GENOCIDIO
Teodoro Santana
V
iendo las imágenes de los subsaharianos deportados al desierto, hacinados en guaguas, esposados, sin agua ni comida, no puede uno evitar el recuerdo de los trenes de la muerte que los nazis enviaban a los campos de exterminio. Claro que, aunque Auschwitz estaba en Polonia, no fue responsabilidad única de los polacos.Tanto Estados Unidos como Europa saquean de África fosfatos, diamantes, petróleo, oro, bauxita, tungsteno, uranio, níquel y un largo etcétera. Ponen barreras aduaneras a los productos agrícolas africanos. Llenan el continente de armas y de guerrillas creadas para defender sus intereses. Por eso el hambre, el sida y la miseria no son un avatar del destino en África. Existen culpables.
Los criminales que provocan el genocidio, escudados en banderas nacionales de los países ricos o en logotipos de corporaciones multinacionales, tienen nombres y apellidos. Pero gozan de total impunidad. Por eso los africanos huyen desesperados hacia donde hay comida, medicinas, supervivencia.
Los países que se benefician del saqueo ponen barreras, muros, torres, alambradas, para que los hambrientos no entren a sus despensas. Pero ese ejército famélico y desesperado va a seguir asaltando las murallas tras las que los poderosos esconden el botín que les han robado.
España se deshace de ellos y los larga a Marruecos. Marruecos, que sabe utilizarlos como tropa de choque para presionar a España. Que, moviéndolos de acá para allá, ya ha conseguido 40 millones de euros en quince días (y poner en jaque las plazas de Ceuta y Melilla). Marruecos, que los larga en el desierto para que mueran. Que, cuando los descubren, recogen a los inmigrantes en un sitio y los transportan como ganado para largarlos en otro. Hay que justificar la pasta, hasta la próxima vez.
Para eso paga España, que no los quiere en territorio europeo, y por eso los mantiene en Ceuta y Melilla. O los devuelve a Marruecos. O los envía a Canarias. Que se queden en África. Europa para los europeos. Que los marroquíes nos hagan el trabajo sucio, que ya nos escandalizaremos adecuadamente como blancos bienpensantes. Qué asco.