Galicia y los Estatutos

Juan Manuel García Ramos

...Somos la última colonia del imperio español. De esto no le puede caber duda a nadie. Otra cosa es que los tiempos estén para descolonizaciones o independencias. Ese es otro cantar... Canarias podría invocar su condición de colonia con afanes de llegar a un acuerdo con el Estado español que vaya más allá del simple trato dispensado por éste al resto de las comunidades "no históricas", no sólo en la Constitución de 1978 sino en la que se avecina... Cuando se trata de defender nuestras posiciones, somos víctimas muchas veces por igual de la incomprensión de españolistas, galleguistas, abertzales y catalanistas. Ojo...

Estos días, en el lluvioso Santiago de Compostela, en la residencia universitaria Casa de Europa, un viejo chalet de uso familiar habilitado por el arquitecto César Portela, repaso la prensa gallega y me encuentro a un Antxo Quintana, vicepresidente de la Xunta y líder del Bloque Nacionalista Gallego, reclamando para su Comunidad idénticas competencias a las que catalanes y vascos han planteado en los últimos tiempos, unos dentro del Estatut en trámite, otros en el conocido y aplazado -o derrotado- Plan Ibarretxe.

Y entre esas competencias, no sólo la de aplicar el término "nación" para su territorio y la de contar con una financiación propia y diferente a la del resto de las comunidades españolas "no históricas", sino el empleo hegemónico de una lengua "hija del latín, hermana mayor del castellano y madre del mal llamado portugués", como le gustaba definirla al padre del nacionalismo gallego, Alfonso Rodríguez Castelao.

Si uno se para a pensar un poco, los procesos de confederalización planteados por vascos, catalanes y gallegos son imparables y están encontrando en el PSOE a su aliado para llevarlos a cabo, o, por lo menos, para su tramitación ante las instancias competentes, léase Cortes Generales.

¿Es esto malo?

Seguramente la respuesta será distinta si se simpatiza con esos nacionalismos o se está de lado de un nacionalismo español que los excluya. Aunque si quieren que les diga la verdad, unos y otros me están cansando un poco, porque en unos y en otros, en esas nacionalidades históricas y en la España tradicionalista y de las JONS, parece no quedar hueco para otras realidades políticas como es el caso de Canarias.

Vascos, catalanes y gallegos lo tienen muy claro, desde hace al menos un siglo colaboran en causas comunes a través del pacto Galeuzca (Pacto de Compostela, 25 de julio de 1933, retomado en la Declaración de Barcelona de 1998), que luego ha dado nombre a su candidatura conjunta a Europa. Están en su derecho. Son naciones que ponen sobre la mesa como atributos una lengua, un territorio -esto es algo más relativo-, una morfología social y económica propias, una cultura diferente.

Ante eso, ¿qué podemos decir los canarios? Pues que no tenemos una lengua propia, pero sí tenemos una economía, un territorio definido y una cultura singular determinada por nuestros sustratos aborígenes y las subsiguientes adiciones procuradas por nuestra apertura al mundo atlántico.

Y algo más. Somos la última colonia del imperio español. De esto no le puede caber duda a nadie. Otra cosa es que los tiempos estén para descolonizaciones o independencias. Ese es otro cantar.

Es decir, cuando vascos, catalanes y gallegos tiran por la senda de su condición de naciones, Canarias podría invocar su condición de colonia con afanes de llegar a un acuerdo con el Estado español que vaya más allá del simple trato dispensado por éste al resto de las comunidades "no históricas", no sólo en la Constitución de 1978 sino en la que se avecina.

En ese sentido habría que desdramatizar todos esos conceptos de nación, colonia, etc. El cambio de piel político que vive la España de nuestros días admite varias lecturas. La catastrofista, que ve en ello la desaparición de todo lo existente, o la abierta a otra reestructuración del Estado. Lo que sucede con esta segunda lectura es que corre el riesgo de aceptar sin más las asimetrías que vascos, catalanes y gallegos pretenden con relación al resto de las comunidades españolas.

Valga que esas comunidades transijan, no debiera ser nunca el caso de Canarias, que ya estuvo a punto en 1978 de quedarse convertida en un pueblo de segunda en el entramado estatal cuando, por regla de tres simple y de elemental política estaba obligada a exigir un acomodo muy diferenciado en la Constitución de entonces. Más diferenciado, con todas las razones geoestratégicas, históricas, económicas y políticas, que vascos, catalanes y gallegos.

Y no se trata aquí de ponernos más medallas de las que nos corresponden en este maratón estatutario, de creernos más naciones que nadie. Se trata, simplemente, de mirar al mapa y saber dónde estamos y qué debemos hacer para lograr un diálogo más fluido con marcos de convivencia como puede ser la España o la Europa de nuestros días.

Pienso en todo esto mientras veo llover en Santiago y recuerdo algunos pasajes de un gran libro, como es el Siempre en Galicia del citado Alfonso Rodríguez Castelao, un hombre serio, un hombre culto, que dio la vida por su tierra y por la República española de 1931.

Castelao es el padre del nacionalismo gallego. El padre inteligente que supo pensar por su cuenta y sin caer en fáciles aventurerismos políticos.

Hojeando en esta Casa de Europa compostelana rodeada de árboles frutales, de elegantes acebos, de hortensias y camelias disminuidas por el frío, un folleto donde se recogen los discursos del acto de investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Santiago del poeta, ensayista y profesor José Ángel Valente, descubro cómo el homenajeado cita con cariño a su paisano Castelao y le atribuye la fundación de un nacionalismo no estructurado en formas excluyentes, sino en razones solidarias.

No nace ese nacionalismo para separar por separar, nace para encontrar soluciones superiores y más libres de unión. Valente llega a hablar de un nacionalismo universalista a la hora de referirse a Castelao y cita unas palabras del autor de Siempre en Galicia que tienen hoy una gran vigencia: "Creemos que el separatismo es una idea anacrónica y solamente lo disculpamos como un movimiento de desesperación que jamás quisiéramos sentir. Esto significa que los defensores de la posición maximalista de Galicia no intentamos romper la solidaridad de los pueblos españoles -reforzada por una convivencia de siglos- sino más bien posibilitar las reconstrucción de la gran unidad hispana o ibérica".

Castelao batalló siempre con los conceptos de nación y de estado e intentó hacerlos complementarios dentro de la realidad política española. Según Castelao, el Estado español, con su instinto absorbente y centralizador, trata siempre de involucrar el hecho nacional en el hecho político, hasta el extremo de confundir ambos términos en el lenguaje corriente, como si fuese dado no distinguir una entidad natural, la nación, de un ente jurídico, el Estado, es decir, la vida y atributos de un pueblo y la organización de sus servicios públicos.

Ese viejo debate permanece abierto. Castelao se quejaba de que la Segunda República no lo hubiera resuelto y llegamos a 2006 y ahí sigue.

Castelao veía la solución en una España de verdad federal, donde un gobierno central fuerte contrapesara su poder con una representación de todas y de cada una de sus realidades autónomas, aunque para él sólo existían cuatro naciones en España: Castilla, Cataluña, Euzkadi y Galicia.

Ya es tarde para preguntarle dónde nos correspondería estar a los canarios. Cuando se trata de defender nuestras posiciones, somos víctimas muchas veces por igual de la incomprensión de españolistas, galleguistas, abertzales y catalanistas. Ojo.