El futuro es hoy
Juan Jesús Ayala
Analizar esta cuestión, así de esa manera descarada y paradójica, parece algo tremendista pero, si son las apoyaturas
de una condición post-moderna a las
que se solicita ayuda para lograr un
equilibrio argumenta, tal vez se podría entender que efectivamente el
futuro es hoy. El hombre postmoderno, una
vez que las vanguardias se han ido al
traste, una vez que las redes de la comunicación se universalizan y no existen
las grandes historias dictadas por
los poderosos, sino que emergen las
pequeñas historias alejadas de los metarrelatos, en
donde ya cada cual se ve con la condición
de un nuevo sujeto, atravesando las tinieblas llegaremos al sol, y la antropología adquiere
entonces una nueva dimensión donde
su intrahistoria como sujeto ya la
pone en el disparadero, no tanto de lo efímero pero sí de lo inmediato.
Los tiempos se acortan. Los desplazamientos en la vertiente espacial
del ser humano no han servido para nada, las grandes culturas, donde apenas sí han intervenido unos u otros como protagonistas, se han extinguido y aparecen otras nuevas, de ahí que antes que el
ser se sienta perjudicado, atrapado por lo moderno que ha sido el inicio de su destrucción, el hombre postmoderno demanda con toda
crudeza la inmediatez, el salto
entre lo artificial y los más
natural como vital, sin ir más allá
de lo de ahora. El futuro pues, para
él, es hoy.
Además, tendremos que admitir que los conceptos temporales son meros conceptos históricos y lo que antes se discutía entre historiadores,
sociólogos y teólogos, hoy tendrá que
discutirse con la sociedad en su conjunto, ya
que será ella la que decida por sí sola. Quizás, el futuro haya sido un invento de
la sociedad moderna y que ésta había percibido la vida social dentro de un cosmos científico que garantizaba la constancia de las formas de los seres y de los elementos y con ella también de las magnitudes. La naturaleza, pues, preveía el futuro como forma final de los acontecimientos. Uno se veía expuesto a la suerte o a la desgracia. La vida se experimentaba como vida en parcelas diferenciadas. Había que contar con la historia como determinante de una
causalidad y una finalidad consecuente. Esto
murió, ya que no podía sostenerse
pasada la modernidad. La Ilustración con su racionalidad y determinación
científica ha pasado a un segundo
plano y aparece una nueva dimensión más
o menos humanitaria, no se sabe,
pero sí introyectada por el ser hasta lo más
recóndito de su conciencia.
Hoy se determina que la sociedad como sujeto de sí misma vive su futuro en forma
de riesgo. Y lo hace día a día y
sin proyección alguna, porque intuye que en la
redes donde se diluye su supervivencia, estas mismas redes que le informan, le atrapa, la desnaturaliza. De ahí que el futuro se acorte, se achique y sea el día a día donde se construyan los mitos y los impulsos y por donde transitan las ideas para que al
menos el día sea rico y solidario, primero con uno mismo y luego con los demás. Tampoco es que sea una nueva forma de egoísmo, simplemente es entender de una manera diferente el mundo en el cual se vive.
Quizás se exagere en los condicionantes de la posthistoria
al considerarla que esta sea
inmediata y que sea el mismo día, que casi no sea historia, sino un simple trazo escrito por uno
mismo en cualquier esquina del pensamiento
y que a su vez sea decisivo para firmar
actitudes y rubricar posiciones.
Pero de lo que no cabe la menor
duda es que aparece otro protagonismo
que muchas veces se refugia en el
anonimato y que es capaz de emerger
como un nuevo sujeto autónomo, más sencillo, si se quiere, pero capaz de dictar lo suyo, sin oídos de nadie sin manipulaciones, simplemente, ser tal cual es.
El futuro bien pudiera ser hoy una mezcla de sofismas y de deseos apoyado en una reflexión que alumbra que los paradigmas que se han ido, que se han difuminado nos dicen que la historia pasada no ha servido de nada, que las historias que nos han contado y los futuros prometidos han sido un camelo. Por eso el
postmodernismo acaba con todo esto, lo orilla
con un nuevo concepto de la historia, ni mejor ni peor, pero eso sí, la suya como sujeto y como protagonista de la misma. De las historias viejas no espera nada, por eso persigue el día a día; hoy como su mejor y único futuro.