García Cabrera y Sédar Senghor

Juan Manuel García Ramos

Creo que fue el escritor búlgaro Elías Canetti quien en cierta ocasión afirmó que lo único que le importaba, cuando inauguraba una página en blanco, era contar sus cosas personales, pues las cosas generales ya se encuentran en los periódicos de todos los días.

Digo esto porque en los últimos tiempos y cada vez que coincido en algún sitio con compañeros narradores y críticos vinculados a aquella generación de los setenta de las letras canarias, se me formula una pregunta bastante embarazosa para el otro yo que llevo dentro: ¿Cuándo la próxima novela?

Suelo esquivar la respuesta con alusiones a la falta de tiempo, aclarando que la escritura de una novela me exige un sosiego del que no dispongo en estos momentos. Pero si soy sincero conmigo mismo, he de reconocer que no veo la necesidad de entregar otro libro de ficción más a un mercado sobreabastecido, desbordado.

Otra cosa es que me distraiga barajando historias posibles de ser contadas.

Como aquella del guanche que llega a Venecia en 1497, como regalo de los Reyes Católicos al Dux de esa república del Adriático. En mayo de 1476, tras la derrota de Tenerife a cargo de Alonso Fernández de Lugo, salen hacia la Península siete de los menceyes reducidos y tras desembarcar en el Puerto Santa María y atravesar Sevilla, Córdoba y La Mancha, llegan en junio de ese mismo año a Almazán, en Soria, donde tiene su sede la Corte en esos años, y es allí donde los reyes de la España entregan al embajador Francesco Capello a uno de los vencidos líderes canarios como regalo para la máxima autoridad veneciana. Capello y el mencey salen entonces de Almazán y se dirigen a Burgos, luego a Barcelona y Valencia, donde embarcan con dirección a Túnez, primero, y luego hacia Venecia, a la que llegan el 17 de mayo de 1497. El día 25 de ese mismo mes, el mencey desfila en la procesión del Corpus ¿ataviado con tamarco gamuzado, con mangas largas, "huirmas", medias de cuero, "huirnas", y botines, "guaycas"? Tanto el Senado como el Consejo de Tierra Firme de Venecia hablan en sus sesiones respectivas de la llegada del rey de Canarias apresado en "Las Indias". Después de algún tiempo en la ciudad de las lagunas, el 18 de junio de 1497 el mencey es trasladado a Padua bajo la protección del capitán Fantín de Pésaro, y en esa ciudad muere de nostalgia en una fecha que no conocemos.

A toda esa detallada información se puede acceder merced a las investigaciones de Antonio Rumeu de Armas, dadas a conocer en su libro La conquista de Tenerife, 1975, y también a través de las pesquisas de María Rosa Alonso, reunidas en su obra La luz llega del este, 1968.

Ahí está esa historia esperándome, después de haber viajado a Venecia en varias ocasiones, tras los pasos del antiguo paisano, después de haber visitado el Museo del Estado de esa ciudad lacustre y después de tener en mis manos el árbol genealógico y el testamento del señor Fantín de Pésaro, capitán-gobernador de la ciudad de Padua, donde fue trasladado el mencey y donde moriría de tristeza poco tiempo después de llegar a la Italia de entonces.

Lo que cualquier narrador tendría que hacer con esa historia es descubrir el grado de asombro que la retina de un habitante del neolítico, el mencey en cuestión, pudo experimentar al encontrarse de pronto con la ciudad más próspera y más culta del Mediterráneo de ese momento, puerta excepcional entre Occidente y Oriente.

Hace unos días en La Gomera, en el paraíso terrenal del Hotel Tecina, durante las sesiones del Congreso dedicado a la figura y a la obra de Pedro García Cabrera (muy bien organizado por la Fundación que lleva el nombre del poeta), tuve ocasión de oír el relato de los siete meses pasados por nuestro poeta en Dakar a lo largo de 1937, después de haber huido de Villa Cisneros, adonde había sido conducido a la fuerza por el franquismo, y antes de dirigirse a Marsella.

Lo contó el profesor senegalés Amadou Ndoye y, aunque faltan muchos datos sobre esa estancia, vale la pena recordar un almuerzo que, según el profesor Ndoye, se celebró en esa populosa ciudad africana entre Pedro García Cabrera y el poeta africano Léopold Sédar Senghor. Ese encuentro bien vale una novela. ¿De qué hablarían Sédar Senghor y García Cabrera?

No cuesta imaginar las coincidencias ideológicas que se darían entre uno y otro: entre Pedro García Cabrera, el poeta vanguardista y concejal socialista del ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, víctima del revés histórico español de 1936, y Léopold Sédar Senghor, el emergente líder de la negritud y poeta de modos clásicos, amante de entremezclar elementos provenientes de diferentes dominios sensoriales: colores, ritmos musicales y palabras del patrimonio africano.

Pudo ser un diálogo atlántico entre dos grandes personajes, un inventario recíproco de penurias injustas y de apuestas por un futuro que para alguno de ellos era casi un imposible.

Pedro García Cabrera se dirigió luego a Marsella e intentó combatir del lado del republicanismo español para redimir una afrenta; diez años le llevó recuperar cierta estabilidad personal y profesional, hasta que en 1946 lo dejaran vivir algo en paz las autoridades vencedoras de la contienda civil. Aunque no lograron, en ningún instante del asedio al que lo sometieron, que bajara la guardia de la creación; en la misma cárcel granadina caligrafió o hizo caligrafiar cuadernos llenos de versos luminosos para solaz intelectual y moral de sus compañeros de cautiverio, tal y como nos demostró en La Gomera estos días el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Granada, Andrés Soria Olmedo.

Pedro moriría en 1981, después de ver regresar la democracia al lugar usurpado y de haber escrito una obra que hoy merece el respeto internacional a pesar de sus oscilaciones.

Léopold Sédar Senghor, que en 1932 nos descubrió a todos el concepto de Negritud y precisó sus contornos semánticos junto al poeta martiniqués Aimé Césaire, comenzó su trabajo político en 1945 como diputado de Senegal en la Asamblea Nacional Francesa. Fue luego secretario de Estado y ministro-consejero del general De Gaulle, para convertirse a continuación en un defensor de la independencia de su país, obtenida en 1960. Durante veinte años estuvo al frente de la primera magistratura de Senegal y sus armas fueron un alto sentido de la libertad y del respeto a los demás y un don más preciado aún en esos predios: la estabilidad política y económica. En 1980 dejó todo por decisión propia y se fue a vivir a Verson, un pueblo de apenas tres mil habitantes de la Normandía francesa, donde murió el 20 de diciembre de 2001.

En torno a esos siete meses de 1937 pasados por Pedro García Cabrera en Dakar, el mundo estaba dando muchas vueltas: España se desangraba y se rompía; Europa se aprestaba a repetir Guerra Mundial y África continuaba el círculo de sus independencias y se redefinía a sí misma a base de más errores que aciertos.

Pese a ello, los poetas Pedro García Cabrera y Léopold Sédar Senghor continuaban garabateando páginas de versos y reflexionaban sin tregua, convencidos ambos de que no sólo fue el Verbo en el principio de nuestros días, sino de que el Verbo es el único instrumento capaz de prepararnos para los disparates que el género humano se encarga de repetir cíclicamente.