Ley
Franquista y moralidad (I)
Por Miguel Leal Cruz
El régimen del General Franco (1938-1975) se basó en
dos o tres leyes políticas claves (inventadas por él en Burgos al finalizar la
guerra incivil entre españoles) junto a otras creadas más tarde como relleno
(Leyes Fundamentales)
Durante la etapa final de su prolongado mandato, a
partir de 1969 (ya con Ley de Prensa o Ley Fraga) hacían furor dos
disposiciones muy duras: La Ley
de Peligrosidad Social y la de Orden Público. La primera llamada también
"Vagos y Maleantes", daba cobertura a la Policía (en general) para
cometer las mayores injusticias y contrafueros con vulneración jurídica de todo
tipo (jamás igualada en estados normales de derecho), que hoy espantarían a los
mismos franquistas demócratas de toda la vida, ahora.
Hallándonos en una de las diferentes unidades de
destino (no en lo universal) en la llamada Ciudad Condal mediterránea, la Superioridad ordenaba
que cada sábado se efectuaran redadas policiales (a bulto) bajo tres prismas:
Homosexuales, prostitutas o delincuentes callejeros. En la primera de aquellas
y como responsable del servicio en uno de los distritos más
"inmorales" de la amplia ciudad, cumplimentábamos la referida Ley de
Vagos y Maleantes aplicada a varios detenidos por homosexualidad. Entre
aquellos que traían a Comisaría los diferentes coches patrullas destacó
sobremanera uno especialmente que nada más entrar en las dependencias
policiales pidió hablar con el jefe. Atendido que fue prontamente apuntaba que
él era A. Alirio, el director del Ballet Nacional
Español y que su detención era un error y un abuso de autoridad. Requerido el
jefe de la patrulla que lo detuvo (al que dijimos que cómo nos complicábamos la
vida con aquello.) replicó: ¡pero es que fue sorprendido en el cine Arnaut agarrado al falo de otro
de los detenidos al que le hacía un felat.! El
inmoral no se arredró y dijo que quería hablar con el Comisario Jefe. Se le
apunto que se encontraba ante el Jefe y que a aquella hora de la madrugada el
máximo responsable se hallaba ausente. Pero insistió y ante el temor profesional
de "que nos metieran en un lío con el consiguiente paquete" (por qué
a pesar de nuestra prudencia me cayeron varios que analizaré en un libro,
meticulosamente), le pregunté ¿Usted quiere que llame a don A, para ver su caso.? "A sus órdenes don A." ¡Coño
Leal ¿para qué me llama a esta hora. Usted decide?!
Sí, pero esto es diferente. ¡Qué se ponga! Hablaron un par de minutos y al
final tras discusión con el responsable máximo, éste ordenó: ¡¡Métalo en el
calabozo, ya y junto con los demás, pero ya!! Obvio por que este jefe policial
(qepd) era un amante de la noche barcelonesa y odiaba
a los invertidos, maric.. y otras hierbas.
El hombre, un italiano traído por "el yernísimo" (el Barnard
español) para hacerse cargo del citado Ballet Nacional (que fue protagonista de
una película muy polémica para aquellos tiempos) pronunciando fuertes
improperios bajó a los calabozos en la IX Cía. donde sería custodiado por la Policía Armada
(grises entonces) hasta la mañana siguiente en que con una pequeña acta-declaración
que firmaban los detenidos con el Inspector de Guardia, pasaban a Jefatura y
desde allí hasta la prisión (sin trámite judicial intermedio) dónde habrían de
permanecer tres meses (llamado un Quinto) invariablemente que es lo que
tipificaba la citada Ley ¿de peligrosidad social?
Pero es que estas normas contra la moralidad
alcanzaban casi todos los actos de la vida española del momento (aunque había
dos o tres varas de medir)
Nos viene al recuerdo otro incidente "atentatorio
a aquella moralidad impuesta" por el que un Policía Municipal (llamados
Guindillas) al hacer la ronda por las playas de "los Baños de San
Sebastián" (hoy totalmente desconocidos) de la ciudad condal, sorprendió a
un bañista que sentado en un muro tenía fuera del Meyba
(prenda muy al uso) un testículo, al parecer sin saberlo como dijo ante el
Inspector de Guardia. El agente municipal procedió prontamente a la detención
del "inmoral infractor" y presentarlo en la Comisaría y allí había
que soportar el espectáculo dialéctico entre el agente de la autoridad y el
inmoral bañista para terminar en una denuncia administrativa que haría reír hoy
a más de uno (todo pasaba por la
Policía de entonces, pero a veces era judicial, llamado un
Marrón en la jerga).
Pero, como se dijo había diferentes formas de hacer
uso de aquella normas morales impuestas, y así recordamos con cierta añoranza e
interés (profesional) unas lujosas casas de cita en las que se reunía lo más
granado de la sociedad. (y con varias cámaras ocultas
para la Policía)
La Franca en las faldas del Montjuich,
el Nido de Oro y otras (pensiones toleradas) por San Pablo, Atarazanas,
Robador, Hospital y demás lugares, a más de las lujosas en el barrio de San
Gervasio (en la ciudad española que más se aproximaba a las europeas del
momento por su talante progresista dentro del Régimen y a veces comparada con
Marsella, Fr).
Habremos de recordar, en la década de los setenta, las
lujosas salas de fiesta en plena dictadura: Mr. Dollar (en Sarria), el New York junto
a Las Ramblas, dónde había desnudos femeninos con cierto decoro, pero del sida
(o del ébola) no se tenía ni idea en aquellos
momentos aunque sí las blenorragias, gonorreas o "purgaciones"
(también sarna en ambientes promiscuos inferiores) que se curaban con
penicilina (puesto que se contraían a pesar del uso del preservativo, no
preceptivo como ahora) Mas, eran numerosas las intervenciones policiales por
estos hechos frecuentes en diferentes lugares de "degradación moral".
En las Comisarías surgían acontecimientos convertidos
en rico anecdotario como pudiera ser (con frecuencia) el encuentro casual (en
aquellas lujosas casas de cita con espejos a cuatro paredes, enorme cortinaje y
camas "Luis XIV" de ébano) entre un caballero que con su amiga topaba
(y nunca mejor dicho) con su señora acompañada de otro señor desconocido para
él; y claro normalmente aquello terminaba, primero en Comisaría, luego en el
Juzgado y más tarde en separación vergonzosa para aquellas fechas, en las que a
veces intervenía no sólo el Tribunal de la Rota sino el mismo Pontífice (y no es
exageración).
En fin, escribimos el más que anunciado libro sobre
hechos profesionales similares y sus comentarios (que nos avivan la imaginación
para argumentos a describir en el mismo), con el máximo respeto a las normas en
vigor y todas las que rigen el periodismo de investigación.