FRANKESTEIN
Teodoro Santana
El difunto tratado constitucional europeo traía de contrabando la llamada "directiva Bolkestein". A pesar de ser derrotada por los pueblos, la derecha globalizadora sigue empeñada en sacar adelante esa ley europea que supondrá que todos los servicios públicos en la Unión Europea serán considerados como actividades económicas ordinarias, con los mismos criterios de competencia económica (y privatización) que los demás.
La directiva Bolkestein va a suponer el deterioro de sectores esenciales como la sanidad y la educación públicas, la cultura, los sistemas públicos de pensiones, las ayudas sociales y todos los sistemas nacionales de protección social, en favor de los sistemas privados.
Pero, por si esto fuera poco, se establece el principio de "país de origen" en materia de derechos laborales: si una empresa establece su sede central en un determinado país europeo (el que mejor le convenga), la legislación laboral aplicable a todos sus trabajadores es la de ese país, y no la del Estado donde trabajen sus empleados.
Por ejemplo, una empresa radicada en Canarias puede establecer su sede central en Lituania. Y sus empleados canarios sólo tendrán los derechos de la legislación lituana. Olvídense de los treinta días de vacaciones pagadas. De las dieciséis semanas de permiso por embarazo. De la jornada de ocho horas diarias y cuarenta semanales. Incluso se podrán contratar por obra trabajadores de fuera de la UE. Por ejemplo, de Pakistán. Pero con condiciones laborales pakistaníes, claro. Igualación global con el peor derecho laboral, con los peores salarios. En vez de deslocalización física, que cuesta una pasta, deslocalización de derechos.
La reacción neoliberal, vestida de maneras untuosas y europeísmo, ha dado vida a este monstruo sin alma para exprimir más a quienes consideran también sin alma. Ya se sabe: trabajadores, mercado de trabajo, simples mercancías. Para echarse a temblar. "Pero la más hermosa de todas las dudas -cantaba Brecht- es cuando los débiles y desalentados levantan su cabeza y dejan de creer en la fuerza de sus opresores". Al igual que se venció al en apariencia imbatible engendro de la constitución europea, también podemos derrotar al monstruo de Bolkenstein. Coraje, o sea.