¿Fundamentalismo español? (y II)

Ramón Moreno

Si como han pronosticado los expertos, el auge de los nacionalismos y las reivindicaciones territoriales serán una constante y un gran reto para la Humanidad en este siglo XXI, la eclosión de estos en España es una evidencia de lo acertado del vaticinio.

Con la particularidad de que, a nivel del Estado español, se está produciendo, desde hace tiempo, una verdadera confrontación entre nacionalismo español y nacionalismo periférico, que obedece fundamentalmente a las diferentes concepciones que se tienen de España desde el poder central y desde los considerados territorios históricos, que pese a acceder al proceso autonómico por la vía del artículo 151 (que no fue el caso de Canarias), no están cómodos con sus respectivos Estatutos de Autonomía.

Lo cual resulta lógico, si tenemos en cuenta la forma artificiosa de la cohesión territorial de los Estados europeos -cada uno con su particular y peculiar proceso histórico-, al que España no es ajena. Sin remontarnos al pasado, sólo hace 27 años que se aprobó la llamada Carta Magna de 1978, en cuya elaboración, los ponentes constitucionales hicieron verdaderos malabarismos para acomodar el Texto Constitucional a esa llamada España plural; acuñando un nuevo término, nacionalidades que es, en mi opinión, una perversión jurídica del concepto de nacionalismo (que viene de nación) y constituye en sí misma toda una aberración política que cercena de cuajo las legítimas aspiraciones de los pueblos que hoy conforman el Estado español. Aspiraciones y derechos que en Canarias cobran especial significado, debido al proceso de cruenta conquista y colonización al que hemos sido sometidos, lo que nos convierte en un territorio nacional en otro continente -todo un anacronismo jurídico y una entelequia política-, que la legalidad internacional no ampara hoy en día, pese a los subterfugios legales para certificar nuestra españolidad y europeidad.

El pulso españolista en la metrópoli ha llegado a tal extremo, que se está librando una auténtica guerra mediática, donde se utiliza el arma sibilina de la perversión del lenguaje, demonizando a los nacionalistas (PNV, ERC y otros) y promoviendo alianzas constitucionalistas para derrotar a los "enemigos de la sagrada unidad de España", donde hasta la Iglesia toma partido.

En nuestro archipiélago, la perversión ha ido mucho más allá. A los verdaderos nacionalistas (¡y aquí no hay grados!), se les ha estigmatizado de forma canallesca, llamándolos independentistas, con el deleznable propósito de aislarlos y presentarlos como locos mesiánicos, cuando resulta que en pura praxis, independentismo es consustancial con nacionalismo.

De ahí, que el nacionalismo de Coalición Canaria (que votará no a la propuesta vasca) interese a España -que lo fomenta- y no le preocupe lo más mínimo; y que ya en su día, puso en marcha todo el aparato del Estado que opera en Canarias para "erradicar el brote nacionalista" alentado desde La Voz de Canarias Libre que emitía desde los estudios de Radio Argel.

Recuérdese que con Adolfo Suárez de Presidente del Gobierno y Martín Villa como Ministro de Interior, Antonio Cubillo sufrió un vil atentado en la capital argelina (cuando iba a presentar el Dossier Canarias en la ONU) con las secuelas de todos conocidas y en cuyo proceso judicial posterior, el Gobierno español fue condenado por terrorismo de Estado.

Si a todo ello unimos las reacciones al Plan Ibarretxe, a las reivindicaciones catalanas de reforma del Estatuto y el contubernio PP/PSOE, ¿no estamos ante una demostración palpable de fundamentalismo español?

Ya hemos visto la película de los hechos, y como se ha escenificado la entrevista del Presidente del Gobierno español con el lehendakari; la presentación por parte de Atutxa de la Propuesta de Estatuto Político de la Comunidad de Euskadi en el Registro del Congreso de los Diputados, y su posterior reunión con el Presidente del Parlamento español, Manuel Marín; la tan esperada entrevista entre Zapatero y Rajoy, así como las declaraciones de Otegi en la carta de Batasuna, y la misiva trampa, según dicen, de ETA. Total, que mientras unos, desde posiciones numantinas, defiende a capa y espada, la sacrosanta unidad de España, Una, Grande y Libre, otros, desde legítimos planteamientos nacionalistas, abogan por el diálogo y la negociación para dar respuesta a sus legítimas aspiraciones.

Mientras tanto, la situación española no pasa inadvertida para la Comunidad Internacional. El prestigioso rotativo estadounidense, The Wall Street Journal, se refería en un editorial a la posibilidad de que España estuviera asistiendo a un proceso de balcanización, tras la reciente aprobación por mayoría absoluta en el Parlamento vasco del Plan Ibarretxe. En este contexto, donde se ha exacerbado el conflicto, resultan muy interesantes las declaraciones de Gerry Adams cuando dice: "No hay que excluir a nadie a la hora de negociar ni dictar con quién reunirse".

El líder del Sinn Fein, considerado la rama política del IRA (Ejército Republicano Irlandés), en una entrevista, celebrada en Belfast, se muestra como un ferviente defensor del diálogo. Y no solo en el Ulster. Aunque advierte que, "La idea de que se pueda resolver un conflicto derrotando al otro bando no funciona cuando se habla de autodeterminación".

Si como sostienen algunos analistas y politólogos, existe cierto paralelismo entre la situación en Euskadi y la de Irlanda del Norte, ¿quién será el Tony Blair español que resuelva el contencioso vasco?

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