Fuego apaga fuego:
los incendios forestales se apagan sin agua

Leoncio Afonso

El título corresponde a un dicho popular de mi tierra natal. Desde hace milenios, todos los pueblos con bosques, matorrales o pastizales han sufrido incendios y los hombres aprendieron a apagarlos sin agua, mediante el fuego, aunque parezca una paradoja. La técnica de apagarlos con agua, con medios aéreos y terrestres, es muy reciente, además de ser poco eficaz y muy costosa. El papanatismo ante la técnica provoca en los hombres de cultura urbana una fe en dichos medios que carece de fundamento. Es absurdo creer que la forma de apagar el incendio de un edificio es igualmente válida para sofocar el incendio de un bosque, que abarca mucha extensión. Los bomberos formados para apagar edificios fracasan cuando se enfrentan a un bosque en llamas.

La técnica aplicada es provocar un incendio controlado (en un cortafuego, una pista o una trocha improvisada, etc.), y hacer que el fuego se dirija al encuentro con el que se quiere apagar. Un grupo va dando fuego mientras que otro controla que no pase al lado contrario. Hay que calcular bien el tiempo para que el incendio provocado avance lo suficiente para que cuando se encuentren se anulen, y así tener éxito.

Los campesinos de todo el mundo y de cualquier cultura saben o sabían cómo apagar los incendios forestales, sin disponer de agua ni medios para transportarla, sólo con fuego.

Es curiosa, aunque no me sorprenda, la acepción del DRAE de la voz contrafuego, al considerarla como voz propia de Puerto Rico con la siguiente acepción: "Fuego que se da en un cañaveral u otra plantación para que cuando llegue allí el incendio no se propague, por falta de combustible". Sin embargo, he oído con frecuencia utilizar de forma indistinta contrafuego y cortafuego, que tienen acepción distinta. Son muchos los casos en que al consultar el DRAE no le doy crédito en relación a su versión de los étimos.

Recuerdo asistir a la conferencia de un catedrático de Zoología sobre sus experiencias en Australia, quien, en un momento dado, dijo que "cuando se producía un incendio, si lo apagaban los indígenas, lo conseguían enseguida, aunque no sabía cómo, pero en el caso de hacerlo las autoridades, con muchos medios, el fuego adquiría grandes dimensiones". También mi memoria no ha olvidado una película en la que los hotentotes de Suráfrica aplicaban este método.

Desde que se utilizan el agua y los medios aéreos, comprobamos que los incendios abarcan áreas muy amplias y de gran extensión. Así, en los últimos años, se han quemado más bosques que en el siglo anterior. La cultura urbana y libresca desprecia los conocimientos ancestrales, por lo que, en estos menesteres, obtiene unos "éxitos clamorosos" y son el tema básico de comentarios en los medios de comunicación, que están al mismo nivel, pues creen que la única fórmula es el agua y no pueden imaginar que el fuego es más eficaz.

Entre mis recuerdos hay varios incendios forestales. El que más de cerca viví fue en 1975, en la isla de La Palma, el cual afectó a terrenos de la familia de mi mujer, y sobre el que publiqué un artículo con el relato del mismo. En él incluí tres hechos muy expresivos: 1º: en determinado lugar (lomo de Briesta), los campesinos querían abrir una trocha y prender fuego que haría de contrafuego; los miembros del entonces Icona se opusieron, con el resultado de que los campesinos se amotinaron contra ellos y tuvieron que huir, pero consiguieron que se detuviese el fuego en el lugar elegido. 2º: la Guardia Civil pretendió que los campesinos fuesen a otro lugar, con el resultado de que los guardias tuvieron que marcharse, incluso me dijeron que uno de ellos fue empujado y cayó por un ribazo. 3º: el teniente que mandaba a los soldados enviados para ayuda dijo a los campesinos que ellos no sabían lo que tenían que hacer, por lo que se puso bajo la dirección de los campesinos, lo que estos agradecieron y fue una buena ayuda. Este caso de humildad me agrada resaltarlo, pues fue exactamente lo contrario del comportamiento de los técnicos y autoridades que pretendieron "dirigir" el incendio forestal.

En Tenerife, hace unos años, el gobernador civil se puso a "dirigir" un incendio y consiguió que fuese el mayor en la historia de la Isla. Se apagó cuando se acabó el monte atravesado por una corriente de lava (erupción volcánica de 1705), que, por tanto, carecía de vegetación. No permitió hacer trochas y dar contrafuego. Pocos años después, otro gobernador civil emprendió la misma tarea en la isla de La Gomera y murió quemado junto a algunos acompañantes, por "meterse" en un pequeño y profundo valle, debido a su ignorancia sobre incendios forestales. Los conocedores de los mecanismos de un incendio forestal jamás se adentrarán en valles y vaguadas, sólo se situarán en zonas altas.

Algo que todo el mundo sabe, pero que no se suele tener en cuenta, es que el fuego calienta mucho el aire y consume su oxígeno, por lo que se eleva, y, para que se mantenga el incendio, necesita reponer ambos, lo que da lugar a una corriente de aire. Por ello, en gran parte, el viento es originado por el propio incendio, que recibe aire de ambos lados, aunque con mayor intensidad del lado desde donde avanza. Por lo que, al dar contrafuego, siempre hay viento a favor, aunque sea de menor intensidad, lo que supone mayor garantía de éxito al realizar el contrafuego.

Cuando veo en televisión a los bomberos echando agua en espera del fuego, siento una gran impotencia, cuando es mucho mejor y más eficaz iniciar un fuego en dirección al que se quiere apagar, en lugar de agua, lo que es más costoso, exige mayor esfuerzo y sería radicalmente más seguro obtener un buen resultado. Pero para eso hace falta vencer la repugnancia a prender fuego y saber hacerlo. También encuentro ridículo ver vaciar su bolsa (la metáfora adecuada es "meada") a los helicópteros, cuando la mayor parte del agua se evapora antes de llegar al suelo.

Me hizo gracia el comentario de una amiga francesa, quien me dijo que la acción de los helicópteros le recordaba cuando su madre quería reactivar el fuego de la chimenea, cogía un envase con agua y con la mano la salpicaba sobre el mismo.

La frase popular dice que "no se pueden poner puertas al campo"; el Gobierno de la nación acaba de publicar un Decreto en que trata de "poner puertas al monte", de cuyo éxito dudamos, pues son centenares de miles los que se sentirán agraviados por el exceso de prohibiciones y tratarán de vengarse, quemando el monte que se les impide utilizar o disfrutar. Me basta con citar a los cazadores que han pagado sustanciosas cantidades por una licencia que no pueden disfrutar. Hay otros muchos colectivos en circunstancias análogas o con supuestas razones para sentirse agraviados.

¡Dios proteja a los bosques de los poderes de los hombres de sólo cultura urbana!