Globalización letal

 

Juan Manuel Garcías Ramos

 

Hace ya tiempo que me decidí por una definición básica del tan manido concepto de globalización -puesto en circulación por Harry Magdoff en un artículo publicado por la Monthly Review Press, New York, 1992-. Se trata de un nuevo estado de las relaciones económicas, tecnológicas y mediáticas internacionales con la contraseña no oculta de la universalización de los negocios y las comunicaciones.


En ese sentido, como término mágico e imprescindible, la globalización ya cuenta con defensores feroces, los globalófilos, y con no menos encarnizados detractores, los globalófobos.


También existen las ejecuciones "globalizadas", como la que acaba de sufrir el pasado martes el ex jefe de la Administración Estatal de Alimentación y Medicamentos de China durante más de diez años, Zheng Xiaoyu, un cargo y un nombre que a primera vista puede que no nos digan nada, pero que ha podido tener influencia en los más manoseados productos de nuestros cuartos de baño más íntimos, por ejemplo, la pasta dentífrica con la que hago mis abluciones bucales tres o cuatro veces al día.


A estas alturas no sabemos si el Régimen de Pekín fusiló a Zheng o le puso una inyección letal, pero su muerte es el símbolo más reciente de una industria y de un comercio globalizado y corrupto.


Zhen Xiaoyu fue llevado a juicio y condenado por el Tribunal Popular Municipal Intermedio Número 1 de Pekín por aceptar sobornos a cambio de facilitar licencias a productos alimenticios y a fármacos contaminados con sustancias tóxicas.


Entre esas sustancias, el Dietilene glycol, un componente usado en la industria automovilística como líquido para frenos, también usado en anticongelantes y disolventes, y como sustituto bastardo de la glicerina que se emplea como espesante en los tubos de dentífrico.


El affaire ha conmocionado especialmente a la compañía Colgate-Palmolive, que se ha apresurado a disminuir el alcance de la falsificación de sus productos con imposible éxito, pues hasta en Canarias estos días se han requisado miles y miles de tubos de esa importante marca de pasta de dientes con un "Made in South Africa" más que sospechoso.


Por lo que se ve y se lee, la distribución de esa mercancía se ha internacionalizado como la pólvora y quizá haya dejado enfermos del riñón o del hígado por doquier, cuando no muertos con dentaduras relucientes, eso sí.


No es una simple anécdota para rellenar con amargura o gracia un artículo dominguero, es la triste realidad de un mercado global que nos amenaza sin contemplaciones.


El suceso me trae a la memoria una conversación con el poeta y editor catalán José Batlló, director de la revista Camp de l’arpa, donde publiqué con placer mis primeros ensayos literarios. Sostenía Batlló que él jamás se había cepillado sus dientes con pasta porque había descubierto que esa obsesiva higiene dental era un negocio promovido por los odontólogos de turno. Su dentadura sólo había probado diariamente unos sorbos de bicarbonato, que le procuraban el frescor y el alivio de los restos de los alimentos ingeridos, y no había sufrido menoscabo de esmalte alguno. Una teoría algo guarra que no dejaba de tener su lógica.


Anécdotas aparte, todos los días estamos expuestos a riesgos incontables.


En 1998 fue el mal de las vacas locas lo que conmocionó al carnívoro mundo civilizado. La ingestión por parte de una vaca de harinas animales contaminadas por ovejas aquejadas de "tembladera", es decir, de harinas animales procedentes de esqueletos y despojos del rumiante lanudo, afectaba al sistema nervioso central de los bovinos y producía una degradación progresiva de su cerebro. En ese 1998 todo se alteró al anunciarse que la afección de las vacas locas podía transmitirse al ser humano y provocarle la terrible enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, una suerte, una desgracia, de enfermedad de Alzheimer acelerada que destruye las redes cerebrales humanas en unos pocos meses.


¿Qué fue de todo aquello? ¿Tiene algo que ver la actual proliferación de ancianos sin memoria con aquel fraude alimentario? No creo que existan demasiadas respuestas convincentes. La ciencia muchas veces juega al escondite con la ciencia.


Como afirman algunos expertos: ¿qué podemos hacer para prevenir estos tipos de enfermedades? Con la globalización y la multiplicación de intercambios, ¿vamos hacia la globalización y la generalización de los riesgos?


También existen teorías tranquilizadoras que nos descubren que el mundo siempre estuvo expuesto a estos peligrosos contactos intercontinentales.


Como el caso de la sífilis traída por los conquistadores y colonizadores de América, una enfermedad que existía en estado endémico entre las llamas de los Andes, el sida del mono africano que se expandió por todo el planeta o una enfermedad parecida al mal de las vacas locas descubierta en Papúa-Nueva Guinea y originada por las costumbres caníbales que hacían del cerebro de sus víctimas su manjar más apetecido.


Con respecto a la sífilis, también recuerdo una conversación con don Telesforo Bravo, en un viaje que hicimos a La Palma, en la que me dio noticia de cómo muchos de esos aventureros del Nuevo Mundo venían a curarse su terrible enfermedad en las aguas sulfurosas de Fuencaliente, donde hay un barrio llamado Indias en recuerdo de esas prácticas sanitarias antañonas. Nunca pude comprobar la veracidad de ese comentario, pero ahí está.


Metido en estas reflexiones, hoy leo algo que me vuelve a desconcertar: Marylynn Yates, microbióloga de la Universidad de California en Riverside, tras cuatro años de estudio sobre la industria del agua embotellada, ha llegado a la conclusión de que en el treinta y tres por ciento de las botellas de agua analizadas correspondientes a ciento tres marcas diferentes existían cantidades significativas de contaminación química o bacterial originada por la manufacturación del plástico de sus envases.


"En ocasiones el agua embotellada está más contaminada que el agua regular", afirmó Yates. "Un nombre original y una etiqueta atractiva no garantizan que el agua sea pura". "No es necesario tomar una actitud alarmista," también anotó Yates, "pero creo que
[los] consumidores deben comprender el riesgo. No hay manera de eliminar los microorganismos del agua a menos que se hierva y, sin realizar pruebas costosas, no hay manera de asegurarse de que el agua se encuentra libre de sustancias químicas posiblemente dañinas".


¿En qué manos estamos? ¿Serán todas estas alarmas, en un sentido y en otro, el resultado de una gran rivalidad de multinacionales de productos de consumo?


El progreso industrial es un arma de doble filo. Unas operaciones tan rutinarias como comerse un buen bistec, tomarse un vaso de agua y a continuación limpiarse los dientes, pueden constituir, o han podido constituir en la historia reciente, un ejercicio muy temerario para nuestra precaria salud.