Globalización
letal
Juan Manuel
Garcías Ramos
Hace ya tiempo que me decidí por una
definición básica del tan manido concepto de globalización -puesto en
circulación por Harry Magdoff
en un artículo publicado por
En ese sentido, como término mágico e imprescindible, la globalización ya
cuenta con defensores feroces, los globalófilos, y
con no menos encarnizados detractores, los globalófobos.
También existen las ejecuciones "globalizadas", como la que acaba de
sufrir el pasado martes el ex jefe de
A estas alturas no sabemos si el Régimen de Pekín fusiló a Zheng
o le puso una inyección letal, pero su muerte es el símbolo más reciente de una
industria y de un comercio globalizado y corrupto.
Zhen Xiaoyu fue llevado a
juicio y condenado por el Tribunal Popular Municipal Intermedio Número 1 de
Pekín por aceptar sobornos a cambio de facilitar licencias a productos
alimenticios y a fármacos contaminados con sustancias tóxicas.
Entre esas sustancias, el Dietilene glycol, un componente usado en la industria
automovilística como líquido para frenos, también usado en anticongelantes y
disolventes, y como sustituto bastardo de la
glicerina que se emplea como espesante en los tubos de dentífrico.
El affaire ha conmocionado
especialmente a la compañía Colgate-Palmolive, que se ha apresurado a disminuir el alcance de
la falsificación de sus productos con imposible éxito, pues hasta en Canarias
estos días se han requisado miles y miles de tubos de esa importante marca de
pasta de dientes con un "Made in South Africa" más que sospechoso.
Por lo que se ve y se lee, la distribución de esa mercancía se ha
internacionalizado como la pólvora y quizá haya dejado enfermos del riñón o del
hígado por doquier, cuando no muertos con dentaduras relucientes, eso sí.
No es una simple anécdota para rellenar con amargura o gracia un artículo
dominguero, es la triste realidad de un mercado global que nos amenaza sin
contemplaciones.
El suceso me trae a la memoria una conversación con el poeta y editor catalán
José Batlló, director de la revista Camp de l’arpa,
donde publiqué con placer mis primeros ensayos literarios. Sostenía Batlló que él jamás se había cepillado sus dientes con
pasta porque había descubierto que esa obsesiva higiene dental era un negocio
promovido por los odontólogos de turno. Su dentadura sólo había probado
diariamente unos sorbos de bicarbonato, que le procuraban el frescor y el
alivio de los restos de los alimentos ingeridos, y no había sufrido menoscabo
de esmalte alguno. Una teoría algo guarra que no dejaba de tener su lógica.
Anécdotas aparte, todos los días estamos expuestos a riesgos incontables.
En 1998 fue el mal de las vacas locas lo que conmocionó al carnívoro mundo
civilizado. La ingestión por parte de una vaca de harinas animales contaminadas
por ovejas aquejadas de "tembladera", es decir, de harinas animales
procedentes de esqueletos y despojos del rumiante lanudo, afectaba al sistema
nervioso central de los bovinos y producía una degradación progresiva de su
cerebro. En ese 1998 todo se alteró al anunciarse que la afección de las vacas
locas podía transmitirse al ser humano y provocarle la terrible enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, una suerte,
una desgracia, de enfermedad de Alzheimer acelerada
que destruye las redes cerebrales humanas en unos pocos meses.
¿Qué fue de todo aquello? ¿Tiene algo que ver la actual proliferación de
ancianos sin memoria con aquel fraude alimentario? No creo que existan
demasiadas respuestas convincentes. La ciencia muchas veces juega al escondite
con la ciencia.
Como afirman algunos expertos: ¿qué podemos hacer para prevenir estos tipos de
enfermedades? Con la globalización y la multiplicación de intercambios, ¿vamos
hacia la globalización y la generalización de los riesgos?
También existen teorías tranquilizadoras que nos descubren que el mundo siempre
estuvo expuesto a estos peligrosos contactos intercontinentales.
Como el caso de la sífilis traída por los conquistadores y colonizadores de
América, una enfermedad que existía en estado endémico entre las llamas de los
Andes, el sida del mono africano que se expandió por todo el planeta o una
enfermedad parecida al mal de las vacas locas descubierta en Papúa-Nueva Guinea y originada por las costumbres caníbales
que hacían del cerebro de sus víctimas su manjar más apetecido.
Con respecto a la sífilis, también recuerdo una conversación con don Telesforo Bravo, en un viaje que hicimos a
Metido en estas reflexiones, hoy leo algo que me vuelve a desconcertar: Marylynn Yates, microbióloga de
"En ocasiones el agua embotellada está más contaminada que el agua
regular", afirmó Yates. "Un nombre original y una etiqueta atractiva
no garantizan que el agua sea pura". "No es necesario tomar una
actitud alarmista," también anotó Yates, "pero creo que…[los] consumidores deben comprender el riesgo. No hay manera
de eliminar los microorganismos del agua a menos que se hierva y, sin realizar
pruebas costosas, no hay manera de asegurarse de que el agua se encuentra libre
de sustancias químicas posiblemente dañinas".
¿En qué manos estamos? ¿Serán todas estas alarmas, en un sentido y en otro, el
resultado de una gran rivalidad de multinacionales de productos de consumo?
El progreso industrial es un arma de doble filo. Unas operaciones tan
rutinarias como comerse un buen bistec, tomarse un vaso de agua y a
continuación limpiarse los dientes, pueden constituir, o han podido constituir
en la historia reciente, un ejercicio muy temerario para nuestra precaria
salud.