Fracaso escolar y social: se buscan responsables

Manuel Marrero Morales

En cada momento de nuestra reciente historia en que se ha abierto el debate social para modificar la legislación educativa, una de las razones fundamentales esgrimidas desde el poder, ha sido el fracaso escolar y, como si se tratara de una fábrica de bombillas donde el fallo de fabricación debe achacársele al operario n°-1949, una mayoría de la sociedad fija sus ojos en los centros de enseñanza y en el profesorado como el responsable del desaguisado.

Desde la experimentación de la reforma educativa en Canarias, pasando por la LOGSE, la LOCE y las nuevas leyes que nos anuncian, ninguna de ellas ha sido evaluada para detectar los aciertos y los errores, reafirmando unos y corrigiendo los otros. Se sigue legislando y opinando de forma intuitiva. No obstante, todas han tenido en común la ausencia de una ley de financiación.

Una sociedad moderna debe tener entre sus objetivos principales proporcionar la mejor educación y formación a sus ciudadanos. Y para ello no debe escatimar esfuerzos. Sin embargo, cuando se habla del gasto educativo en Canarias, parece que se olvida el enorme retroceso que hemos tenido al respecto bajo los gobiernos de Román Rodríguez y Adán Martín, con el Sr. Ruano en la Consejería de Educación: detentamos el triste record de que el gasto por alumno en Canarias ha pasado, desde 1996, de 7.000 pesetas más que en España a 22.000 pesetas menos en el 2001 y a 70.000 pesetas menos en el 2003,... y esto sigue empeorando, sobre todo si tenemos en cuenta que España está por debajo de la media de la Unión Europea en el gasto en materia educativa.

Canarias, pese a la mejora de las infraestructuras y de los resultados educativos hasta hace un lustro, sigue arrastrando importantes déficits que justifican de sobra un mayor esfuerzo educativo, especialmente si queremos equiparar nuestros resultados a la media estatal y europea.

A la horade realizar una evaluación de la sociedad canaria y su relación con la educación habría que tener en cuenta algunos factores: La elevada tasa de escolarización y de población entre 0 y 29 años; el bajo nivel de estudios de las familias canarias con la secuela de dificultades escolares que ello supone (absentismo, alta tasa de abandono escolar, bajo nivel de aspiraciones o promoción cultural, falta de estímulos,...); el alto índice de paro; la enorme cantidad de personas cuyos ingresos las sitúan por debajo del umbral de la pobreza; el peso elevado de la inmigración (europea, americana, africana,...) que produce una de las tasas de escolarización de extranjeros más elevadas del Estado y que tiende a concentrarse en áreas geográficas específicas generando demanda de nuevas infraestructuras y recursos; la existencia de núcleos de población con dificultades de comunicación a causa de nuestra orografía, lo que unido a una necesaria política de desarrollo sostenible, obliga a mantener centros de dimensiones poco rentables; el superior peso de la enseñanza pública en relación con la privada en todos los niveles educativos; el coste de la insularidad, especialmente en la enseñanza universitaria, necesitada además de nuevas infraestructuras y continua actualización de la oferta; el detentar una de las mayores proporciones de todo el Estado de ratios de alumnado por profesor; la escasa oferta cultural -pública y privada- de nuestro entorno y a la que pudiera acceder la mayoría de las familias canarias; la mayor o menor influencia de los medios de comunicación en los adolescentes y la actitud de las familias al respecto; la no adecuación entre la oferta escolar y las necesidades y expectativas del alumnado; los altos índices de fracaso escolar...

Todos estos son elementos a tener en cuenta a la hora de realizar una valoración sobre el estado de la educación en Canarias y fijar los objetivos y las medidas correctoras oportunas. Falta también el análisis comparativo de todos estos factores anteriores con esos lugares a los que queremos parecernos. Y entre ellos, lógicamente, habría que preguntarse también qué hace de forma diferente el profesorado de esos lugares con respecto al de Canarias, estoy convencido de que ese dato haría que la mirada culpabilizadora en exclusiva que actualmente se dirige hacia los centros educativos se fijara en todo el conjunto de factores que, de verdad, están incidiendo en los resultados educativos.

El profesorado tiene el enorme reto de enseñar a pensar, enseñar a saber y enseñar a vivir,... que no es poco. Y les aseguro que la inmensa mayoría lo realiza con mucha profesionalidad, preparación, dedicación y entrega. Y muchas veces, con escasos medios y una gran impotencia, por verse incapaces de transformar la realidad social a la que está sujeta la labor educativa.