sucumben a sus rituales semanales de sábado y vida nocturna,
comienza la ingesta masiva de Etanol encubierto como “suaves cócteles” ,
también el consumo de otros estimulantes que se ingieren por las vías que
usamos para respirar; las aceras empiezan a portar un decoro de asquerosos
vómitos, los “chandaleros” de burbujeantes testosteronas intercambian algunos
golpes con sus puños, llenos de osados anillos de oro, no ganados propiamente
con el fruto del trabajo.
Las mujeres se visten de manera sugerente, con la
misma cantidad de tela que contiene una bayeta de fregar, se produce alguna que
otra violación, por supuesto no se hacen públicas para no crear alarma social,
y en estos macro-festines, nadie está exento de ver el más alto nivel de
degradación moral, cuando dos descarados -como si fuesen burdos animales-
copulan en público.
Por las carreteras aparecen como balas, coches que
desprenden destellantes luces de neón “azules” y una música a un nivel de
decibelios que debe -por narices- afectar a la capacidad auditiva de cualquier
ser humano.
¡No!, no hay botellón, ya no, esta prohibido, aunque
estas masas juveniles han clamado protestas a nivel nacional, concentraciones y
escritos con el fin de que vuelva a ser permitido; es curioso, pero haciendo
una reminiscencia -a través de lo leído y escuchado testimonialmente-, antiguamente,
las juventudes hacían concentraciones por la defensa de los derechos laborales,
contra el capitalismo y el clasismo, contra los cambios en la ley de educación
y un largo etcétera que conforman una gran trayectoria de lucha y activismo
juvenil; ahora lo hacen, pero en defensa del botellón y el teatro de
degradación al que este fenómeno conduce.
Me han llegado a contar que, hace unas décadas, las
juventudes universitarias poseían -no todos pero sí en su gran mayoría- un
carisma y personalidad definida, acrecentaban sus melenas como distintivo de
rechazo, hacían extravagante sus vestimentas y a la par comprometida con las
ideologías, llenaban sus carpetas con la imagen del Che, esa famosa imagen que
korda un buen día inmortalizó, pegatinas con el símbolo de la paz y de la
honorable, pulcra y bella bandera de las siete estrellas verdes… pero ahora,
cuando le miro la carpeta a cualquier muchachuelo compañero de facultad, lo
único que veo es una pegatina con el eslogan consumista: póntelo, pónselo. De
pena.
Pues en esta noche de sábado -con la intención de
dejar una estela de contraste- aquí me hallo, con la incisiva luz de mi flexor
apuntando al libro que portan mis manos, leyendo y subrayando con ansia un ensayo
de Focault, sobre la mesa un café que contiene la carga de cafeína suficiente
para mantenerme despierto mientras acabo con esta obra, y sobre mi escritorio,
el grisáceo portátil que desprende de sus altavoces, suavemente, una melodía de
Wagner; ¿no es más preferible esto que ceder a las tretas colonialistas que
ofrecen a la juventud el masivo sedante de noche/droga/fiestas/desfase? Es
triste asumir que esas juventudes sedadas, nubladas, robotizadas y, por lo
tanto, tornadas para no pensar serán la columna de Heracles del futuro canario.
Pero sucede que (en esta noche de Sábado) en una de
las estanterías que tengo al frente, un libro me llama la atención de una
manera especial, es un manual de fobias, como saciador de curiosidad que soy,
le echo un vistazo y cual es mi sorpresa cuando me doy cuenta de que me siento
identificado con muchísimas de esas fobias -a nivel figurado pero con un giro
realista- siendo España el agente
patológico causante de dichas fobias y, probablemente, estas fobias son
padecidas por el resto de canarios despiertos y críticos para con las realidades políticas, económicas,
sociales. etc.
Puestos a explorar, comparto estas irónicas fobias que
padezco…
La primera de estas fobias es la pirofobia, sí, la fobia al fuego; creo es normal que la padezca después
de ver como -hace escasas semanas- media
isla ardía como el petróleo, mientras los bomberos de turno permitían la
proliferación de ese fuego. Bomberos inútiles, que para sentirse exentos de
culpa y así apagar el fuego de sus
conciencias, repetían constantemente en aquellos angustiosos momentos la frase:
“esperamos órdenes” y mientras esperan órdenes divinas se dedicaban a tocarse
ciertas partes erógenas de su cuerpo cuando frente a sus ojos las ovejas,
baifillos, gallinas, cochinos, perros, casas, terrenos, cosechas… y patrimonio de
vida de pastores y no pastores se reducía a nada o a escombro y polvo.
Ésta es una fobia que no puedo evitar y que va en
aumento, más aún, cuando sé que para apagar estos fuegos no se cuenta con los
pueblerinos o gentes del lugar, sino con un rebaño de godos sevillanos que
vienen aquí a beberse el roncito canario, mamando dietas y suplementos económicos
por estar fuera del territorio geogodográfico
peninsular.
