Pionero de la enseñanza
D. C.
Izquierdo
Allá por el año 1944, el
barrio de Taco lo formaba cuatro calles empedradas que confluyen en el cruce,
rodeado de tarajales castigados por el viento; unas
cuantas familias repartidas en casas terreras, raramente encaladas, las
comunicaciones no eran muy fluidas, los automóviles escasos.
Una época de
incultura, de vida difícil, de racionamiento, de penuria, de falta de todo. En
tales circunstancias, crear un ambiente de estudio no era fácil. Pero surgió un
pionero de la enseñanza: don Fructuoso Rodríguez. Muchos aprendimos las
primeras letras gracias a "don Fruto", la "Escuela de
Fruto", como familiarmente se la conocía. Un joven con vocación educativa
que dedicó buena parte de su juventud a enseñar a los demás. Muchos de los que
actualmente rozamos los setenta años de edad aprendimos a leer y escribir con
él.
Un salón, una mesa
larga, un banco que cada alumno aportaba, una pizarra, un paquete de tizas y la
cartilla sobre la mesa. Sin más medios, con perseverancia y vocación de
enseñanza.
Hay que ser de
juventud valiente para iniciarse, ante tanta adversidad, en esta aventura de
enseñar a los demás. Allí se fraguó la semilla de los que más tarde serían
profesionales.
Un sentido, sencillo
homenaje, a estos pioneros en el olvido. Se lo merecen. D. Fructuoso Rodríguez,
con su esfuerzo, aprendimos las primeras letras.
Las personas pasan por
el tiempo y el tiempo no siempre las valora, pero, cuando llegue el momento al que todos estamos predestinados, Dios tiene que tenerlas
en cuenta en algún lugar privilegiado.