Francia exporta

JUAN MANUEL GARCÍA RAMOS

Los franceses han empezado a verle las orejas al lobo del liberalismo sin cuartel y a una Europa subvencionada a su costa y han usado el "no" a la Constitución Europea como un arma contra el atropello a sus puestos laborales, a sus sueldos disminuidos y a su manera de ver y de hacer las cosas enfrentada a los burócratas de Bruselas... Los patrocinadores del "no" hablan de una Europa más social que ha de imponerse a una Europa liberal, como la que propone, a su entender, la Constitución de Giscard

Lo que nadie puede negarle a Francia es haber sabido exportar, a lo largo de su historia, fórmulas políticas y productos culturales luego asumidos y degustados por otros muchos países del mundo.

Desde el enciclopedismo de Diderot y Voltaire a los movimientos revolucionarios de 1789, desde el republicanismo a las vanguardias artísticas, desde el existencialismo a los movimientos de mayo de 1968, desde el antisovietismo de "los nuevos filósofos" a la nueva izquierda de François Mitterrand, hasta llegar, ahora, a la nueva derecha que, a nuestro entender, representa el recién nombrado primer ministro, el elegante, culto, ambicioso, cautivador, Dominique de Villepin.

Por cierto que, esos conceptos de izquierda y derecha, también son una creación del léxico político francés cuando los aplicó, respectivamente, a los radicales que se sentaron en la parte izquierda de la sala donde se constituía la Asamblea Nacional francesa en Versalles en 1789, y a los moderados que ocuparon el lado derecho de ese trascendental escenario. Otra cosa es lo que después ha sucedido con esas categorías cuando empezaron a caminar por la historia y a perder su pureza y su universalidad, si alguna vez las tuvieron.

También podríamos adjudicarles a los franceses, los términos de euroeuforia y euronihilismo, desde que dos ministros franceses, Robert Schuman y Jean Monet, pusieran en funcionamiento en 1950 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero hasta que este último 29 de mayo la ciudadanía gala haya echado el primer cubo de agua fría a la Constitución Europea sometida a referéndum en esa jornada dominical, una ley de leyes hija de otro francés: Valery Giscard d’Estaing.

Por otro lado, Francia, la Francia de ahora mismo, nos ha demostrado a todos cómo puede darse una desvinculación tan grande entre los representantes legales de los ciudadanos, reunidos en el Congreso de Francia, y el pueblo, pues mientras el pasado 25 de febrero, los parlamentarios franceses otorgaron 730 votos a favor del texto constitucional europeo y sólo 66 votos en contra, el 29 de mayo, fecha del referéndum de marras, las cifras fueron otras muy distintas, como todos sabemos.

La consulta popular francesa ha disparado todas las alarmas de la Europa en construcción. Todo parece desvanecerse como un castillo de naipes y por mucho que uno investiga sobre las causas de tal desmoronamiento no logra encontrar sino dos detonantes: el paro y la inmigración. El paro también ligado a lo que hoy conocemos como deslocalización de empresas y globalización, a fin de cuentas.

Las sociedades parecen replegarse sobre sí mismas y por mucho que intenten enmascararlo, el fenómeno del nacionalismo empieza a impregnar tanto a izquierdas como a derechas radicales y no radicales.

Los franceses han empezado a verle las orejas al lobo del liberalismo sin cuartel y a una Europa subvencionada a su costa y han usado el "no" a la Constitución Europea como un arma contra el atropello a sus puestos laborales, a sus sueldos disminuidos y a su manera de ver y de hacer las cosas enfrentada a los burócratas de Bruselas.

Lo curioso de todo esto es que ellos han inventado el remedio y ellos mismos lo han desprestigiado. ¿Hacia dónde vamos ahora?

Las fórmulas para enderezar el entuerto del pasado domingo en Francia no parecen muy claras, yo diría que en muchos casos muestran síntomas preocupantes de contradicción manifiesta. Los patrocinadores del "no" hablan de una Europa más social que ha de imponerse a una Europa liberal, como la que propone, a su entender, la Constitución de Giscard. Todo parece obra del eterno retorno de las cosas postulado en su día con tanta clarividencia por el desquiciado Friedrich Nietzsche.

¡Abajo el mercado, vivan las coberturas sociales, viva el estatalismo salvador!

En esta ceremonia de la confusión, Jacques Chirac ha nombrado a un intelectual sacado de las recomendaciones de Platón en su República. Un poeta, un ensayista, un devoto de García Lorca y de su magia sureña, un admirador de Alexis de Tocqueville y de Napoleón. Dominique de Villepin acaba de publicar su décimo libro, de título más que significativo en estos momentos políticos: L’homme européen, firmado conjuntamente con Jorge Semprún, otro escritor metido a ministro en su día; y en las páginas de esa obra reciente dicen sus autores que admiran una Europa que no se ha hecho por la fuerza militar, como soñó Napoleón o acaso Hitler, sino por el contagio de la democracia.

¿Una Europa que se hace o se deshace?

Villepin nunca se ha sometido a un proceso electoral, es fruto político de su padrino, Chirac, y de su cuidada preparación profesional: un señorito de la muy respetada ENA, la Escuela Nacional de Administración francesa que tantos alumnos ha introducido en la alta política de ese país.

Pero los méritos de Villepin proceden de su brillante oposición a la intervención estadounidense en Irak y a su firme política contra la inmigración irregular desarrollada desde su última responsabilidad en el Ministerio del Interior, Seguridad Interior y Libertades Locales del Gabinete del ahora cesado Jean-Pierre Raffarin.

Chirac usa a Villepin por esas razones evidentes y por una no tan confensada: la de parapetarse contra su mayor adversario en la lucha por una virtual reelección como presidente francés, contra Nicolas Sarkozy, el líder de la hoy gubernamental Unión por un Movimiento Popular, la UMP.

La opinión pública francesa dice de Villepin y de Sarkozy que son "hermanos enemigos" que sólo comparten un solo objetivo: la ambición que los mueve en sus respectivas carreras hacia el Elíseo. Sarkozy acaba de sufrir dos tropiezos en esa competición: la de verse relegado en la jerarquía del nuevo gabinete a ministro de Estado a las órdenes de Villepin, y la de acusar un descalabro amoroso con su mujer, hasta ahora su mano derecha en su trayectoria política.

Francia nos ha vuelto a sorprender a todos y esta vez quizá logre exportar a Holanda -ya lo hizo-, Reino Unido, Dinamarca y otros países, que todavía están por pronunciarse sobre la Constitución sometida a referéndum, la negativa que el 55 % de sus ciudadanos le endosaron hace una semana a la nueva Europa propuesta en esas páginas.

Para tiempos revueltos, lo mejor es un mago, un malabarista de la política, un ejemplar exótico y algo desconcertante. Jacques Chirac ha designado a Dominique de Villepin para ese papel imposible.

Para mí, Villepin es a la derecha francesa, lo que en su día fue Mitterrand a la izquierda gala. Mitterrand enterró los rastros marxistas del socialismo francés y gobernó como un monarca republicano. Villepin es un icono para la progresía europea antinorteamericana y tiene una sonrisa proletaria, aunque provenga de cunas muy nobles.

Francia no sólo exporta fórmulas políticas y productos culturales, a veces une ambas mercancías y las representa en personalidades como Villepin. Que tenga suerte y enderece las cosas, porque si Francia va mal, Europa va mal. Y Canarias irá mal.