Me tiemblan las piernas (síntomas fóbico) cuando
imagino la fecundidad del campo y las cumbres dependiendo de cuatro repeinados
(que se dedican a decidir como repoblaran lo incendiado), recién licenciados
que visitan las zonas afectadas con un betún en el bolsillo por si los zapatos
de cuero se llenan de tierra, con su botellita de agua en plan dominguero y sus
caras embadurnadas de cremitas solares, resumiendo, la opulencia señorial
llevada al campo. Ahora mismo estoy temblando.
Pero girando el tercio, otra de las fobias abrumadoras
que padezco es la políticofobia. Estoy
convencido, de que la desensibilización sistemática no reduce esta fobia, solo
a través de la anhelada independencia este cuadro fóbico remite.
Pasa, que todos los políticos canarios son unos
malditos colaboracionistas de la opresora España y, el que no lo es, no tardará
mucho es ser GODOMIZADO (éste termino es de mi diccionario particular: dícese del
normal canario que se convierte en infracanario colaboracionista renunciando a
su juicio propio y congelando la actividad del pensar, convirtiéndose en un títere
y lacayo de las órdenes y directrices
que salen de Madrizzz).
Encender los televisores es asumir nuevos casos de
corrupción, en consecuencia, es asumir que los impuestos de los ciudadanos
financian algunos yates, chalecitos campo-playa, finquitas pa’ los asaderitos
entre elevadas esferas envueltas de densas nubes de humo que producen los
habanos de importación. Actualmente, siguen las oleadas corruptas y algunos
dineros públicos siguen siendo destinados a sociedades bolsilleras, pero… mejor
no sigo, pues, ahora me empiezan a temblar hasta las orejas.
Otra fobia, inevitable, es la atefobia; el miedo/pánico a la ruina, ruina a la cual nos conduce
la garrapata española, pues teniendo la climatología que tenemos que permite
tres cosechas anuales y tierras para cultivo, no se produce absolutamente nada,
condenando a Canarias a una mayor dependencia exterior y sometiéndola a la dañina
importación. Es inevitable temer la ruina cuando apreciamos como se dedican a esterilizar
la tierra con las plantaciones masivas de pinos en zonas de cultivo; para
colmo, le hacen la vida imposible al pastor, extorsionándolo, obligándole a
vender por cuatro duros -perdón- cuatro euros todo su patrimonio y trayectoria
de vida. La agricultura rural es sustituida (como dice un buen amigo) por la de
parques y jardines, campitos de golf para que vengan (a agarrar el palo y tocar las bolas) el grupúsculo capitalista
de turno a especular con los cuatro trozos vírgenes de tierra que nos quedan.
Existe un incremento espeluznante de fallecimiento por
cánceres, tal vez, las papas de Egipto, las manzanas de Chile, las carnes del
Brasil, el pescado de Japón y un largo etcétera tengan algo que decir a estas
oleadas de enfermedades que desbordan los hospitales. Este hecho hace que -también- padezca nosofobia,
es decir, temor a las enfermedades.
La cementofobia,
la fobia al cemento es un mal compartido
por muchos canarios que vemos como la bella geografía de nuestra tierra es
adulterada y violada por cantidades desmedidas de cemento y vigas. Intentar
disfrutar de una puesta de sol en la zona sur de Tamaran es algo quimérico,
pues habría que intentar saltear todas las fronteras visuales que generan las
hilachas de hoteles y apartamentos que, por cierto, los explotan y se
enriquecen a costa de los canarios los fuereños o foráneos que tienen aquí su
negocio tragaperras. Existe una irracional fuerza que conduce a la construcción
mas-iva, o mas-igic, “igic”que algún constructor en convenio con el
politicus-corruptus se mete en el bolsillo. La especulación en Canarias es como
un pulpo que con sus rejos se va apoderando de nuevas zonas que serán victimas
potenciales del hormigón. En los planos arquitectónicos no son respetados ni
tomados en cuenta los yacimientos aborígenes, donde si un camino alquitranado
(una carretera) tiene que atravesar un poblado o casa-covacho, lo atravesará
sin muchos miramientos. Lo más lamentable es que el cemento comienza a abrirse
camino isla adentro.
La última de estas fobias, aunque hay muchas más, pero
para no hacer esto demasiado extenso, es
Podría seguir y seguir describiendo todas las
patologías que la infecciosa España produce en nuestra tierra, patologías que
se extinguirían con el elixir de la libertad e independencia, pues es la única
vía para salvar nuestra tierra del paulatino suicidio al que España la esta
sometiendo. Pero el canario, a parte de poder padecer las fobias anteriormente
mencionadas, padece una que es la peor de todas, que no da pie al avance, esa
fobia terrible a la que me refiero es
Mientras
sigamos sin vencer ésta ultima fobia y sin darnos cuenta de que nuestro capital
problema es España, seguiremos danzando sobre una lóbrega neblina que produce
oscurantismo. Pasarán los años, y todo seguirá igual. La única manera de
salvarnos es levantarnos, unirnos y reclamar nuestra soberanía, si no,
seguiremos vagando en la oscuridad, pues, como dijo en su día Benedetti: el enemigo seguirá siendo siempre el mismo
cráter, todavía no existen volcanes apagados […]
Termina
así, mi noche de sábado.
*Estudiante de psicología
Psicologia.clinica.uned@gmail.com